Al Capone, el gánster más famoso de Chicago

Cornelius Vanderbilt Jr.

Entrevistado por Cornelius Vanderbilt Jr. (Liberty, 17 de octubre de 1931)

“Hoy día, ya la gente no respeta nada. Antes poníamos en un pedestal la virtud, el honor, la verdad y la ley… La corrupción campea en la vida americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”. Al Capone.

Al (Alphonse) Capone (1899-1947), el gánster americano, nació en Brooklyn, Nueva York. Estudió en la Escuela Pública 7 de Nueva York, donde compartió clase y pandilla con Salvatore Luciana (alias Lucky Luciano). Durante su paso por las aulas intimó con John Torrio, jefe de una banda. Se casó con una irlandesa y trabajó un tiempo como gorila en un restaurante. Más tarde se trasladó a Chicago a instancias de Torrio y, en 1924, cuando éste decidió retirarse tras un intento de asesinato fallido, Capone se apoderó de su organización y se dedicó a exterminar sin misericordia a las bandas rivales irlandesas, polacas y judías. Durante la Prohibición hizo una gran fortuna con el contrabando de alcohol. Fue siempre muy cuidadoso con su imagen pública y solía organizar reuniones con periodistas, a los que recibía en el Hotel Lexington (conocido como el Fuerte), donde tenía sus oficinas.

En 1929, después del asesinato de Jake Lingle, un periodista corrupto del Chicago Tribune con el que Capone había tenido un agarrón, un colega irlandés, Claud Cockburn, recibió de The Times (Londres) el encargo de entrevistar a Capone. Muy para su sorpresa le tocó en suerte escuchar una conferencia sobre las virtudes del “sistema americano”. Capone “se deshizo en elogios a la libertad, el espíritu emprendedor y los pioneros”, y “mencionó con desdeñosa aversión el socialismo y el anarquismo“. Insistió mucho en que sus negocios “seguían un modelo estrictamente americano” y concluyó proclamando: “Este sistema nuestro, el americano, llámesele americanismo, capitalismo o como quiera, nos da a todos y cada uno de nosotros una oportunidad, si es que somos capaces de aferrarnos a ella con las dos manos y aprovecharla al máximo“. Al final, Cockburn decidió no transcribir la entrevista para el periódico, “porque me di cuenta de que la mayoría de las cosas que Capone había dicho eran esencialmente idénticas a las que publicaba el propio The Times en sus editoriales, y dudaba mucho que al periódico le hiciera gracia verse encuadrado en la misma línea política que el gánster más famoso de Chicago”.

Capone era popular entre mucha gente normal de Chicago, ya que abastecía de alcohol a los bares clandestinos de la ciudad. Era también un benefactor, un hombre caritativo que corría con los gastos de un comedor gratuito para los desempleados y celebraba fiestas para los pobres en Little Italy.

A modo de introducción, el editor de Liberty escribió lo siguiente: “Cuando Al Capone concedió esta entrevista al señor Vanderbilt se enfrentaba a un juicio por evasión de impuestos y a la perspectiva de varios años en la cárcel, caso de ser condenado. ¿Qué le pasaba por la cabeza a este autoproclamado rey del hampa? ¿Se sentía afectado, abatido, como le habría ocurrido a cualquier otro en sus circunstancias? Todo lo contrario. Como pone de manifiesto el señor Vanderbilt, se dedicó a pontificar fríamente sobre asuntos de interés nacional, a dictarle al presidente de Estados Unidos qué debía hacer y a apuntar el nombre de su posible sucesor, y -como guinda de tanta desvergüenza- a denunciar la corrupción y la estafa. Publicamos esta entrevista como ilustración sorprendente y advertencia útil sobre la mentalidad en el mundo de la delincuencia, exaltada por la riqueza generada por la Prohibición, la publicidad sensacionalista y la arrogancia de un gánster ensoberbecido por el poder”.

