A 99 años de la muerte de José Gregorio Hernández (Y ll) El largo camino a la santidad

Si para Bustamante terminaba un proceso, para el doctor Hernández empezaba otro: el de la canonización. Su filantropía y honda vocación religiosa quedaron grabadas en el sentir del pueblo, que lo hizo objeto de culto y veneración. Desde el día en que se le inhumó, un incesante peregrinar llegó a su tumba. La llama de la fe silvestre incendió la pradera; unos y otros referían experiencias de curación a través de José Gregorio. Al crecer la fama de santo y milagroso las visitas se multiplicaron. Miles iban a pedir algún favor o a pagar uno ya cumplido.

En 1949 la Iglesia puso en marcha el proceso de beatificación, que pese al manifiesto deseo de la feligresía por un pronto y feliz desenlace, habría de tropezar con serios obstáculos. Algunos de ellos los conoceremos en las siguientes líneas; pero antes veamos como comenzó todo.

La familia del doctor Hernández decidió publicar un libro que llevara al público más luces sobre la vida y obra del célebre médico; de escaso tiraje pero de profundo interés histórico, aquella obra se agotó rápidamente produciendo entre los lectores y Ernesto Hernández Briceño, responsable directo de la publicación, un inmediato “feed back”. Cientos de cartas llegarían a sus manos, entre ellas una, que además del esperado agradecimiento contenía una oración en la que se pedía la ayuda de Dios para obtener la pronta beatificación de José Gregorio.

El autor de la misiva, quien quiso quedar en el anonimato, solicitó a Ernesto hacer las diligencias que fueran necesarias para que aquella oración fuese aprobada por la persona competente. Ernesto Hernández Briceño llevó la carta con la plegaria ante monseñor Manuel Pacheco, Pro Vicario General de Caracas y rector de la Santa Capilla para que este a su vez consultara el parecer del arzobispo de Caracas, monseñor Lucas Guillermo Castillo. Se acordó entonces que el presbítero Francisco Maldonado explicara a Hernández Briceño cómo redactar un escrito dirigido a la Sagrada Congregación de Ritos de Roma solicitando de su Santidad instruir, si lo tenía a bien, la causa de beatificación del doctor Hernández. Aquella carta, previa aprobación del arzobispo, salió a Roma el 19 de marzo de 1948.

Un año y tres meses después, el 15 de junio de 1949, el arzobispo de Caracas nombró un Tribunal delegado que habría de llevar la causa y designó al padre Antonio de Vegamián como postulador de la misma. El 19 de junio el diario La Religión publicó un edicto que informaba a los miembros de la Iglesia y a la ciudadanía que se había dado inicio a la Primera Fase de Investigación Diocesana. El decreto exhortaba a toda persona que conociera y tratara en vida al doctor Hernández a entregar al promotor de la fe un relato breve de sus experiencias, así como cualquier texto manuscrito o impreso que poseyera del sabio. Asimismo, se pedía a aquellos que tuvieran algo que decir en contra de las virtudes y milagros atribuidos a José Gregorio, que notificaran sus reparos y se sirvieran declarar ante el Tribunal Instructor de la Causa.

Ocho días después, el lunes 27 de junio a las cuatro de la tarde, se congregó por vez primera en el Palacio Arzobispal el Tribunal colegiado designado para entender de la causa de beatificación. Las crónicas de aquel día relatan que antes de comenzar la sesión, el arzobispo invitó a los presentes a su oratorio particular donde, en medio de profusión de flores y luces, entonó el himno del “Veni Creator” al Espíritu Santo. Acto seguido pasaron al salón del Trono en el que se verificó la reunión del Tribunal, con todas las formalidades del caso. Se ratificaron las designaciones, se juramentó a los miembros y se comisionó al Padre Postulador para que se abocara con presteza a recabar los escritos atribuidos al doctor Hernández, a quien desde ese día titularían “Siervo de Dios”. Se fijó un plazo de tres meses para la presentación de los escritos, se aprobó el uso de la oración para invocar el auxilio de Dios a favor de la pronta beatificación y se ordenó la impresión de 10.000 ejemplares de la misma.

