EEUU y América Latina: relaciones en la era Trump

Bastó un año con el magnate en el poder para que Washington sintiera recelo y apatía hacia este lado del mundo, algo que, según expertos, era inédito en tiempos modernos.

El nuevo orden mundial, creado y liderado por Estados Unidos tras la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial de 1945, buscó desde sus inicios mantener la paz y la prosperidad por medio de la cooperación multilateral y la promoción de la libertad, tanto política como económica. La esencia del nuevo sistema era el comercio mundial. Se trataba de lograr el aumento de los flujos de bienes y servicios entre países mediante el descenso de las barreras fronterizas y la estabilidad de los tipos de cambio entre divisas. Para tal fin fueron creados el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, y los acuerdos sobre reducción de aranceles que dieron lugar a la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Pero desde que en 1823 el presidente estadounidense James Monroe declarase ante el Congreso de ese país que el continente americano quedaba fuera del ámbito colonizador de los poderes europeos, hasta que Barack Obama anunciase el fin de la intervención de su país en los asuntos de América Latina, en la Cumbre de las Américas de 2015, la relación del continente con los sucesivos presidentes de EEUU ha pasado por diferentes fases que han sido clave para su desarrollo político, económico y social. Esta proclama fue la que dio inicio a una política agresiva por parte de los Estados Unidos hacia los países del cono sur, llamada la Doctrina Monroe, que básicamente lo que busca es la subyugación total de las naciones latinoamericanas en favor de los intereses globales del poderoso vecino del norte.

La incertidumbre que provocó la victoria de Donald Trump al proclamarse presidente de Estados Unidos en noviembre de 2016 se dejó notar en todo el mundo, pero en ningún lugar se temieron más las réplicas del terremoto político que supuso la llegada de Trump al poder como en América Latina. La falta de concreción de la administración Trump en su programa de política exterior tiene a gran parte del globo expectante sobre sus próximos pasos. El resto de las potencias esperan las decisiones estratégicas del inquilino de la Casa Blanca para aprovechar nuevas oportunidades o vacíos de poder donde Estados Unidos alguna vez llevó la delantera.

Estados Unidos ha perdido en los últimos años su papel como actor de mayor influencia en América Latina. De la energía a la inmigración, pasando por el narcotráfico y el crimen organizado, Washington precisa un nuevo marco para sus relaciones intra continentales. Mucho se ha escrito sobre los efectos que tendrá para América Latina la nueva administración de los Estados Unidos. Por el momento, lo que hemos visto es un aumento de la incertidumbre, en un escenario internacional ya de por sí incierto y volátil. En lo económico, el mundo no acaba de recuperarse de la crisis de 2008-2009. Los niveles de crecimiento en lo que va de esta década han sido los más bajos en los últimos setenta años. El comercio mundial se encuentra estancado y ha crecido por debajo del Producto Interno Bruto (PIB) de los últimos cinco años, revirtiendo una tendencia histórica y planteando la pregunta de cuál será el motor del desarrollo en el futuro.

América Latina se enfrenta hoy a una combinación de desafíos internos y externos que demandan pensamiento estratégico y acción coordinada. Los cambios en el entorno global obligan a nuestros países a buscar alternativas para dinamizar su crecimiento, transformar su estructura productiva, diversificar sus mercados, y estimular la demanda doméstica, sin dejar de atender los retos sociales. La región puede convertir esta coyuntura en oportunidad, si aprovecha el momento para realizar las reformas pendientes, profundizar su integración regional, y estrechar sus alianzas con socios en el Atlántico y el Pacífico.

Muchos países latinoamericanos son muy vulnerables a posibles virajes en la política comercial estadounidense: todos los países de Centroamérica y República Dominicana destinan a Estados Unidos más de 40% de sus exportaciones. México destina más de 80%. Los países centroamericanos son también dependientes de las remesas provenientes del exterior, que representan el 18% del PIB de Honduras, el 16,6% del PIB de El Salvador y el 10,3% del PIB de Guatemala (frente a apenas un 2,3% en México).

Bastó un año de presidencia de Donald Trump en Estados Unidos para alcanzar un grado de recelo y apatía en la relación de Washington con América Latina que, según expertos, era inédito en tiempos modernos. La cuestión no son tan solo los reportes de que Trump se refirió a naciones de Centroamérica y el Caribe como “países de mierda”, o sus decisiones de quitar el amparo contra la deportación a cientos de miles de inmigrantes latinos en EEUU. Tampoco se trata apenas de la política comercial de Trump, que renunció al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) con países latinoamericanos y asiáticos, y puso en jaque al tratado Nafta de libre comercio entre EEUU, México y Canadá. Ni siquiera es exclusivamente la insistencia de Trump en construir un muro a lo largo de la frontera con México, país al que calificó días atrás como el “más peligroso del mundo” aunque los propios datos oficiales de Washington señalen que eso es falso.

Lo que ha abierto un panorama desconocido en las relaciones hemisféricas es la combinación simultánea de esos y otros factores, como que Trump siga sin designar al equipo del Departamento de Estado para los asuntos de Latinoamérica. Una de las decisiones más controvertidas en la administración del derechista Trump ha sido sin duda, la criticada idea de construir un imponente muro fronterizo entre las delimitaciones de México y el propio Estados Unidos, lo cual deja en evidencia la hostilidad del Gobierno estadounidense hacia toda forma de inmigración especialmente si proviene del sur de América.