Jucio contra Al Capone 1931

En octubre de 1931 Capone fue sentenciado a once años de cárcel, por aquel entonces la pena más alta jamás impuesta por evasión fiscal. Fue consumiéndose en diversas prisiones federales -incluida la tristemente famosa de Alcatraz- en las que fue humillado y atacado por otros presos, hasta 1940, año en que obtuvo la libertad tras serle diagnosticada una neurosífilis. Convertido en un personaje patético, aunque todavía acaudalado, decidió vivir con su esposa y su familia en su mansión de Miami, donde murió a los cuarenta y ocho años de edad de resultas de la fase terciaria de la enfermedad. En 1990, la American Bar Association (Asociación de Abogados Americanos) escenificó de nuevo, a modo de simulacro, el juicio contra Capone por evasión de impuestos. Se llegó a la conclusión de que sus abogados le habían hecho un flaco servicio y de que las pruebas esgrimidas contra él jamás habrían sido aceptables frente a un jurado actual. Lo que es más, el equipo de defensores de Capone no se había enterado de que algunos de los testigos federales que habían declarado contra su cliente lo habían hecho bajo coacción.

Cornelius Vanderbilt Jr. (1898-1974) era descendiente de la acaudalada dinastía financiera neoyorquina, aunque su padre había sido dado de lado y había perdido el acceso al grueso de su fortuna al casarse con una mujer mayor que su familia desaprobaba. Con todo, sus padres eran ricos, ya que el abuelo materno de Vanderbilt Jr. era también un próspero hombre de negocios. Vanderbilt Jr. se crió en Newport, Connecticut, y durante su infancia visitó frecuentemente Europa. A pesar de la censura expresa de su padre, se incorporó al periodismo una vez licenciado del ejército tras la I Guerra Mundial. Fue corresponsal del New York Herald, para el que entrevistó al poeta irlandés lord Dunsany, al dramaturgo belga Maurice Maeterlinck y a Eduardo, príncipe de Gales. Fue colaborador en Albany del New York Times y, seguidamente, de United Press y Universal Service en Washington. Más tarde trabajaría como independiente. En 1923 fundó y se convirtió en presidente de Vanderbilt Newspapers, que publicaba prensa sensacionalista en Los Angeles, San Francisco y Miami, pero se pilló los dedos con el proyecto, ya que sus periódicos tuvieron que cerrar a los pocos años. Fue también editor asociado del New York Mirror desde 1925 hasta 1929.

Durante la década de 1930 se convirtió en colaborador de la revista Liberty, especializándose en entrevistas. Entre sus entrevistados figuran el general Pershing, Pío XI, Mussolini, el general Pilsudsky (el líder polaco), Stalin y el presidente Hoover. También entrevistó a Hitler en varias ocasiones. La primera de ellas, tras la detención de Hitler por su participación en la fracasada revuelta de la cervecería en Múnich. Vanderbilt rompió una ventana de un ladrillazo para conseguir que le detuvieran, y seguidamente, a base de sobornos, logró que le asignaran la celda contigua a la de Hitler. Todo por una entrevista. Años más tarde rechazó la oferta de volverle a entrevistar porque no estaba dispuesto a cumplir la condición de donar 5.000 dólares a un fondo destinado a las familias de los nazis muertos durante el ascenso de Hitler al poder. También entrevistó a Stalin (que, “aun pareciéndole un ogro a algunos, a mí me recordaba más a un maestro de escuela”) varias veces. En la primera ocasión Stalin estaba leyendo un libro cuando llegó Vanderbilt Jr. Más adelante supo que el libro en cuestión era la Biblia, y que Stalin la había leído en cuatro idiomas. “Me habló más como un empresario americano que como el líder de la Rusia roja”, declaró Vanderbilt. La última vez que le entrevistó, interpretó -correctamente-, a la vista de los comentarios de Stalin, que Rusia estaba a punto de firmar un acuerdo de no agresión con Alemania, y tuvo ocasión de advertírselo anticipadamente a Roosevelt.