El 29 de junio de 1949, a treinta años de la muerte del sabio, se publicó por vez primera en La Religión la famosa plegaria.

El 19 de septiembre de aquel año, el padre Antonio de Vegamián solicitó al arzobispo que se comenzara a instruir el proceso ordinario. Para la primera fase de investigación se escogieron 39 testigos, entre los que destacaban los doctores Vicente Lecuna, José Izquierdo, J.M Núñez Ponte y Pedro del Corral. Los testimonios debían ser hechos bajo juramento y tendrían valor probatorio de carácter judicial.

José Gregorio Hernández. Nueva York en 1917

Lamentablemente, el proceso que en un primer momento se evacuó con cierta diligencia, tuvo una importante interrupción que se extendería por más de 8 años. En aquella parálisis convergieron varios motivos; tal vez el más importante de ellos, una disputa personal entre el arzobispo de Caracas monseñor Lucas Guillermo Castillo y su asistente, el entonces Vicario General Nicolás Eugenio Navarro; este último expuso serias objeciones a la causa de beatificación del doctor Hernández, movido según quienes lo conocieron, por el resentimiento que sentía en contra de monseñor Castillo.

Navarro alegaba no haber sido consultado sobre aquel importante asunto; criticó acremente la designación de Vegamián como Postulador y restó meritos a la figura del doctor Hernández, a quien no consideraba con la suficiente talla histórica ni espiritual, recordó su fracaso como cartujo e hizo notar su extravagancia en el vestir, además señaló que “entre sus discípulos se podían contar varios que se distinguían por su impiedad”.

Esas objeciones no podían ser ignoradas por provenir de un alto prelado de la Iglesia y se incorporaron al expediente en donde estarían haciendo contrapeso por varios años. Ahora bien, ¿qué podía motivar a monseñor Navarro, quien conoció personalmente a José Gregorio y acudió a elogiarle en su tumba, a presentar ahora tan duras objeciones? Quienes lo conocieron afirmaban que el encono sentido hacia Lucas Guillermo Castillo y que rebotó contra el postulado, tenía su origen en el hecho de no haber sido electo arzobispo de Caracas, uno de sus más anhelados deseos.

Nicolás Eugenio Navarro en el que hay que reconocer a uno de los más importantes personajes de la Iglesia católica y de la historiografía nacional fue postulado en cuatro ocasiones al cargo de Arzobispo, sin embargo, por razones que escaparon a su control, enmarcadas en luchas intestinas de la curia metropolitana, jamás llegó a ser electo, pese a reunir incuestionables meritos. Para entender bien esto es necesario que nos remontemos a uno de los más sombríos periodos de la Iglesia venezolana.

A raíz de la muerte del Arzobispo de Caracas monseñor Juan Bautista Castro, el 7 de agosto de 1915, se puso por primera vez sobre la mesa el nombre de Navarro como candidato al arzobispado. Su postulación la apoyaba el presidente provisional Victorino Márquez Bustillos, además de Navarro fue propuesto el presbítero Buenaventura Núñez quien ejercía para la época de Vicario Capitular, a este le apoyaba el internuncio Carlo Pietropaoli; pero como desde el 24 de diciembre de 1899 (fecha del nombramiento de J.B. Castro como Vicario General) sectores de la Iglesia en Caracas se mantenían en permanente conflicto por el control de la Arquidiócesis, ambas candidaturas fueron desechadas a favor de un foráneo, el presbítero Felipe Rincón González.

