Análisis: El espejo de Gaza

Es una vergüenza periodística que aún haya quien hable de batallas campales. Pero aún es más indecente la impasibilidad con la que asistimos a una catástrofe humanitaria de causas puramente políticas

A quienes, como se dice ahora, consumen información pero no la producen; a quienes, como solíamos decir, se informan pero no informan, en ocasiones les cuesta entender el factor humano en el periodismo. Es cierto que la prensa está sujeta a presiones de todo tipo y condición, forma parte del trabajo. También es verdad que hay una línea editorial, y que hay medios y periodistas con agendas (en ocasiones confluyentes, otras no tanto). Hay rutinas productivas que marcan a fuego la información que se ofrece (horarios, recursos, condiciones de trabajo…) Hay, en definitiva, motivos estructurales que afectan de forma decisiva el trabajo del periodista. La crítica y el análisis macro del periodismo se centra en ellos.

Pero también existe el factor humano, lo micro. Y en ocasiones cuesta entender que este factor es decisivo para que una pieza informativa sea como es. El periodista puede tener una agenda propia. O ser malo de solemnidad y no saber titular, por mucho que sea el que redacta el titular de portada. El periodista puede ser ignorante. O puede tener mucho trabajo, en una jornada laboral puede llegar a escribir decenas de entradillas a piezas de corresponsales de medio mundo para un informativo de 24 horas. El periodista puede tener problemas de comprensión lectora, o ser un zoquete sin remedio, que de todo hay en la viña del señor. Este factor humano explica, al menos al mismo nivel que las causas estructurales, por qué el pensamiento político del establishment es tan dominante. Porque es sencillo. Porque es cómodo. Porque permite no pensar. Porque para, por poner un ejemplo, no calificar la muerte de más de una docena de palestinos en Gaza en una marcha pacífica como una “batalla campal” requiere varias cosas: saber qué es una batalla campal (la RAE, ay, la RAE); preguntarse qué clase de batalla campal es esa en la que solo hay muertos y heridos de un bando; averiguar por qué diantre a miles de palestinos les dio por manifestarse desarmados en la frontera entre Israel y Gaza; mirar los vídeos y las fotos; buscar cómo califica el derecho internacional el hecho de que un Ejército dispare a manifestantes desarmados; preguntarse si el marco mental del discurso dominante en lo referente al conflicto palestino es cierto, si es verdad aquello de dos pueblos que combaten entre sí en igualdad de condiciones porque tienen el mismo derecho sobre la misma tierra; cuestionarse prejuicios y mitos (en Gaza manda Hamas, los de Hamas son islamistas que combaten a Israel, Israel es Occidente, y los países de Occidente también son objetivo y enemigo de los islamistas); analizar si imparcialidad equivale a neutralidad; y si todo esto no es posible, porque eres un currito al que el editor le pide ya la entradilla de la pieza que ha enviado la corresponsal desde Jerusalén y no hay tiempo para exquisiteces, al menos escuchar o leer lo que ha enviado el periodista que sabe de la cosa.

Pero, ya se sabe, ay, que todos los corresponsales españoles que han sido, son y serán en Jerusalén (incluido un servidor) no son más que una panda de propalestinos. Suerte de las entradillas, de los titulares de portada y de las introducciones de los presentadores, que tanto hacen por dotar de objetividad la cobertura del conflicto palestino-israelí.

Sí, si uno no leía ni escuchaba las crónicas de los corresponsales y se quedaba en el envoltorio que las rodeaba, la idea predominante es que palestinos e israelíes se enfrascaron en enfrentamientos en la frontera entre Israel y Gaza, duros choques, una batalla campal, que acabaron con muertos y heridos… palestinos. Hay que entenderlo: requiere mucho valor titular en portada, así de grande, 17 palestinos muertos después de que Israel dispare a una manifestación pacífica. Subtítulo: Los francotiradores abrieron fuego contra la multitud desarmada que protestaba ante la valla fronteriza. No solo requiere valor por las obvias presiones políticas, sino porque implica desafiar el pensamiento establecido, el que habla de espirales de violencia, de eternos procesos de paz, de halcones y palomas, de los radicales de ambos lados, de enfrentamientos, de una paz deseada por los hombres y mujeres de bien y al mismo tiempo esquiva. La mejor jugada del pensamiento establecido es que parezca que es imparcial. No lo es, por supuesto. En el mejor de los casos es neutral.

Gaza, más que ningún otro sitio en los territorios ocupados –con la excepción tal vez del horror de Hebrón–, es un espejo deformado de nuestra propia indecencia. Es una vergüenza periodística que hoy aún haya quien hable de batallas campales. Pero aún es más indecente la impasibilidad con la que asistimos a una catástrofe humanitaria de causas puramente políticas. Está más que dicho. Nadie puede alegar inocencia. Todo el mundo sabe lo que sucede en Gaza, empezando por los propios israelíes y acabando por los gobiernos que de forma vergonzante piden contención a ambas partes mientras caen los cadáveres palestinos.

En Gaza, sin apenas agua potable, ni electricidad, ni alcantarillado, ni trabajo, ni esperanza, ni presente ni futuro, millón y medio de personas son condenadas a morir en vida. No se trata de que a los palestinos de Gaza no les asuste la muerte. Es que les asusta la vida. Eso es lo que hay que entender cuando se ven los vídeos de los asesinados por los disparos de los francotiradores israelíes.

Hay más marchas convocadas, no solo en Gaza, de aquí al 15 de mayo, la fecha en la que los palestinos conmemoran la nakba, la expulsión de decenas de miles de personas y la destrucción de decenas de localidades árabes que dio lugar al nacimiento de Israel y al de miles de refugiados, gran parte de cuyos descendientes viven hoy en Gaza. Hay que detenerse un minuto a pensar en ello cuando se habla de la franja de Gaza: lo que hoy conocemos como Israel era el hogar de gran parte de la gente que malvive en Gaza.

Probablemente, quien habla de batallas campales no lo sabe. El resto de los que alimentan el discurso establecido sí lo saben, pero no les importa. Es previsible que veamos, pues, más esas peculiares batallas campales de un Ejército moderno contra manifestantes desarmados. La próxima vez, igual en alguna entradilla alguien lo llama por su nombre. Se llama Ocupación.

Joan Cañete Bayle

Periodista

 

 

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