Durante la década de 1930, Vanderbilt Jr. trabajó incansablemente en las campañas presidenciales de Roosevelt. Rechazó la oferta de un puesto en la Administración, pero aceptó el título de asesor presidencial, sin salario ni dietas, y despachaba directamente con FDR multitud de cuestiones. Fue galardonado con la Cruz de Servicios Distinguidos del FBI en 1942 por su contribución a la detención de un operador de radio japonés en la costa del Pacífico. Escribió una serie de libros de viaje -Reno (1929), Park Avenue (1930), Palm Beach (1931)- y, en la década de 1940 trabajó como columnista de viajes para el New York Post y la Affiliated News Features. Asimismo, publicó varios libros de memorias: Personal Experiences of a Cub Repórter (1922), Experiences of a Washington Correspondent (1929), Farewell toFifth Avenue (1935) y Man of the World: My Life on Five Continents (1959). Vanderbilt Jr. se casó nada menos que seis veces.

Antes de visitar a Capone, Vanderbilt Jr. le había dejado una nota al encargado del hotel dándole instrucciones para que fuera abierta una vez transcurrido un tiempo determinado. En ella había escrito la dirección en la que se encontraba. Luego, la entrevista se alargó, y fue todo tan bien que Capone y Vanderbilt estaban comentando la posibilidad de una “cena íntima” a la semana siguiente cuando sonó el teléfono. Contestó Capone y, pasándole el receptor a Vanderbilt Jr., le dijo: “Es la policía, dicen que le he secuestrado”.

-Tenemos que mantenernos unidos.

Estábamos sentados, Al Capone y yo, en un espacioso despacho de la esquina sureste del cuarto piso del Hotel Lexington, en el cruce entre la Veintidós y Míchigan, en Chicago. Eran más de las cuatro de la tarde del jueves 27 de agosto. Y aquél era el año.

A nuestros pies, las aceras estaban atestadas de policías de paisano y de uniforme, con su artillería ligera bien a la vista. Los locales habituales del hampa habían sido allanados una y otra vez en las últimas veinticuatro horas. Se habían efectuado redadas en hoteles y apartamentos. Pat Roche quería detener al rey. Lo deseaba con verdadera ansia, y Pat era el fiscal del Estado.

Alguien había sido secuestrado. Su nombre era Lynch y publicaba una guía de apuestas hípicas. Según los rumores, sus captores exigían “250 de los grandes” a cambio de su liberación. Convencida de que Capone debía saber algo sobre el asunto, la policía de Chicago había pedido la colaboración del rey. Su majestad había asentido graciosamente y Lynch no tardó en aparecer. No hubo que pagar ningún rescate. Al Capone no tolera ciertos negocios sucios, y el secuestro es uno de ellos.

Se recostó un poco más en su cómodo sillón de despacho y encendió, por decimoséptima vez, su masticado puro Tampa. Llevábamos hablando más de una hora.

-Va a ser un invierno terrible –continuó-. La gente como nosotros tiene que rascarse el bolsillo, y bien rascado, si queremos que sobreviva alguien. No podemos esperar a que actúe el Congreso ni el señor Hoover, ni nadie. Tenemos que contribuir a llenar las barrigas y a mantener los cuerpos calientes. Si no lo hacemos, se acabó nuestra forma de vida. ¿Sabe usted, señor, que América está al borde de una revolución social? El bolchevismo llama a nuestras puertas. No podemos permitirle que entre. Tenemos que organizamos en su contra, ponernos hombro con hombro y resistir. Necesitamos fondos para combatir el hambre.

¿Sería cierto lo que estaba oyendo? ¿Acaso me había vuelto loco? Allí, delante de mí, enmarcado por una ventana, tras una mesa de teca grande y larga, estaba sentado el más temido de todos los delincuentes. Era mucho más alto de lo que yo había imaginado, y mucho más robusto; un individuo con un apretón de manos digno de un oso, una panza de banquero, y la seductora sonrisa de todas las razas latinas. Y a pesar de todo, en lugar de la cháchara habitual que suele brotar de la gente de su calaña, me había endosado un discurso que nunca había tenido la fortuna de escuchar antes.

Continuó:

Debemos mantener América íntegra, a salvo, y libre de corrupción. Si las máquinas arrebatan puestos de trabajo al obrero, habrá que encontrar otra cosa en la que pueda ocuparse. Quizá vuelva a cultivar la tierra, pero deberemos cuidar de él durante el periodo del cambio. Hemos de mantenerle alejado de la literatura y las triquiñuelas de los rojos, asegurarnos de que su mente permanezca sana. Porque, sin importar dónde haya nacido, ahora es un americano.