Vale decir, antes de continuar, que aquel enfrentamiento entre el Cabildo Metropolitano y la Arquidiócesis llevó incluso a monseñor Juan Bautista Castro a denunciar el 19 de febrero de 1906 ante el entonces presidente de la república, Cipriano Castro, un intento de asesinato en su contra. Dejemos que sean sus propias palabras las que nos den luces sobre tan terrible hecho:

Una mano enemiga puso ayer en la vinajera del vino con que iba a celebrar la Santa Misa, una buena cantidad de nitrato de plata, con la intención, sin duda, de envenenarme o de causarme grave daño. El autor de esta maldad que llega hasta el crimen no es ninguno de los que viven conmigo en el palacio: de esto estoy completamente seguro. Conocí el hecho en el acto de tomar el nitrato en la Misa, que yo creía que era el vino consagrado: nada me ha sucedido, a Dios gracias, porque esa sustancia no perjudica sino en muy grande cantidad, según me han dicho los médicos, pero imagínese Ud. cual habrá sido mi impresión y mis tristes pensamientos” (Extracto de carta de monseñor Juan Bautista Castro al presidente Cipriano Castro, fechada el 19 de febrero de 1906).

Siendo entonces que Nicolás Navarro fue uno de los más fieles acólitos de monseñor Castro, no se consideró prudente seguir apoyando su candidatura a la sucesión y se optó por la fórmula antes citada.

Sin embargo el gobierno diocesano de Felipe Rincón González no estaría tampoco exento de problemas originados en el viejo deseo del Cabildo de tomar control de la Arquidiócesis y terminó siendo víctima de una denuncia en torno al presunto manejo irregular de las finanzas para lucrarse y favorecer a familiares. Las acusaciones, que llegaron a ser procesadas por el Vaticano, salpicaron a monseñor Navarro, quien por mera casualidad se enteró de aquel asunto. El hecho es que monseñor Basilio De Sanctis, encargado de negocios de la nunciatura, implicó a Navarro como cómplice del arzobispo Rincón González en el pretendido manejo turbio de las finanzas. Esta acusación terminaría afectando, como lo veremos en los siguientes párrafos, una futura candidatura de monseñor Navarro a la vicaría general con derecho a sucesión.

En junio de 1937 el Arzobispo de Caracas, Felipe Rincón González, ante la fuerte presión anímica que vivía por las investigaciones a las que era sometido, propuso a monseñor Nicolás Navarro como Vicario General y coadjutor, solo que al mismo tiempo el nuncio Luigi Centoz, presentó el nombre del presbítero Pedro Pablo Tenreiro.

Cuadro Pintado al Oleo por Guillermo Locatelli

Monseñor Rincón González rechazó aquella propuesta y envió un telegrama a su santidad en Roma solicitando el visto bueno para la candidatura de Navarro. La respuesta a aquel telegrama jamás llegó. Aparentemente el hecho de haber sido enredado en la presunta malversación de bienes de la arquidiócesis impidió que el Vaticano aprobara la candidatura de monseñor Nicolás Navarro.

En el primer semestre de 1938, la problemática de la Iglesia era tan grave que el papa Pío XI decidió enviar a monseñor Maurilio Silvani, nuncio apostólico en Haití en misión especial a Venezuela con la tarea de enderezar los entuertos causados por la Visita Apostólica que procesaba las denuncias hechas en contra del arzobispo Rincón.

Silvani, luego de investigar en el terreno y escuchar a las partes, sopesando la situación propuso dos salidas: una era dar la coadjutoría con derecho a sucesión a monseñor Navarro y la otra más drástica promover la renuncia del arzobispo Felipe Rincón González con el nombramiento directo de Navarro en el cargo. Había una condición para esta segunda opción y era la de que Navarro nombrase de una vez un coadjutor que ayudara a “dulcificar” sus decisiones como arzobispo, dado que era conocida su aversión por los que participaron en la investigación contra Felipe Rincón.

Logrado por fin el acuerdo entre los sectores en pugna, se pasó a consultar con el Ejecutivo nacional, tal como lo mandaba la ley de patronato; luego de varias reuniones, el presidente Eleazar López Contreras, quien no se mostraba de acuerdo con la renuncia del arzobispo Rincón, por considerar que lesionaría su dignidad, terminó aceptando la formula de la coadjutoría. En este punto todo parecía solucionado pero un hecho, que no puede sino calificarse de bochornoso, vendría a dar al traste con la tercera postulación de monseñor Nicolás Eugenio Navarro.

