Arsenal terapéutico

Cannabis

Prepárense que vamos a entrar en un campo minado, hablaré del cannabis medicinal. Para asumir exclusivamente toda la responsabilidad de este escrito, intencionalmente, lo narraré en primera persona. Antes es menester aclarar alguna terminología a favor de aumentar la precisión del lenguaje y evitar malos entendidos.

Los farmacéuticos que nos formamos en Venezuela utilizamos la palabra droga para referirnos al principio activo de un medicamento. La droga es la sustancia responsable del efecto terapéutico, los excipientes junto al empaque conforman el medicamento, en otras palabras, el medicamento es el producto de una preparación adecuada para ser ingerida o aplicada a una persona o animal con la finalidad de prevenir, diagnosticar, tratar o curar enfermedades.

Llamamos droga a todas las sustancias capaces de interferir o modificar la fisiología del organismo, por ejemplo un antiácido, antibiótico o analgésico, incluyendo aquellas que actúan sobre el sistema nervioso y en consecuencia afectan el estado de ánimo o la conducta, estas últimas las especificamos como drogas psicotrópicas o estupefacientes.

La costumbre de decirle droga a todas las sustancias que usamos para preparar medicamentos, sin importar el efecto, es secuela de estudiar con libros traducidos del inglés, los anglosajones le llaman drug.  Aunque la palabra droga tiene sus orígenes en el árabe-andalusí, los españoles nombran los principios activos como fármacos, ellos usan esta palabra como sinónimo de drogas. La Ley del Medicamento venezolana utiliza el término droga y no fármaco para referirse a la materia prima de los medicamentos.

El objetivo de hacer esta aclaratoria es porque los farmacéuticos utilizamos con naturalidad la palabra droga, no nos sonrojamos ni avergonzamos por pronunciarla o escribirla, lo que en principio nos despoja de cualquier tabú asociado a la expresión.

La Farmacia, a lo largo de su historia, incorporó al arsenal terapéutico muchas sustancias de origen natural usadas por los seres humanos tradicionalmente con fines sociales, religiosos o curativos que la modernidad etiquetó como drogas.

El opio es un extracto de la planta Amapola (Papaver somniferum) cuyo uso por los asiáticos es conocido por lo menos hace 3.000 años antes de Cristo. El opio contiene una mezcla de sustancias activas, una de ellas la morfina, modernamente industrializada por la alemana Bayer, se emplea hasta hoy día legalmente como un potente analgésico. Otro derivado del opio la heroína fue comercializada como antitusígeno pediátrico, en la actualidad descontinuado su uso medicinal.

Las hojas de la planta Erythoxylon coca son partes inseparables de la cultura Inca, la empresa Merck aisló de ellas en 1890 la cocaína que ampliamente comercializó como un costoso anestésico.

¿Qué tienen en común estas plantas? Ambas producen fácilmente materias primas de uso farmacéutico de gran importancia comercial. Demasiado bueno para que “cualquiera” pueda tenerlas. Por tanto en la postguerra Naciones Unidas procedió a prohibirlas y controlarlas, inventándose así el Narcotráfico.

Imagínense la importancia estratégica de ellas, que por el control del opio se han generado dos importantes guerras: una en 1839 llamada la guerra del opio, de Inglaterra contra China y recientemente, en el 2001, la criminal invasión a Afganistán por parte de EEUU que incluye la abominable demolición del las torres gemelas.

El otro hecho que involucra la segunda planta es la injerencia estadounidense en Latinoamérica con presencia de bases militares cuya única excusa es limitar el cultivo de la hoja de coca para supuestamente combatir el narcotráfico, pretexto que también usan para agredir pueblos y derrocar gobiernos que no son de su entera complacencia.

La marihuana (cannabis sativa) corrió con la misma suerte, fue prohibido su uso, tenencia, traslado y cultivo por el mismo mecanismo que Naciones Unidas utilizó para la hoja de coca.

Las virtudes medicinales de la marihuana no son nuevas, sin embargo hoy día se cuentan con estudios científicos que lo demuestran. El espíritu de este artículo no es dar una clase de farmacología pero la efectividad del cannabis para tratar el glaucoma es imbatible, su uso dejaría fuera del mercado por lo menos cuatro medicamentos de tres laboratorios transnacionales indicados para esta enfermedad, algunos de ellos con patentes vigentes. Serían sustituidos por algo que cualquiera podría cultivar y extraer, demasiado bueno para ser verdad diría un escéptico.