Los muchachos voceaban las noticias en las calles. Al “Brown”, como le gusta hacerse llamar, se levantó de su asiento y caminó hacia el extremo sur de la habitación. Sacó de un mueble unos gemelos, se los llevó a los ojos y leyó pausadamente el encabezamiento de un periódico de la tarde: “Pat Roche confía en detener a Capone en breve”. Me dirigió una ancha sonrisa.

-Pat es un tipo estupendo –dijo-, pero le gusta demasiado ver su nombre en la prensa.

Y, pensé yo, si Pat realmente estuviera interesado en arrestarle, podría hacerlo en un abrir y cerrar de ojos. Prácticamente respondió a mi pensamiento.

-En realidad nos parecemos, señor Vanderbilt. Siempre recibo más reproches por lo que no hago que alabanzas por lo bueno que hago. Siempre tengo encima a los chicos de la prensa. Es como si fuera responsable de todos los crímenes que se cometen en el país. Cualquiera diría que tengo un poder ilimitado y una billetera inagotable. Bueno, poder sí que tengo, supongo; pero mi cuenta corriente sufre en estos tiempos duros tanto como la de cualquier otro. Mis asalariados son los mismos de siempre, pero los beneficios han disminuido lo suyo. Le sorprendería conocer a algunas de las personas de las que tengo que hacerme cargo.

Podría haberle contestado que nada podía sorprenderme, pero permanecí en silencio. Al Capone no es el tipo habitual de gánster que ha llegado a lo más alto. Es un organizador y político capaz. A los treinta y dos años era la máquina mejor engrasada que este país haya visto. Es más poderoso en Chicago de lo que jamás lo fuera ningún dirigente del Tammany158 en Nueva York. Para hacerse cargo de sus múltiples tareas cotidianas dispone de un batallón en nómina que representa un gasto de 200.000 dólares a la semana. Mientras escribo esto, Capone aún no ha tenido que enfrentarse a la derrota. ¿Cómo puede un hombre tan joven mantener unido el tipo de organización que ha construido? Le pregunté al respecto y me respondió sin la menor vacilación:

-Hoy día la gente no respeta nada. Antes, poníamos en un pedestal la virtud, el honor, la verdad y la ley. ¡Hemos tenido casi doce años para enderezarnos, y mire el caos en que hemos convertido la vida! Durante la guerra, los legisladores aprobaron la décimo octava enmienda. Hoy día hay más gente bebiendo alcohol en los garitos clandestinos que la que antes de 1917 atravesaba las puertas de todos los locales del país en cinco años. Eso es lo que opinan sobre el respeto a la ley. Y aun así, la mayor parte de esas personas no son malas. No puede llamárseles criminales, aunque técnicamente lo sean. Entre el pueblo va en aumento la sensación de que la Prohibición es responsable de muchos de nuestros males, pero también crece el número de gente que actúa contra la ley. Hace dieciséis años llegué a Chicago con cuarenta dólares en el bolsillo. Tres años después estaba casado. Mi hijo tiene ya doce años. Sigo casado y quiero profundamente a mi mujer. Teníamos que ganarnos la vida. Entonces era más joven de lo que soy ahora, y creía que necesitaba más. No me parecía justo prohibir a nadie que intentara obtener lo que deseaba. La Prohibición me parecía, y me sigue pareciendo, una ley injusta. De algún modo, derivé naturalmente hacia la ilegalidad, y supongo que ahí permaneceré hasta que la ley sea derogada.

-¿Entonces cree que será derogada?

-Desde luego -respondió él con presteza-. Y cuando así ocurra, muy mal me tendría que haber organizado para no haberme buscado negocios en otros lugares. Verá, señor Vanderbilt, la Prohibición representa menos de un treinta y cinco por ciento de mis ingresos.

Su siguiente frase restalló como un trueno.

