Cuando el hambre no da opción, bachaquear es la solución

Crónica desde Colombia

Cuando la plata no alcanza y la necesidad aprieta, muchos venezolanos se le miden a esta opción: ilegalmente llevan de un país a otro productos que pueden ser lucrativos.

Bajo un sol que pica hasta al más bravo, Belén y Andrés (“Ojitos”) tuvieron que soportar las dificultades que trae consigo una de las actividades más peligrosas, pero poco conocidas: el bachaqueo. Esta modalidad de trabajo consiste en pasar productos de manera ilegal entre Venezuela y Colombia. En este proceso “se burla a las autoridades fronterizas de dichos países”, así lo expresa más de un contrabandista para referirse a su quehacer.

La forma como me encontré a “Ojitos”, quien bachaqueó durante 5 meses, desde diciembre del 2016 hasta abril del 2017, fue irónica. Esperaba a una amiga afuera de un reconocido centro comercial de Cúcuta, donde grupos de venezolanos llegaban a Colombia en busca de unos cuantos “pesos” para poder enviarles dinero a sus familiares, tal cual decía una joven de aproximadamente 18 años, con piel morena y un cabello color negro que le llegaba hasta la cintura. Mientras estas personas hacen lo que sea con tal de sobrevivir y poder ayudar a sus parientes, individuos semejantes al ya mencionado sacan los alimentos de Venezuela que, como bien se sabe, se encuentra en una crisis económica, política y alimentaria.

La crisis lleva alrededor de dos años e inició con la serie de normas impuestas por Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. En cifras, diariamente 25.000 de personas con nacionalidad venezolana cruzan la frontera colombovenezolana, según Migración Colombia. Además de ello, Christian Krüger, director de dicha entidad pública, dijo“…prefieren trabajar en Colombia porque con lo producido de 3 o 4 días pueden vivir cómodamente durante aproximadamente un mes”.

Era tal el deseo por ver a esa hermana de otra madre, como solíamos decirnos, que llegué una hora antes, haciendo cuentas flojas. Entré y salí del centro comercial diez veces a mirar si ya había llegado, también subí y bajé escaleras eléctricas como un niño rebelde. Ella no llegaba y fue en ese instante como por obra del destino donde me encontré con Andrés. Este esperaba transporte, mientras yo estaba sentado escuchando la conversación ya mencionada. Chocamos los puños, le comenté lo sucedido y este me hizo compañía. Mientras esperaba, intercambiábamos opiniones sobre lo que yo había escuchado, luego de que mi amiga llamara para disculparse por no poder ir. Cogimos transporte y fue allí donde surgió el tema del bachaqueo.

En fin, “Ojitos” es un conocido de mi vecindario y a quien con mucha confianza abordé, sin mediar muchas palabras le comenté sobre este escrito. En cuanto a la autenticidad de su testimonio no puedo dar evidencia alguna, como varios manuales de periodismo plantean, una vez apagada la grabadora de audio, el entrevistado se siente más dispuesto a hablar sobre el tema a tratar y este caso no fue la excepción. En cuanto puse el único dispositivo electrónico que portaba, mi celular, a la altura de sus ojos y a una distancia no tan lejana como para que pudiera confirmar que no lo grabaría a escondidas, ni tan cercana porque le faltaría el respeto y podría ganarme un puño o un insulto, podían ser ambas, guardé el móvil en el bolsillo trasero de mi pantalón mientras lo escuchaba atentamente.

Él ha bachaqueado de dos formas: pasando por una trocha o por el Puente Internacional Simón Bolívar. Esta es su historia:

La primera vez que trabajé, llegué a las seis de la mañana a La Finca, ubicada en Táchira, Venezuela. Este es es un lugar pacífico cuya ubicación me veo obligado a no mencionar, ni siquiera su aspecto, lo que sí puedo decir es que allí era donde los bachaqueros cargábamos lo que se tenía guardado. Horas antes había desayunado y alistado como quien va a laborar normalmente. Esperé a que alguien me llamara para que le pasara un bulto con mercancía, pesaba alrededor de 70 kilos, debía transportarlo por una trocha compuesta por varias curvas, de cuatro kilómetros de largo (esta distancia equivale a lo que hay de San Luis a Motilones, barrios ubicados en las dos puntas de Cúcuta), con diferentes terrenos que van desde tierra árida hasta monte y aguas negras.