El viernes 8 de julio de 1938, el presidente López Contreras, en reunión con el gabinete ejecutivo planteó la candidatura de Navarro a la coadjutoría con derecho a sucesión. El Dr. Cristóbal Mendoza, ministro de Hacienda pidió la palabra y comenzó su intervención elogiando los conocidos meritos académicos y espirituales del prelado pero finalmente declaró que “él se consideraba autorizado para hablar en nombre de la sociedad de Caracas y en consecuencia, podía asegurar que ésta no vería jamás con agrado en el trono arzobispal capitalino a un individuo de color”. Sus colegas enmudecieron, tal vez por sorpresa o aprobación y el Presidente prefirió evadir el espinoso asunto pasando al siguiente punto de la agenda.

Al problema se le buscó una salida elegante enviando a Navarro al Congreso de Historia de Bogotá, como parte de la delegación venezolana. Así que en lugar de verse en camino de ocupar la mitra de la sede metropolitana, el sorprendido prelado se vio de pronto en un viaje que no tenía para nada previsto y que de seguro le causo un amargo desencanto.

Luego de ser descartado por su color de piel, monseñor Navarro tendría una cuarta oportunidad en abril de 1939, pero en esa última ocasión fue impugnado por el Vaticano debido al temor que aún provocaban las viejas rencillas de la curia caraqueña, en las que Roma lo veía como parte actora.

El 29 de mayo de 1939 el Congreso Nacional eligió a monseñor Lucas Guillermo Castillo como arzobispo coadjutor de Felipe Rincón González. Las aspiraciones de monseñor Navarro llegaban así a su fin.

El 17 de abril de 1941, monseñor Lucas Guillermo Castillo nombró a Navarro Vicario General y Provisor, en una decisión que fue ampliamente criticada y que debió de defender con diversos argumentos. En ese cargo lo acompañaría Navarro hasta el 3 de mayo de 1952 cuando hubo de presentar su renuncia ante el nombramiento de Rafael Arias Blanco como Coadjutor. De esa ocasión se conserva una carta de renuncia en la que se percibe el dolor y la amargura de Navarro ante lo que él consideraba un progresivo e injustificado aislamiento de sus funciones como Vicario en los que, según sus propias palabras, “se vio obligado a retraerse, reduciendo su actividad en términos hartos limitados y viviendo casi extraño a los asuntos ordinarios del despacho”.

El arzobispo Lucas Guillermo Castillo murió el 9 de septiembre de 1955. Tocaba ahora a monseñor Rafael Arias Blanco tomar el testigo en la causa de beatificación del doctor José Gregorio Hernández.

Sin embargo, nada se retomaría sino hasta el 21 de enero de 1957, cuando el nuevo arzobispo designó a monseñor José Rincón Bonilla como postulador de la causa. A esa altura solo se completaron tres sesiones de interrogatorios y muchos de los 39 testigos propuestos por el padre Vegamián estaban muertos; así que se optó por comenzar de nuevo el proceso informativo, el 28 de enero Rincón Bonilla presentó una nueva lista de 13 testigos que terminaría ampliándose a 16. Los interrogatorios se llevaron a cabo entre el 11 de febrero y el 16 de diciembre de 1957. El 8 de octubre de ese año, el Nuncio Raffaele Forni envió a la Sagrada Congregación de Ritos una carta de monseñor Navarro en la que éste exponía sus reparos al proceso de beatificación y dejaba ver la molestia sentida en contra de monseñor Lucas Guillermo Castillo.