-Creo que el señor Hoover podría sugerir en su informe de diciembre al Congreso que los legisladores de la nación eleven el porcentaje alcohólico de los licores. Será su as en la manga para ser nominado de nuevo. Además, ya sabe que siempre ha definido la Ley Volstead como “un noble experimento”. Pero la gente no tolerará ni siquiera eso. Exigirán una vuelta a la normalidad y, si ejercen la presión suficiente, derrotarán a la liga antialcohólica y a los industriales que han engordado y se han enriquecido a costa de la sed de los demás. La ley será derogada. Ya no habrá que actuar en secreto y me ahorraré muchísimo dinero en sueldos. Pero mientras la ley siga en vigor y quede alguien dispuesto a violarla, habrá un lugar para la gente como yo, que descubre que depende de ella mantener la espita abierta. A los que no respetan nada les aterroriza el miedo. Por eso he basado en él mi organización. Quienes trabajan conmigo no tienen nada que temer. Los que trabajan para mí me son fieles, no tanto por el dinero que ganan sino porque saben lo que podría pasarles si me traicionan. El Gobierno de Estados Unidos blande una estaca muy frágil contra los que violan la ley, limitándose a amenazarles con la cárcel. Los transgresores se parten de risa y contratan buenos abogados. Algunos de los que tienen menos dinero palman y van a prisión. Pero la gente en general no tiene más miedo a que la condenen que el que yo le tengo a Pat Roche. Las cosas conocidas divierten al personal. Le encanta reírse de ellas y hacer chistes. En caso de redada en un local clandestino, hay quien se asusta mucho, pero la mayoría se lo toma a broma. En cambio, ¿conoce a alguien a quien haga feliz la idea de que puedan llevársele a dar un paseo?

¿Que si conocía a alguien? A eso sí que podía responderle, y al momento.

Colgado de la pared, a espaldas del rey, había un retrato de Lincoln en un marco barato. Parecía sonreírle benevolentemente. Sobre la mesa real había un pisapapeles en bronce que reproducía la estatua erigida en el Lincoln Memorial al Gran Emancipador. Una copia de la Declaración de Gettysburgh ornaba otra parte de la pared. Era fácil ver que Capone admiraba a Lincoln más que a cualquier otra persona. Le pregunté qué opinaba de las elecciones de 1932.

-Los demócratas serán arrollados en una votación sin precedentes –declaró-. Las masas piensan que así se paliará la depresión. Sé muy poco de finanzas internacionales, pero no creo que sea así. Creo que llevará más tiempo. Si no permitimos que los rojos se metan por medio, la recuperación se producirá por una serie de circunstancias. Owen Young es el que más posibilidades tiene, en mi humilde opinión. Es un tipo estupendo y deberían dejarle ocupar el cargo. Si no, ganará Roosevelt, y creo que tiene el sentido común suficiente para nombrar a Young secretario del Tesoro. Roosevelt es buena gente, pero me temo que su salud es un tanto frágil, y un líder necesita estar sano.

El candor de Capone era fascinante. No hacía nada de cara a la galería y estoy convencido de que no intentaba marcarse faroles para deslumbrarme. Cuatro días antes yo me encontraba en mi rancho de Nevada. Mi secretario siciliano, Peter Marisca, me acababa de traer un telegrama que se había traspapelado. Rezaba así: “Reunión convocada en Chicago miércoles mañana a las 11. Llame a mi oficina cuando llegue”. Estaba firmado por un conocido abogado del Medio Oeste. Sólo tuve tiempo de hacer malamente el equipaje antes de coger un tren de madrugada hacia el Este.

Al llegar a Chicago el miércoles me enteré por la prensa del secuestro del editor Lynch y de la petición de ayuda a Capone por parte de la policía. No obstante, llamé al abogado que me había enviado el mensaje. Capone estaba reunido con sus consejeros legales y no recibía a nadie. A última hora de la tarde compré una edición temprana de un periódico de la mañana. El titular hablaba del regreso de Lynch a casa y de la orden de detención contra Capone emitida por Pat Roche. Se sugería que el rey sabía demasiado acerca de la causa del repentino secuestro de Lynch.