Recuerdo que eran salsas de tomate de medio litro, las cuales hacen incómodo el trayecto porque venían en botellas de vidrio. Por la forma del envase, me lastimaría la espalda. Para guiarme me le pegué a un man (hombre) negro con una contextura física parecida a la de Mario Baracus de Los Magníficos, me impresioné cuando afirmó que cargaba 5 bultos por día y no paraba hasta llegar al río Táchira, a media hora del punto de partida para no descansar hasta entregar. Nosotros fuimos y él por ser más viejo en esto llevaba la delantera. Yo caminaba un metro y este iba a dos de ventaja, no podía quedármele atrás. Como estuve en el Ejército colombiano hice de cuenta que portaba mi bolso de campaña y me encontraba haciendo caminatas por la selva como un buen soldado contraguerrilla.

En una parte tuvimos que pasar por dos tubos que abastecen de agua a las fincas de la zona, cada uno es igual de ancho a 3 tabletas para piso y cumplen la función de puente. A 4 metros por debajo de dicha estructura hay un caño, allí mi miedo era tener que pagar la mercancía, si se caía se rompían todas o parte de las botellas. El negro sí pasó relajado, mientras yo opté por cruzar de a caja (en cada una caben 24 salsas y el costal tenía 4). De ahí en adelante el camino fue fastidioso por el sol, por la sequedad del suelo comprobé lo fuerte que en aquella zona irradiaba el Astro Rey.

Luego de hora y media de caminata, salimos a Boconó, Colombia, y recibí la paga: 150.000 bolívares. Según se cotice dicha moneda se sabe si el trabajo valió la pena. Las salsas y el jabón son los productos por los que cobramos más caro debido a la incomodidad y preocupación de que no se caigan y dañen.

En este punto de la historia fue impresionante apreciar la forma en que “Ojitos” se apropió del tema, realizaba comparaciones como la de la altura del caño con la de la buseta donde íbamos. Su mirada reflejaba lo difícil que es cumplir a cabalidad lo exigido en esta actividad.

Pero esto no es todo, todavía hace falta una modalidad de bachaqueo: por la frontera, sobre la cual “Ojitos” dijo lo siguiente:

Cruzar por la frontera es más relajado, me despertaba como de costumbre e iba con 2 camisas y una gorra, a veces un par, cruzaba en una bicicleta pequeña de hacer BMX. El horario era desde las 8 am hasta las 12 pm. Siempre me hacía 5 viajes, cada uno con menos de 2 kilos de carne y 2.5 de queso en barra, para poder meterla en un bolso Totto colegial y pasar desapercibido. Por lo general, le aumentaba entre 3000 y 5000 pesos a cada producto respectivamente. Esta modalidad da más plata porque si bachaqueo 25 veces de lunes a viernes me hago mucho más que trabajando por la trocha, además los productos se los vendo a un tío tendero.

Para que la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y la DIAN (Dirección de Impuestos y Aduana Nacional) no me marcaran iba, “jodía” un rato y me cambiaba de camisa y gorra o pasaba sin esta. Ya en suelo colombiano le daba la mercancía a guardar a un amigo que cambia bolívares. Si hubiera hecho todos los viajes en la mañana no me hubiera tardado más de una hora, pero la ley sospecharía y perdería o me tocaría pagarles. Los primeros piden poco, unos 500 pesos, 2000 bolívares, pero con los segundos (la autoridad colombiana) es peor porque si descubren la mercancía toca “darles para la gaseosa en pesos”. Sé que pude ir preso, pero era trabajar o quedarme sentado y no tener ni para un tinto.

Respecto a ello, la Cámara de Representantes colombiana aprobó en junio del 2015 el proyecto de ley anticontrabando. Este estipula que la persona sorprendida bachaqueando podría pasar hasta 16 años tras las rejas, según el monto de la mercancía incautada.

Actualmente, “Ojitos” labora como guarda de seguridad, vio una mejor oferta de trabajo menos riesgosa y agotadora. Sin embargo, no se arrepiente de haber bachaqueado porque con esa práctica pudo sobrevivir durante un buen tiempo.

Ahora, a quien llamaremos “Blue”, que colaboró en este documento con la condición de que su identidad fuera ocultada, contó el modo en el que ella cruza mercancía:

Yo paso lo que consiga: mantequilla, mayonesa, salsa de tomate, jabones; todo eso lo cruzo luego de pagar un carné, lo pago mensualmente y si no estoy pendiente de cuando este se vence me sacan una multa que puede llegar a los $200.000, más la incautación de la mercancía, no interesa si uno les dice “se me pasó la fecha de vencimiento”. Este punto del diálogo tuvo lugar bajo un árbol que nos protegió del fuerte sol que parecía recordarle a “Blue” lo sucedido.

Nosotros con el permiso podemos mandar los productos con los carretilleros (personas que se dedican a cruzar diversas cosas, desde maletas hasta alimentos; lo hacen bien sea utilizando una carretilla para cilindros de gas natural o de construcción) para que ellos carguen “frenteado” (directamente por la frontera), dijo con una sonrisa, lo que no pueden llevar los cargueros se pasa en unos pequeños bolsos, él puede con unos cinco.