A las nueve y cuarto de la noche del 30 de septiembre de 1959 perdió la vida en un accidente de tránsito monseñor Rafael Arias Blanco dejando vacante el solio arzobispal; que no sería ocupado sino hasta el 31 de agosto de 1960 por Monseñor José Humberto Quintero. En la madrugada del 6 de noviembre de ese mismo año llegó a su fin la existencia terrenal del prelado Nicolás Eugenio Navarro, el hombre que se opuso a la beatificación de José Gregorio. Monseñor Navarro entregó su alma en la vieja casona que ocupaba entre las esquinas de Torre a Madrices en la que fue asistido al final de sus días por el ayuda de cámara y secretario señor Hipólito Mújica y Sor Trinidad, religiosa de la orden de las Hermanas Franciscanas.

En 1961 luego de un feliz interludio para la feligresía católica por el nombramiento de José Humberto Quintero como primer cardenal de Venezuela, la Sagrada Congregación de Ritos autorizó por decreto la apertura de un proceso informativo adicional en el que se evaluarían las observaciones formuladas por monseñor Nicolás Navarro en contra de la beatificación. El 24 de julio el cardenal Quintero designó el tribunal que se encargaría de instruir ese proceso. Ese tribunal interpeló a 7 testigos y encargó a monseñor Jesús María Pellín la elaboración de una biografía psicológica de monseñor Navarro, en esta el conocido director del diario La Religión concluyó que pese a ser Navarro un hombre de singular talento, era a la vez una persona de carácter difícil y amargo, soberbio y crítico acérrimo de todo proyecto que no emprendiera él mismo.

Finalmente, el 16 de octubre de 1961 el tribunal diocesano desestimó los reparos hechos por Navarro en contra de la fama de santidad de José Gregorio concluyendo que “la oposición del prelado no era contra las virtudes del Siervo de Dios, sino contra su superior monseñor Castillo, porque no podía aceptar que lo hubiesen nombrado arzobispo de Caracas, y difícilmente podía disimular los sentimientos de aversión, molestia y disgusto inspirados por el hecho de que el nombramiento recayera en monseñor Castillo y no en él”.

Se franqueaba de esta manera uno de los más importantes obstáculos puestos en el camino de José Gregorio para alcanzar la santidad. El 2 de abril de 1964, la Sagrada Congregación de Ritos al no conseguir más objeciones emitió un decreto en el que certificaba que no había trabas que impidieran continuar el proceso.

El 29 de junio de 1969, con motivo del cincuentenario de la muerte del Dr. Hernández, Roma ordenó la revisión de sus restos, para entonces el postulado estaba en la fase final del examen para ser proclamado como Venerable. La revisión debía efectuarse en presencia de dos médicos, un juez, dos testigos y el Vicepostulador de la causa.

Así despidió Caracas a José Gregorio Hernández

En aquella ocasión, su tumba recibió la visita del doctor Rafael Caldera, presidente de la república, quien llegó acompañado de su esposa y parte del gabinete Ejecutivo. El Presidente, luego de conversar con el obispo auxiliar de Caracas, Monseñor José Rincón Bonilla, anunció al país la intención de erigir un mausoleo en otro sitio del cementerio que sirviera para alojar más dignamente los restos del Siervo de Dios.

Aquel proyecto sería finalmente desechado; a medida que pasaban los años, más y más visitantes acudían a la tumba. La situación se fue haciendo incontrolable; pese a que en 1970 se colocó una reja techada para impedir el acceso directo de las personas, igualmente se iban acumulando flores, estampas, placas de agradecimiento, récipes, exámenes médicos, toda suerte de papeles y velas, muchas velas. Hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir en cualquier momento. Se desató un incendio en el lugar. La ocurrencia del siniestro llevó a que se tomara la decisión de trasladar los restos mortales a la iglesia de La Candelaria, el acto de exhumación sería aprovechado para cumplir con el requisito de la revisión ordenada por el Vaticano.

