Comer distinto, comer mejor; o de cómo la crisis ha cambiado la dieta de los venezolanos

La casa de Silio no tiene pérdida. Es la de la puerta roja, cuando acaba la carretera de concreto, en el Camino de los Españoles. El Camino de los Españoles también es Caracas, aunque no lo parezca. Hay que llegar hasta Puerta Caracas, arriba del barrio de La Pastora, cruzar, tener un buen carro, mejor sincrónico (manual) y seguir derecho.

Más derecho, pasar los miradores que nadie conoce, dejar el asfalto, seguir un poco. En realidad son 20 minutos del centro. Y ‘voilá’. Silio tiene 39 años, cabello rizado y oscuro. «Ya voy», grita desde adentro. Quien abre la puerta roja es su hijo Benjo, de 10 años, también moreno, que rechupetea un vasito de dulce de leche casero.

 

La familia la completan la mujer de Silio, Yili; y Aroa, de 7 años, que ahora no están. Llevan ocho años en esta casa de 45 metros reconvertida en uno de los epicentros de la producción local de la zona. La decisión de cambiar la locura de Caracas por el campo fue consensuada y llegó mucho antes de la crisis.

«Quería que mis hijos se criaran cerca de la tierra porque también eso fue parte de mi crianza», señala el padre.

Silio es abogado y profesor en la Universidad Bolivariana de Venezuela. También es productor, agricultor, ganadero. Siembra y tiene animales en casa: cabras, pollos criollos, conejos y acures o cuis, mal llamados «conejillos de indias» y muy típicos en las primeras décadas del XX entre los campesinos humildes del país, que los comían cuando no había nada que echarse a la boca.

A Silio le parecen una buena alternativa a la falta de acceso a la proteína animal en Venezuela por su alto costo.

«El cuy no necesita alimento concentrado, puro pasto. Puede vivir casi sin agua, en condiciones muy agrestes, y al igual que el conejo tradicional se reproduce muy rápidamente. Con los niveles de amenaza que hemos sufrido tenemos que estar prevenidos para cualquier escenario. En cualquier momento podemos escalar a situaciones mucho más difíciles», relata.

Silio está hablando de política. De la «guerra multidimensional (no solo económica)» que según él sufre Venezuela. Habla y ofrece chocolate caliente hecho en casa con pira, moringa y semillas de corocillo, que los indígenas utilizaban para combatir la desnutrición.

«Con la guerra económica, el venezolano fue perdiendo poder adquisitivo y ante eso el hecho de producir se convierte en una necesidad para la Revolución. El pueblo venezolano vivía en una sociedad capitalista rentista que nos obligaba a importar absolutamente todo. Traer un pollo de Uruguay era más barato que criarlo aquí. Además, con la plata del petróleo tuvimos un salario mínimo que era muy alto. Con un aguinaldo (paga extra de Navidad) nos comprábamos una moto». Ay. La ‘Venezuela saudita’.

Pero eso son recuerdos de una burbuja que explotó hace tiempo, antes incluso de que muriera Chávez y el precio del barril de petróleo se desplomase a mínimos históricos.

Silio se levanta de noche y ordeña sus cabras. Benjo, manos pequeñas y rápidas, le ayuda, y cuando sale el sol ya huele a café y a tarea resuelta. Hacen queso fresco cada tres días que venden en la ciudad bajo encargo.

También en las Ferias Conuqueras que se celebran el primer sábado de cada mes y que reúnen a decenas de productores locales de la zona, célebres de los últimos tiempos. El kilo de queso de Silio cuesta 20.000 bolívares (unos 6 dólares). En los supermercados de Caracas, el lácteo de cabra es un lujo impagable, cuatro o cinco veces más caro que el que vende la familia.

«Todo lo que preparo es en función de la resistencia», dice Silio. «Yo llevo dos años alertando de que produzcamos con visión de guerra, aunque algunos compañeros me digan que soy un poco exagerado», agrega.

Su casa crece en el monte en vertical. Cada vez más animales, más estructura, más proteína para comer y vender, o para acompañar a sus platos con los productos del CLAP, las cajas de comida subsidiada que da el Gobierno, pero que principalmente traen hidratos de carbono: arroz, pasta y caraotas. El CLAP empezó en 2016, el año más fuerte de la crisis. Ese mismo año, Silio empezó a producir con mano de hierro y guerra.

Su vecino Abraham carga a su hija en brazos mientras recorre su sembradío. Abraham tiene 32 años y era profesor. Dejó la docencia hace tres años «porque no rendía el salario». Su familia ha vivido en el Camino de Los Españoles toda la vida pero él prefería la urbe: «La ciudad me absorbió».

