Día del Padre: ¿algo que celebrar?

Los orígenes del Día del Padre se remontan a inicios del siglo pasado. Su inesperado origen se llevó a cabo en un YMCA  – que no son espacios de diversión para la comunidad sexualmente diversa como podría sugerirlo la clásica canción de Village People, sino espacios recreativos para juventudes cristianas–  en la ciudad de Spokane que se encuentra al este del estado de Washington.

Sonora Smart Dodd

La idea de crear un día con el fin de conmemorar a los padres estadounidenses vino a la mente de una mujer de nombre y personalidad peculiar: Sonora Smart Dodd. Según cuenta la leyenda, esta agradecida hija de un veterano de la Guerra de Secesión se encontraba sumergida en los placeres de una misa cristiana pensando en el recién fundado Día de las Madres cuando a su mente vino la idea de llevar a cabo un homenaje a todos los padres que, como el suyo, habían hecho un sacrificio por sus hijos.

Debido al gran afecto que tuvo por el hombre que la crió, ella pidió a la Ministerial Alliance de Spokane que su cumpleaños quedara fijado como el día en el que se rendiría honor a todos los hombres como él. Sin embargo, la alianza preferiría establecer arbitrariamente que esta celebración se llevaría a cabo el tercer domingo de junio, como se sigue haciendo hoy día.

Pronto, este evento ganaría popularidad hasta convertirse en una tendencia a través de Estados Unidos, al grado que en 1916, el presidente Woodrow Wilson escribiría una carta de agradecimiento para Smart Dodd por el servicio que hizo a la comunidad estadounidense por establecer esa tradición. A pesar de que a lo largo de los años la popularidad del Día del Padre se disiparía, este se volvería una celebración oficial ya para la década de los sesenta.

Asimismo, esta tendencia pasaría a ser adoptada por los países de América Latina. Hoy día, esta fecha ha pasado a convertirse en un día de convivencia obligada entre padres e hijos. Siguiendo el espíritu de Smart, rendimos homenaje a nuestros progenitores por su labor, pero queda en duda qué es en lo que en realidad estamos agradeciendo.

El Día del Padre, al igual que muchas otras festividades, es utilizado hoy día como una fecha emblemática para las campañas publicitarias. Las ciudades se llenan de campañas por todos los medios donde generalmente aparece un hombre joven vestido de forma impecable acompañado por sus hijos acicalados con ostentosos atuendos. Los personajes escogidos no interactúan de ninguna forma –de hecho, incluso parecen estar distanciados–  y la relación que existe entre ambos solo se revela hasta que se lee el slogan: “Papá lo merece todo”. A continuación aparece una coletilla indicándonos donde podemos conseguir el regalo apropiado.

La idea a la que apela este mensaje es muy clara: el bienestar económico que el padre ha brindado a su familia es tan claro que debería de obtener un premio. Este fenómeno, naturalmente, no es sino un reflejo del modelo de paternidad que prevalece en nuestros días, en el que el jefe de familia es concebido primordialmente como un proveedor.

Que una campaña de una tienda departamental haga uso de este arquetipo no es algo digno de sorpresa; a fin de cuentas no es más que una técnica de mercado para la que resulta conveniente que este tipo de concepciones prevalezcan en nuestro inconsciente porque estas resultan provechosas para el sistema bajo el que operan. Sin embargo, no puede pasarse por alto que estas concepciones son absolutamente arbitrarias y que, en realidad, ser padre consiste en algo mucho más complejo que simplemente establecer el pilar económico de una familia.

Antes del siglo XVIII, un padre de familia promedio cumplía con dos funciones fundamentales: traer alimento al hogar, dar una educación moral a sus hijos o incluso enseñarles su oficio. Sería hasta la llegada de la Revolución Industrial que este modelo de familia se transformaría de manera viciosa.

Con la aparición de las fábricas, la separación entre el hombre y el hogar se volvió tajante, pues estas a menudo se encontraban en lugares alejados de donde residían. Así pues, el aspecto afectivo y humanitario de los padres quedó relegado a un segundo plano. El capitalismo construyó su propio concepto de paternidad de acuerdo al ritmo de la producción masiva: así, redujo el rol del padre solamente al campo de lo económico. Este es el concepto que hemos heredado y que impera en nuestros inconscientes hasta el día de hoy.

El modelo de paternidad que la sociedad capitalista alimentó ha determinado en gran medida las concepciones que nuestra sociedad tiene de lo que significa ser hombre: trabajo y represión emocional. Mientras más entra el hombre dentro del papel de proveedor que le ha asignado la sociedad en la que está inmerso, más provechoso es para el sistema del capital. Por eso, este modelo de relación sigue vivo en nuestra sociedad actual. Esto ha tenido un claro influjo sobre la forma en que se relacionan padres e hijos, creando vínculos emocionales débiles y manteniendo siempre distancia entre sí.

Con el paso de la edad moderna, el modelo de familia capitalista ha mutado de varias maneras a lo largo de las últimas décadas. Naturalmente esto proviene de diversos factores: la revolución de los géneros, el boom de los divorcios, y el escepticismo generalizado en torno a los modelos “tradicionales” de familia. Además, cada vez son más los casos de padres que se dedican a las tareas del hogar y el crecimiento del internet ha incrementado una gran cantidad de empleos que se pueden ejercer desde la casa.

No obstante, es claro que la mayor parte de la sociedad sigue rigiéndose por la pauta impuesta por el capitalismo. De hecho, un estudio reciente incluso reveló que la mayor parte de los padres millennial –una generación conocida por mostrar su repudio ante las instituciones y los valores de la sociedad moderna–  mantiene este modo de vida en las familias que apenas están engendrando.

El impacto que tiene dentro de nuestra vida cotidiana y el esquema de familia que seguimos hoy día no es sino un reflejo del orden económico al que estamos sujetos. En ese sentido, la figura de un padre -proveedor es un gran soporte para que una familia subsista, no obstante, esto no significa que prospere. El bienestar no solo se construye de factores económicos, sino también humanos. Ser un proveedor en el mundo que vivimos el día de hoy es un sacrificio, y sí, es algo que debe de celebrarse. No obstante, una pregunta quedará siempre en el aire: ¿en verdad es necesario ese sacrificio?

 

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