Además existen fundamentos científicos para apoyar el uso del cannabis en las siguientes patologías y desórdenes crónicos: dolor crónico (analgésico), dolor nervioso, trastorno de estrés postraumático (PTSD), náuseas y vómitos inducidos por la quimioterapia (CINV), síndrome de Tourette (tics nervioso), trastornos del sueño, ansiedad, cuadros convulsivos-epilepsia. Son impresionantes los videos colgados en la red que muestran la eficacia del aceite de cannabis para calmar los temblores producidos por el mal de Parkinson.

No existe ser más honesto y de mayor moral que el expresidente del Uruguay José (Pepe) Mujica, quien fue el primero en Latinoamérica en promover la legalización y regulación del uso del cannabis con fines medicinales y sociales, difícilmente podemos referirnos a él como narcotraficante.

Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Panamá son los países Latinoamericanos que han avanzado en normar el uso medicinal del cannabis. En Venezuela el tema es aún tabú, simplemente no se habla.

Los llamados para abrir la discusión son los voceros de la Asamblea Nacional Constituyente, pero este tema está entre los “prohibidos”, es considerado tema sensible y simplemente no se menciona así como tampoco se alude al aborto, los derechos sexuales, la delincuencia y la prostitución de ambos sexos como problema social.

Nos jactamos en decir que somos antiimperialistas, sin embargo no somos capaces de poner el dedo en la llaga en un tema que es clave para nuestra liberación y frecuentemente usado como motivo de chantaje por las potencias. Ni siquiera hacemos el intento de desestigmatizarnos, preferimos el silencio y la sumisión.

La industria farmacéutica nacional

El problema por la falta de medicamentos y la accesibilidad de la población a los mismos es muy grave, no es una exageración y no desaparece ignorándolo, cada día empeora la situación, como también se desvanecen las esperanzas de recuperación.

Venezuela cuenta con una capacidad instalada nacional de manufactura de medicamentos la cual puede ser la tabla de salvación para nuestro pueblo en este momento histórico, que podría ser bien aprovechada si tan solo el Gobierno abriese un canal de comunicación con ese sector.

Es importante diferenciar entre las grandes multinacionales farmacéuticas que se dedican a lucrarse solo con la importación y venta de medicamentos caros de marcas y la industria nacional que cuenta con empresas de más de 75 años de fundación, con plantas de producción repotenciadas con la más reciente tecnología.

Este sector nacional que ha sobrevivido, en condiciones de desigualdad, a la competencia voraz de las corporaciones farmacéuticas multinacionales, que además resistió al proceso globalizador de la creación de la CAN y la OMC, hoy día está en peligro real de desaparecer por falta de una política farmacéutica nacional. El Gobierno asumirá la responsabilidad histórica de presenciar el desvanecimiento de una industria que ni el propio neoliberalismo pudo con ella.

Los laboratorios nacionales, aunque privados, son cruciales para la soberanía farmacéutica y por ende son quienes tienen la capacidad de garantizar la producción y el suministro de medicamentos dada su infraestructura instalada en el país. La capacidad pública de producción y distribución es significativamente más pequeña, aún recuperándose y trabajando a su máxima expresión no sería comparable.

El Estado venezolano cuenta con apenas cuatro plantas de producción de medicamentos de baja capacidad y la mayoría casi paralizadas, en cambio el sector privado nacional tiene más de 45 plantas, muchas de gran envergadura con una experiencia histórica en la manufactura de medicamentos y con personal venezolano altamente competente, sin mencionar aguas abajo un montón de droguerías dotadas de una robusta logística para la distribución y por último más de 5 mil farmacias comerciales regadas en toda la geografía nacional.

La importación pública de medicamentos no sustituye esta maquinaría la cual tardó años en consolidarse. Es ilógico pensar que un número determinado de operarios telefónicos de un 0800 que recopilan, en la medida de lo posible, algunas necesidades de la población y hacen envíos una vez a la semana a las regiones, pueden reemplazar la infraestructura privada en funcionamiento y mucho menos pensemos que con eso las necesidades vitales de la población están satisfechas.

La industria farmacéutica nacional no recibe divisas por parte del Estado desde el mes octubre del año pasado, según han declarado sus voceros, algunas han operado adquiriendo materias primas e insumos en moneda nacional a empresas intermediarias que hacen importaciones con dólares adquiridos en el mercado paralelo, como resultado los medicamentos se han vuelto incomprables por su elevado precio.

Si bien este sistema funcionó en un momento determinado para impedir la crisis del abastecimiento, ha demostrado que es insostenible a lo largo del tiempo. Con los actuales precios la población perdió el acceso a los medicamentos. Resulta insólito que los responsables de la Salud en el Gobierno no presenten propuestas o planes para resolver el problema, que piensen que publicando 20 notas de prensa los sábados van a impedir que alguien muera por falta de medicamentos.

Eduardo Samán

samanedu@arsenalterapeutico.com

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