Toda esperanza de ver a Capone se desvaneció al instante. Yo había cogido un terrible catarro, así que me metí en la cama. A primera hora de la mañana del jueves recibí un mensaje telefónico: “El secretario del señor Capone comunica al señor Vanderbilt que puede pasarse por su despacho esta tarde a las tres”. Peter Marisca no me lo había transmitido en su momento porque creía que se trataba de una broma pesada, pero me lo comentó en un aparte ese mismo día mientras comíamos en el Drake. Estuve a punto de abrasarme la garganta con la sopa de tortuga.

Y allí estaba yo, tras atravesar cordones policiales y de agentes del Gobierno. En el vestíbulo del hotel habíamos tomado un ascensor en el que un ascensorista negro, adusto como la muerte, nos había subido hasta el cuarto piso. En el corredor me esperaba un joven bien vestido. Diría que el verde de su traje era el más claro que jamás había visto hasta entonces. No perdió el tiempo a la hora de preguntarme a quién quería ver.

-Tengo una cita con el “Señor Brown” -le respondí.

-¿Viene ese tipo con usted? -Hizo un gesto hacia Pete. Contesté que sí. Echamos a andar pasillo adelante y entramos en una suite privada. Pete se quedó fuera hablando su idioma nativo con quién sabe cuántos sicilianos más.

Durante la entrevista, Capone me planteó una pregunta que me hizo abandonar mis conjeturas.

-Usted mantiene conversaciones con hombres importantes de todo el mundo -me comentó-; ¿qué ofrecen ellos para solucionar la depresión?

-Francamente –repuse-, he escuchado tantas propuestas que me da la impresión de que ninguno de ellos sabe realmente lo que pasa. Creo que están aturdidos y atascados.

-De aturdidos, nada -respondió Al-. No son capaces de unirse y adherirse en torno a una idea. Carecen de concentración. ¿No es extraño que teniendo uno de los mejores organizadores del mundo como jefe del Ejecutivo estemos más desorganizados ahora que en ningún otro momento de la historia?

Abrió en 1930-la Gran cocina de Al para los necesitados que alimentaba gratuitamente

Y continuó explayándose.

El mundo se ha capitalizado a base de papel. Cada vez que alguien tenía una idea nueva, ampliaba el capital, asignando para sí cierta cantidad de pasta y a sus accionistas cierta cantidad de papeles. Los ricos se hacían más ricos; los accionistas especulaban con el papel. Alguien descubrió que era rentable disponer de una fábrica de rumores. Otro consiguió interesar a las mujeres para que apostasen en la gran mesa de juego. El mundo se había vuelto loco. Se produjeron fusiones. Cuanta mayor facilidad mostraba alguien para transformar el papel en dinero, mayores iban haciéndose sus opciones a la vicepresidencia. Muchos jóvenes que deberían estar entre rejas por robar papel accedieron al mundo de la prosperidad de la noche a la mañana. Todas nuestras perspectivas vitales estaban trastocadas. Los banqueros corruptos que aceptan el dinero de sus clientes, ganado con el sudor de su frente, a cambio de acciones que saben que no tienen valor serían inquilinos más adecuados de las instituciones penitenciarias que el pobre hombre que roba para dar de comer a su mujer y a sus hijos. Durante el año que viví en Florida conocí a un individuo poco de fiar, amigo de un editor, que estaba a cargo de un banco. Había vendido un montón de papeles sin valor a personas que no sospechaban nada. Un día su banco se vino abajo. Estaba agradeciéndole al cielo que hubiera recibido su merecido cuando me enteré de otro de sus negocios, al lado del cual volar cajas fuertes parece tan inofensivo como el minigolf. El editor corrupto y el banquero animaban a los impositores en bancarrota, que recibían treinta centavos por dólar, a que depositaran su dinero en el banco de otro amigo. Muchos siguieron su consejo y, unos sesenta días más tarde, el banco en cuestión también se hundió como un castillo de naipes. ¿Cree que los banqueros fueron a la cárcel? Nada de eso. Se encuentran entre los ciudadanos más relevantes de Florida. ¡Son tan aborrecibles como los políticos corruptos! ¡Si lo sabré yo! Llevo mucho alimentándoles y vistiéndoles. Hasta que me metí en este negocio nunca imaginé cuántos sinvergüenzas vestidos con trajes caros y hablando con acento amanerado iba a encontrarme. Verá, cuando me retuvieron el otro día por evasión de impuestos federales estuve a punto de meterme en un buen lío. Algunos de los funcionarios querían llegar a un acuerdo conmigo. Si me declaraba culpable e iba dos años a la cárcel, ellos retirarían todos los cargos contra mí. Era un precio elevado, pero pensé que sería mejor que soportar un juicio largo y pesado. Sin embargo, un día antes de aceptar el trato me enteré de que alguien iba a recurrir al Tribunal de Apelación, que se producirían ciertas maniobras y que acabarían encerrándome diez años y medio en Leavenworth. Así pues, decidí ser igual de astuto y me declaré no culpable. Hace poco, uno de los periódicos de Chicago reveló que a un fabricante local millonario le habían descubierto una ocultación de impuestos de alrededor de cincuenta y cinco mil dólares. Al día siguiente se publicó que se trataba de un error, y que la situación había quedado satisfactoriamente aclarada. Si el Gobierno del señor Hoover quiere que dé explicaciones acerca de mis impuestos federales, lo haré encantado. Creo que puedo aclararles a él y a otros funcionarios unas cuantas cosas, y cada vez que necesiten temas sensacionales de los que hablar los tendré listos para su difusión.