Dice que nunca ha comido un enlatado (dice que es en serio), y que jamás ha pagado un refresco con su propia plata, por su propia voluntad, así, porque le apeteciera beberse una gaseosa llena de azúcar refinado en el país donde no existe el almuerzo sin edulcorantes industriales y el agua potable es cuatro veces más cara y difícil de conseguir.

Idiosincrasias caribeñas. Echa la culpa a su educación: abuelos agricultores, madre naturista. Sin embargo, como cualquier joven venezolano que es joven en la época de la abundancia petrolera bolivariana, pasó sus años locos en la ciudad. Ahora no. A Caracas baja lo mínimo.

En el supermercado casi no compra. Cultiva calabacín, berenjena, limones, remolacha, tomates y quiere traer conejos. Lo que no tiene lo cambia por sus verduras y hortalizas. «La crisis me ha venido bien a mí y a mucha gente. Aquí nos estábamos matando por la alimentación».

El caso de Marisela es diferente. Tiene 54 años, un hijo de diez, Dieguito. El padre del niño hace un año que está en Perú trabajando de zapatero y envía lo que puede. Marisela trabaja limpiando casas, aquí y allá, y es una artista del reinvento y la supervivencia. En Venezuela se come lo que se puede con lo que se tiene pero hace tiempo que eso no importa tanto.

Ese día, Marisela está preparando el almuerzo. «Arepas de yuca y nuggets de lentejas». La arepa es la comida más tradicional del país y la base no es yuca, es harina de maíz. La harina de maíz precocida ocupaba en 2014 el primer rubro en intención de compra de las familias venezolanas según la Encuesta Sobre Condiciones de Vida Venezuela (Encovi).

En 2018, según datos de la misma encuestadora, su compra se redujo drásticamente hasta diez puntos (del Gobierno no hay números). La crisis provocó dos cosas: su desaparición de los mercados y su posterior reaparición a precios imposibles marcados por la hiperinflación que sufre el país.

Pero la yuca es un tubérculo fácil de conseguir y barato. «Ahora cocino con lo que tengo. Una vecina me habló de las arepas de yuca y yo me las inventé a mi manera. A veces les hecho un poco de plátano verde o de zanahoria. Y quedan bien ricas», dice Marisela. El relleno es el mismo: queso, atún, jamón. Al gusto. Más barato, mejor. Si hay mantequilla, también se come. Si no, no.

Los nuggets de lentejas también son una novedad. Los de siempre eran los de pollo o carne. Pero Marisela compra carne cuando puede y las lentejas abundan: son baratas y además vienen en el CLAP. Todo el mundo come lentejas.

«La primera vez que hice los nuggets de lentejas Dieguito se los comió pensando que eran de carne. Y le gustaron. Y así consigo que coma lentejas que sobran en casa por la caja (el CLAP) y son más saludables».

Marisela dice de sí misma que es «echada pa’lante y positiva», y que alguna vez esta crisis tiene que pasar. Mientras termina de preparar el almuerzo habla de otras recetas que le han pasado sus vecinas pero que todavía no ha hecho: panqueques de pasta será lo próximo. «Dicen que saben igualitos».

La otra cara de la producción local y del cambio de costumbres alimenticias de los venezolanos está en los patios traseros de algunas casas de Caracas, como la de Giselle, una bióloga de 36 años. Su hijo Leo nació con discapacidad y empezó a quedarse más tiempo en casa para atenderle.

Después, la crisis, las guarimbas, la dificultad para encontrar alimentos, su falta de tiempo, derivó en un huerto urbano cada vez más grande donde cultiva más de quince rubros. «La agricultura urbana puede ser parte de una solución», sostiene, «no toda, pero cumple una función vital, sobre todo ahora que el pueblo necesita organizarse. Hay apagones, falta el agua, vivimos bajo asedio».

Giselle también participa en la Feria Conuquera a comienzos de cada mes: «Tratamos de promocionar el cambio de dieta. Allí no se vende nada que lleve trigo, por ejemplo, porque el trigo no es originario de aquí. Enseñamos a la gente que no tiene que sufrir porque no haya trigo. Hay otras alternativas».

Giselle se levanta cuando llega la hora de preparar las medicinas de Leo. Ofrece café que suena en la cocina y enseña orgullosa su última adquisición de agricultora urbana: un lombricario para hacer fertilizante natural. Entre risas cuenta como su vecina, una vieja a la que no le gustan las plantas ni los agricultores, le cortó una mata de caraotas. A bocajarro, con premeditación y alevosía. Ahora esconde casi todo, no vaya a ser que la vieja… Lo esconde o lo cambia de lugar. Casi todo, menos los olores a tomillo o resiliencia.

Esther Yáñez Illescas

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