Cómo la religión nos aleja del paraíso

Con desconcierto encuentro la reacción de la gente que ante cualquier posición ideológica adversaria a la suya transgrede los cimientos de sus convicciones.

Una de ellas, quizá las más controversial que he tenido que afrontar ante toda clase de creyentes, es mi condición de ateo, no creyente, falto de fe, o sencillamente Satanás.

Debo admitir que me encuentro dentro del confiable espectro de personalidades a las que le resulta muy difícil idealizar la obra de algún poeta, músico, pintor. Tantos de ellos que a lo largo de la historia han revestido la moral con nuevas y menos sofisticadas investiduras. De la misma manera en que Cristo liberó y subsanó a su generación, lo hizo Foucault, Sartre, Mallarmé. A ninguno de ellos un altarcillo idílico en la esquina de mi sala de estar, salvo la biblioteca donde conservo, con algo menos que adulación, a los tres franceses.

De manera que para conservar mi honorabilidad ante creyentes asiduos me he visto en la obligación de evadir temas que contienen tintes religiosos (está claro que un tema religioso fuera de un aula de clase es un asunto exclusivamente católico). Con frases como “ya vuelvo”, “voy al baño” y “voy a fumar” he evitado tener que decir el tan deplorable y el tan inconfesable: “soy ateo”.

Sin embargo, tuve ocasión de salir del clóset religioso en el que mi convicción me tuvo encerrado ante cándidas ancianas de cabezas blancas y dulces voces, familiares de mi compañera, que se reunían los jueves a rezar proféticamente el rosario, hace ya largos años, cuando me convidaron acompañarlas en su cadena oración. Ante mi negativa, y el paroxismo irremediable producto de mi respuesta, se me vaticinó por parte de las entrañables ancianas mi terrible epitafio, posteriormente cuando mi compañera ya estuvo lista y se encontraba menos sensual con pintura en el rostro, fui despedido como un perro enfermo a quien le quedaban pocos días de vida, llevando un cuadernillo en la mano que decía Rosario para todos los días. Naturalmente abandoné el recinto envuelto en llamas y sopor, pero con la honorabilidad intacta.

He repetido el ejercicio en varias ocasiones y con el pasar de los años me he topado con diversos emisarios que, a juzgar por su comportamiento, desconocen cabalmente la connotación de la palabra tolerancia, al igual que la idea de respeto a la libertad de culto, incluso, muchos de ellos, la urbanidad de Carreño. Sin embargo, nunca, escúchese bien, nunca había resquebrajado una ilusión como aquella tarde con las tías de mi compañera, así que con los demás pan comido.

Creo que es posible humanizar a la sociedad a partir de promoción de nuestros valores, creo en la bondad de la gente para con el prójimo, en las relaciones que se puedan formar sin preguntar clero, raza, estatus social… en fin, en las positivas relaciones humanas caritativas por antonomasia.

Creo que en el afán de habitar el paraíso después de muertos hemos hecho un tártaro en tierra. No creo en la vida eterna y la resurrección de los muertos, es ya y es ahora.

Gyan Martin Manco Escobar

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