Cuando la mercancía excede ese tamaño toca pasar con las cosas en bolsas de tienda, uno se relaja y pasa, inclusive llega a relajarse como para darle las buenas tardes a los de la DIAN; la GNB ya lo conoce a uno y se negocia con ellos. Para agilizar el paso utilizo una maleta pequeña, con el tamaño suficiente como para montar unas diez botellas de mayonesa.

Solamente yo no bachaqueo, somos cantidades de personas las que trabajamos así porque es la única manera de ganarnos la vida; hemos salido a buscar empleo y no nos contratan. Para confirmar ello, en septiembre del presente año Cúcuta se posicionó como la ciudad con mayor desempleo del país: 15,3%, un 4,7% más en comparación con febrero del año anterior: 10,5%, según lo reveló en diario La Opinión.

Cuando le pregunté sobre los riesgos, ella respondió: “no lo voy a negar, uno arriesga la vida, ejemplo de ello son las personas que han aparecido muertas en la trocha, cuatro en total si no estoy mal”.

Ella actualmente espera a que la situación mejore, al parecer teme por su vida y más con las últimas noticias sobre la frontera.

Contrario a ellos, Belén, madre cabeza de hogar, pasa la carne con la que se nutrirán ella y su familia: 2 jóvenes y una niña. Esto lo hace con tal de “estirar” los 150.000 pesos que su marido le envía semanalmente desde un pueblo del Norte de Santander, producto de su trabajo como obrero.

Él hace parte de la gran cantidad de colombianos que trabajan por un salario mínimo (737,117.00 pesos), el cual no le da abasto para mantener dos hogares: tanto en Cúcuta como en el pueblo donde actualmente reside, además de un aumento de 0,3% en el Impuesto de Valor Agregado (IVA).

Belén relató cómo es un día en el cual bachaquea. Despierto a las 5 am, luego de despachar a mi hija de 13 años para que vaya al colegio, cojo los bolívares que me sobraron de la última vez que fui. Si no hay lo suficiente, llevo pesos para cambiar en la frontera. Ya a las 6:30 am llego y aprovecho que es la hora donde menos requisas hacen.

Inicio mi labor luego de bajarme de la buseta en El Escobal. Llevo el bolso que era de mi hija, una blusa extra y una chaqueta color azul con blanco, que alguna vez fue la “camisa” de promoción de mi hijo mayor; la cual utilizo para protegerme del solazo que me azota debido a la falta de sombra en lo que parece un malecón en día de ciclovía. Después paso los 400 metros de extensión que debe tener ese puente. Ya lejos del puesto de control de la DIAN, hago fila para presentarle mi cédula de ciudadanía al guardia venezolano de turno, no importa si se es colombiano o venezolano, uno puede ingresar a Venezuela sin ningún problema.

Ya en Ureña me dirijo a los lugares donde las cosas son más baratas. La paga es normal, como en cualquier tienda, pero con bolívares. Meto las “pacas” con carne en el bolso, para que en caso de que me abran el morral no las vean, tapo las cosas con la blusa de más que traje, para eso la lleve, ja, ja, ja, ja, ja… Así en menos de dos horas ahorro por lo menos unos $10.000.

El miedo de esto no radica en que me decomisen la carne para asar, sino caer presa en una cárcel venezolana. No puedo llevar más de dos kilos porque se dan cuenta, tanto la Guardia como la DIAN.

Uno lo hace por necesidad, en Colombia un kilo de carne cuesta casi el triple que en Ureña y, peor, puede que sea bachaqueada.

En cifras, el 67% de las personas que diariamente cruzan la frontera entre Colombia y Venezuela son colombianos, sin saber qué cantidad de personas lleva mercancía de contrabando. Esta información la arrojó un estudio desarrollado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Según una señora que me encontré mientras pasaba, hasta pasar una libra de carne es difícil porque la quitan, además los soldados de Venezuela no dejan trabajar a la Guardia Nacional Venezolana, al Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat), ni a la DIAN, por lo que se debe esperar hasta las 10:00 pm cuando cierran la frontera para por fin cruzar de Venezuela a Colombia (estas personas trabajan desde la 1:00 pm hasta las 10:00 pm). Estas personas lo hacen porque prefieren ahorrarse unos pesos de forma honesta que ir a delinquir.

Mientras ella relataba, podía ver cómo las manchas producidas por el sol contrastaban con su moreno rostro, que denotaba la berraquera con la cual, igual que una leona, va a cazar para traer el sustento de sus crías. Sé todo esto porque ella es mi madre y desde hace meses la he visto bachaquear.

Kevin Javier Beltrán León

 

 

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