Las alegres pinturas de flores que adornan los altos postes metálicos del cerco fronterizo de Tijuana, que separa a México de Estados Unidos, se contraponen a la tristeza de las familias mexicanas allí reunidas. Entre susurros comparten lágrimas y bromas con sus parientes del otro lado, en San Diego. Muchos de ellos han estado separados de sus familiares desde hace años. Otros fueron deportados a México tras haber vivido en el vecino país del norte durante décadas sin autorización. Dejaron atrás a sus hijos, cónyuges, hermanos y padres.

Las drogas y los trabajadores indocumentados hallarán la forma de cruzar cualquier tipo de barrera que construya el gobierno. Un muro de esas características no detendrá a quienes terminan como inmigrantes indocumentados por haberse quedado en el país una vez vencidas sus visas, cuyo número supera ampliamente al de los que revisten esa condición por haber atravesado la frontera con México. El muro tampoco mejorará la situación de seguridad en Estados Unidos. Así será el muro que el presidente Donald Trump ha prometido construir a lo largo de la frontera. Sin embargo, independientemente de su altura o espesor, el flujo de ilegales lo atravesará.

No tiene un proyecto

Quizá el principal gesto de acercamiento de Trump hacia Latinoamérica en su primer año de gobierno fue una cena que ofreció a los presidentes de Brasil, Colombia y Panamá, y a la vicepresidenta de Argentina, en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas en septiembre en Nueva York. Pero tampoco esa reunión transcurrió en carriles normales. Trump expresó allí su asombro por el rechazo de la región a la “opción militar” en Venezuela, que él mismo había mencionado antes públicamente; preguntó a los líderes presentes si estaban seguros al respecto, y los sorprendió por su desinformación en temas regionales, de acuerdo al sitio de información político.

Desde la Casa Blanca, Trump ha incrementado las sanciones económicas contra altos funcionarios de Venezuela e impuso por primera vez sanciones financieras al gobierno de Nicolás Maduro, al que califica de “dictadura”. Pero Trump ha evitado hasta ahora lo que sería un golpe mucho más severo para Maduro: aplicar un embargo petrolero a Venezuela, como han sugerido el presidente argentino, Mauricio Macri, y el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro.

Por otro lado, Trump revirtió el deshielo entre EEUU y Cuba iniciado por su antecesor Barack Obama tras medio siglo de hostilidades, en reacción a lo que Washington calificó como “ataques” de origen desconocido a varios de sus diplomáticos en la isla, que sufrieron mareos, pérdida auditiva y otros trastornos. Pero los analistas observan todo esto como respuestas puntuales de la Casa Blanca a ciertos problemas, sin una política clara y previsible detrás, guiadas por la idea de Trump de poner siempre a “Estados Unidos primero” en sus decisiones.

Panorama desalentador

El actual presidente Trump, ha recibido desde la infancia una educación calvinista, que se refleja en su obsesión permanente por ganar a toda costa en todas las facetas de la vida. Y el comercio internacional es un área de máxima relevancia. El presente parece regresar a 1929 con Hoover, o más allá. Para Trump, una balanza comercial negativa con alguna nación representa simple y llanamente no ganar. En su visión darwinista y sombría del mundo, el comercio consiste en un juego de suma cero en el que si uno exporta más de lo que importa desde un determinado país, entonces gana y el otro pierde.

Se resiste a entender la complejidad de la visión de conjunto del mercado global, o la diversidad de causas que provocan los déficits de Estados Unidos. Parece que ha revisado la lista de naciones con las que Estados Unidos mantiene los mayores déficits comerciales y ha podido comprobar que tras China, Japón y Alemania, les sigue muy de cerca México y que en la lista no hay otro país latinoamericano en un puesto destacado salvo Venezuela, que ocupa el duodécimo lugar. Esta es quizá la razón por la que Trump ha elegido a México como objeto de sus iras. Y dado que se encuentran tan cerca, obstruyendo su camino hacia el “destino manifiesto”, la mejor esperanza para México reside en que los asesores moderados de Washington, logren reconducir finalmente la postura del Presidente. O, mejor aún, que Estados Unidos recupere su alma fundacional.

¿Recuperará EEUU su espíritu fundacional de liderazgo en el orden mundial? ¿Influirá en las elecciones europeas y del resto del mundo la irrupción de un populista en el Gobierno estadounidense? ¿Cómo cambiará la administración Trump el equilibrio de fuerzas en América Latina? ¿Acabarán las precariedades sociales de los países latinoamericanos gracias a la amenaza de no prolongación del TLCAN? ¿Encontrará Latinoamérica alternativas para dinamizar su crecimiento, transformar su estructura productiva, etc. sin dejar de lado los retos sociales? ¿Quién pagará el precio de la nueva política en torno a “Hacer a América grande otra vez”? ¿La nueva situación traerá el despertar de una sociedad pasiva? Estos son algunos de las fascinantes interrogantes que nos deja como reflexión el tumultuoso periodo presidencial del extremista Donald Trump.

Daniel González Monery

 

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