Baruj Benacerraf Premio Nobel venezolano murió un día como hoy

Benacerraf siempre se mostró orgulloso con su herencia criolla, asegurando (en perfecto castellano) que se sentía “profundamente venezolano” y que consideraba su premio “un honor para Latinoamérica y Venezuela”, durante una entrevista con el diario El Nacional en 1980.

Baruj Benacerraf

Hace 39 años, Baruj Benacerraf obtuvo el premio Nobel de medicina por la serie de investigaciones desarrolladas bajo el concepto de Complejo Mayor de Histocompatibilidad, una clave del ADN que controla la respuesta inmunológica del organismo, una llave que abrió las puertas de la creación de los urgentes tratamientos de algunas patologías como el sida y el cáncer, o la esclerosis múltiple y la artritis reumatoide, así como el estudio histológico de las alergias y los trasplantes de órganos.

Tal eminencia de la ciencia mundial nació en Caracas, el 29 de octubre de 1920, y murió en Boston, EE UU, el 2 de agosto de 2011, a los 90 años, a causa de una neumonía agravada por debilidad de la edad.

Era hijo de inmigrantes, una argelina francesa y un marroquí español, ambos judíos y habitantes de la comunidad de Tetuán, en ese entonces provincia española de Marruecos, Turquía, y quienes decidieron embarcarse a América debido a las convulsiones políticas del norte de África y al oscuro panorama de guerra que aún no terminaba de alejarse del cielo europeo.

Llegaron a Caracas, amparándose en las buenas perspectivas económicas que disfrutaban otros familiares judíos sefardíes y prósperos negociantes del sector textil venezolano en 1946. Los Benacerraf en pleno fueron accionistas principales de un importante banco hoy desaparecido. Cuando murieron los patriarcas, el eminente médico administró personalmente y desde el exterior la fortuna heredada en Venezuela.

Cinco años después de su llegada, la familia se fue a Francia y regresó definitivamente al país una década después. “Educado en París, Baruj creció en un ambiente intelectual muy estimulante que también terminó dando buenos frutos en su prima hermana más famosa, la cineasta venezolana Margot Benacerraf, cuyo largometraje Araya fue galardonado en el Festival de Cannes del año 1959 con el gran premio del público”, expone la escritora venezolana Alejandra Pizarnik.

Políglota y nómada, Baruj se decidió por la ciencia porque era un asmático crónico, una patología tan misteriosa en esos años que los médicos solo recomendaban una buena atmósfera doméstica y largos paseos al aire libre para estabilizar la situación del paciente; el niño consideraba un verdadero enigma por qué un medicamento no podía curar el asma del todo y por qué la afección era recurrente; al final, esas preguntas determinaron que se fuera al extranjero a estudiar medicina. Decidió radicarse en los Estados Unidos, la meca de la ciencia, a diferencia de la Venezuela rural de esas décadas; sin embargo, la discriminación racial y religiosa norteamericanas estaban por convertir el sueño de un joven estudioso en una pesadilla de inmigrante.

“Yo había elegido estudiar biología y medicina, en lugar de entrar al negocio familiar que mi padre hubiese querido para mí”, relata Baruj Benacerraf en las memorias De Caracas a Estocolmo, publicadas cuando era una celebridad científica y donde da cuenta de los recuerdos que lo vinculaban con su tierra natal. “En 1942, nunca me percaté de que el ingreso a una escuela de medicina estadounidense era algo extraordinario debido a mi origen foráneo; a pesar de mi excelente expediente académico, muchas universidades me rechazaron e igual hubiese ocurrido con la Universidad de Columbia, si el padre de un amigo, el señor George Bakeman, presidente del Colegio Médico de Virginia, no hubiese mediado en mi admisión”, confiesa en líneas conmovedoras.

Bajo esa política de entrenarse en paz para tiempos de guerra, promovida por el presidente norteamericano Eisenhower, el estudiante venezolano judío fue reclutado e ingresó a un programa intensivo de medicina militar y, en 1943, el gobierno de los Estados Unidos de América le concede la ciudadanía estadounidense con el propósito de que honre al país en servicio bélico. Baruj estaba feliz porque ese año también se casó con la refugiada francesa Annette Dreyfus, con quien tendría una hija, Beryl, hoy eminente radiólogo de la universidad de Harvard. Pero, cuando la guerra se desbordó y los aliados no escatimaron sus fuerzas, fue embarcado al frente, destacándose por su laboriosidad en los pabellones de Francia y Alemania, donde el ejército norteamericano se enfrentó a los escuadrones nazis.

“Antes de volver a Nueva York, ostentaba el cargo de teniente del cuerpo médico militar estadounidense aliado -acota Moisés Garzón Seraty, investigador de los aportes de los judíos sefardíes a la cultura venezolana-. Comenzó entonces sus labores de investigación y docencia. Estuvo en el instituto Neurológico de la Universidad de Columbia, en el Instituto de Inmunología del centro Bethesda y en la cátedra de patología de la universidad de Harvard. Posterior al máximo reconocimiento sueco, obtendría la presidencia del centro Dana-Farber, el mayor centro mundial de investigación del cáncer asociado a Harvard”.

Mientras la salud mundial era atacada por enfermedades incurables convertidas en un desafío para la inteligencia, Baruj Benacerraf describió la importancia de la genética en el funcionamiento del sistema inmunológico, creando una agenda de investigaciones mundiales que aún hoy siguen estudiando nociones como “respuesta inmunológica”, “antígenos”, “anticuerpos”, “resistencia”, “propensión hereditaria familiar”, “infecciones y reinfecciones”.

El concepto de Complejo Mayor de Histocompatibilidad fue la primera tabla de salvación que encontró la ciencia para desarrollar los medicamentos contra el sida, una pandemia aún sin cura, pero sin tratamiento mientras Baruj Banacerraf investigaba, presionado por los millones de fallecidos y el número creciente de contagiados -expone Edyta Zielinska, investigadora del centro de estudios sefardí en Caracas-. Así mismo, sirvió para perfeccionar los actuales tratamientos contra el cáncer y es una especie de abecedario en la investigación de las alergias”.

En 1980, la academia sueca anunció que el premio Nobel de medicina sería otorgado a tres científicos. Quienes acompañarían al escritor alemán Günter Grass, laureado por la novela El tambor de hojalata, serían: Jean Dausset, nacido en Francia, George Snell, nacido en Estados Unidos, y Baruj Benacerraf, nacido en Venezuela y nacionalizado estadounidense.

Robert Arapé

Este artículo fue publicado en Panorama (2005)

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