A las 7:15 de la mañana del jueves 23 de octubre de 1975, dio comienzo el acto que permitiría exhumar los restos, trasladarlos a su nuevo sitio de descanso y proceder a la revisión protocolar. La ceremonia se efectuó en forma privada y sin notificación previa para evitar la natural aglomeración de fieles. Alrededor de la tumba se encontraban, entre otros, monseñor José Alí Lebrún, monseñor José Rincón Bonilla, el señor René Carvallo quien era sobrino-nieto del doctor, el doctor Carlos Travieso que fue uno de los que lo atendió cuando lo llevaron moribundo al hospital Vargas, el doctor Fermín Vélez quien junto a Travieso participaría más tarde en la revisión de los restos y el reverendo Luis García, capellán del Cementerio General del Sur. Como testigos e invitados especiales acudieron los señores Crisólogo Ravelo y Vicente Jordán, los obreros del cementerio que en 1939 realizaron la primera exhumación.

Ravelo y Jordán comentaron a los presentes que la tumba era doble y que en la misma debían estar dos urnas, la primera, más grande y de madera correspondía a César Hernández y la segunda más pequeña y de concreto era la del Siervo de Dios. Luego de remover dos metros de tierra, las palas se toparon con la gruesa losa de cemento, la misma fue cuidadosamente removida y en el primer nicho se podía ver el primer féretro, el que pertenecía al hermano de José Gregorio. La antigua urna de madera se había desintegrado por completo, pero la parte interna de zinc se halló en perfecto estado, ese cajón de metal se colocó dentro de una nueva urna de madera que se había traído desde los depósitos del cementerio.

Vista del Santuario en Isnotú Edo-Trujillo

Posteriormente, los obreros se dispusieron a abrir la bóveda inferior; al retirar la tapa de concreto lo primero que hallaron fueron dos latas llenas de tierra, que pertenecieron a la primera tumba del doctor. Más abajo estaba la pequeña urna de cemento en la que se colocaron los restos exhumados en 1939. En ese momento, monseñor Lebrún rezó el salmo 130 “De profundis clamavi ad te, Domine” en latín y castellano. Luego la urna fue subida a una carroza fúnebre que la trasladaría hasta la iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria.

En aquel templo se verificaría, horas más tarde, la inspección canónica y se levantaría un acta que sería enviada al Vaticano.

El 16 de enero de 1986, luego de aprobar a José Gregorio el ejercicio heroico de las virtudes cristianas se le otorgó el título de Venerable, antepenúltimo escalón en el largo camino de la santidad. En los meses recientes ha crecido la expectativa entre los fieles sobre su posible beatificación debido a que el 25 de septiembre de 2013 el papa Francisco manifestó interés por la aceleración de esta causa.

Mariana Alarcón y Pedro Revette

 www.cronicasdeltanato.wordpress.com

 @TanatosCrónicas

Un comentario en “A 99 años de la muerte de José Gregorio Hernández (Y ll) El largo camino a la santidad

  • el julio 7, 2018 a las 12:54 pm
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    Que mala idea la de CREER que algún ser humano pueda ser SANTO y representar la divinidad de Cielo: PADRE, HIJO Y ESPíRITU SANTO, entre los hombres. Nadie, repito NADIE,
    y menos si es nombrado santo por los hombres, se puede abrogar la representación de DIOS. Él es ÚNICO, ETERNO y no necesita de ninguno de nosotros, simples mortales, para ser DIOS. Una IMAGEN es sólo eso, imagen. ¿ En que cabeza cabe la idea de que algo nombrado por los hombres sea santo si vivimos y morimos en medio del estercolero que el mismo hombre ha desarrollado como ambiente natural? Nosotros, herederos de la imperfección y el pecado, ¿Que autoridad tenemos para decidir QUIEN ES SANTO o quién no? NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO dijo: YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA, NADIE VIENE AL PADRE SI NO ÉS POR MÍ. (Juan 14:6). Todo idolatría es satanica, venga de donde venga y llámese como se llame. La IDOLATRIA es la maxima expresion del diablo y satanas en la vida del hombre.

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