A continuación señaló:

La corrupción campea por sus respetos en la vida americana de nuestros días. Es la ley allá donde no se obedece otra ley. Está minando este país. Los legisladores honrados de cualquier ciudad pueden contarse con los dedos. ¡Podría contar los de Chicago con los dedos de una sola mano! La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas. Somos todos muy listos. Nos gusta “salir bien librados” de lo que hacemos. Y si no podemos ganarnos la vida con una profesión respetable, nos la ganamos a pesar de todo.

Empezaba a hacerse tarde. La luz rojiza del ocaso realzaba las recargadas escayolas rojas y doradas de su oficina. Intensificaba el rojo oscuro de las persianas. La gran cabeza de alce de la pared, los peces y animales disecados, el rifle del ejército, parecían esplendorosos en el glorioso estallido final de la tarde. Sólo faltó que la tapa del fonógrafo se abriese por sí misma para ofrecernos alguna marcha triunfal.

-El hogar es nuestro principal aliado -observó Capone-. Cuando la locura que azota al mundo se disipe, lo comprenderemos como nación. Cuanto más fuerte sea nuestra vida familiar, más fuerte será nuestra nación. Cuando el enemigo se aproxima a nuestras costas, las defendemos. Cuando en nuestra casa entran extraños, los expulsamos de ella. Los violadores de domicilios deberían ser desnudados y cubiertos de brea y plumas como ejemplo para el resto de su calaña. Poca necesidad habría, señor Vanderbilt, de un lugar como su ciudad natal, Reno, si los hombres protegieran más sus hogares. Cuando la ley de Prohibición sea derogada habrá menos interés por el control de la natalidad. Sin control de la natalidad América puede llegar a ser tan fuerte como Italia. En las manos de un Mussolini americano este país podría conquistar el mundo.

La puerta se abrió silenciosamente a mis espaldas. Peter y el secretario del “Señor Brown” seguían conversando. Al saludó a Peter y ambos intercambiaron unas palabras en siciliano.

-Recuerde, señor Vanderbilt, las personas como nosotros tenemos que mantenernos unidas este invierno -repitió-. El invierno pasado di de comer a trescientas cincuenta mil personas por día aquí en Chicago. Este invierno va a ser peor. Creo que los dos hablamos el mismo idioma; y creo que los dos somos patriotas. No queremos ver cómo se resquebrajan los cimientos de este gran país. Tenemos que luchar para ser libres. Buena suerte. Me alegro de haberle conocido.

 La puerta de hierro del despacho se cerró. Mi entrevista más sorprendente había terminado.

Tomado de: Las Grandes entrevistas de la Historia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
A %d blogueros les gusta esto: