El 23 de enero y la insurgencia cívico militar

A mediados de 1956, cuando los principales dirigentes del Partido Comunista y de Acción Democrática, o estaban en la clandestinidad, presos, en el exilio o muertos, parecía eternizarse el régimen dictatorial, y así trascurrió el tiempo, hasta que a mediados de 1957, confluyeron casi simultáneamente, sin conocerse entre sí, dos importantes vertientes de la resistencia a la dictadura, la Junta Patriótica, con representantes del Partido Comunista, de Acción Democrática, Copei, Unión Republicana Democrática, y el grupo conspirativo de la Fuerza Armada que insurgió el 1ro. de enero de 1958.

La dictadura adoptó medidas que suponía tener suficiente fuerza para doblegar cualquiera que fuese la resistencia. En lo político, adoptaron un plebiscito para contestar “si” o “no”, para que el votante contestase si estaba de acuerdo con la obra ejecutada y, en consecuencia, elegir al general Pérez Jiménez por un nuevo periodo de cinco años. Si torpe fue el plebiscito, de condena fue la humillación inferida a todas las unidades de tropa cuando, demostrando profunda desconfianza hacia la Institución Militar, a principios de diciembre fue enviada una comisión del Servicio de Armamento que, con el pretexto de renovar la vigencia del uso de la munición, dejaban 30 proyectiles por soldado, para sustituirla por munición nueva. Nos quedamos esperando. Si en el Ejército fue una medida grave, en la Aviación y en la Marina fue peor, por cuanto a los proyectiles de artillería les quitaron las espoletas. El material decomisado fue llevado a depósitos lejos de las guarniciones. Y así trascurrieron días y semanas de creciente disgusto y agitación, acrecentado con la rebelión del 1ro. de enero de 1958.

En la Marina, donde existía una fuerte oposición a la dictadura, de lo cual el Presidente estaba enterado, fue creciente el disgusto luego de que unos diez oficiales de los diversos buques fueron apresados. Fue por ello que, ante la creciente agitación que hacía temer un violento desenlace, y la desconfianza que lo carcomía, el general Pérez confíó una delicada misión a quien él tenía la mayor confianza para desarmar a la Marina, incluyendo a la Escuela Naval. Fue así como el general Luis Felipe Llovera Páez bajó a La Guaira con dos compañías de Policía Militar fuertemente armados y un pelotón de tanques que, primero ocupó la Escuela Naval, con el consiguiente decomiso de los proyectiles. Seguidamente se dirigió a los muelles donde los buques habían sido sorprendidos con la vigilancia de los tanques. Por supuesto, el decomiso de los proyectiles de la artillería no fue completo porque, según la tradicional malicia de los marineros, escondieron algunos en las tantas “caletas” que hay en los buques. Entretanto, la crisis no cesó una hora. Sucesivos cambios de gabinete demostraron la imposibilidad del régimen de detener el desplome de lo que se estaba desmoronando.

Con la incorporación violenta de las masas populares a la oposición, convertidos ya grandes sectores en campos de batalla, la Junta Patriótica consideró llegado el momento de dar el paso decisivo de ordenar una huelga general a partir de las 12 am. del día 21. Un atronador sonar de cornetas en Caracas y otras ciudades anunció el epílogo a los diez años de dictadura.

Por último, los acontecimientos de la noche del 22 al 23 de enero se pueden resumir así: un grupo de altos jefes se reúnen en la Escuela Militar resueltos a desconocer el régimen: a las 19 horas zarpan de La Guaira los buques de la Armada para abastecerse de municiones en la Base Naval de Puerto Cabello, varias guarniciones del interior se rebelan; el general Marcos Pérez Jiménez huye con el general Llovera Páez y otros funcionarios del Gobierno con sus familias, hacia Santo Domingo, en la madrugada del 23 de enero.

 Participación de la Marina el 23 de enero

Sobre el 23 de enero se han tejido muchas versiones sobre las últimas horas de la dictadura, pero algunos aspectos no quedaron suficientemente aclarados. Creemos poder responder a tales interrogantes porque fuimos protagonistas directos de aquellos sucesos. En aquella época servíamos en el Batallón de Infantería de Marina en Puerto Cabello.

A partir del 11 de enero, pese a los golpes recibidos nuestro espíritu de lucha se vio acrecentado. A diario sabíamos de la heroica resistencia popular, expresada fundamentalmente en los barrios caraqueños, por los trabajadores y la juventud, más la incorporación de valiosos sectores de la intelectualidad, de la prensa y la economía. El 18 nos informan que una huelga general coincidiría con el movimiento militar que debería estallar en Caracas y La Guaira el 21. Pero no estalló. En la Escuela Militar convergían impunemente los comprometidos, donde el director de la Escuela no veía ni sabía nada. El general Pérez, enterado como estaba por un oficial de su confianza, ordenó acuartelamiento general de 100 por ciento, con lo cual cortaba la facilidad de movimientos. La rebelión quedó suspendida. Pero ocurrió entonces algo que temía el dictador: restablecer el enlace entre las unidades comprometidas. En la noche del 21 fue asesinado por una comisión de la Seguridad Nacional comandada por un esbirro de apellido Maninat, de origen francés y confidente de la Gestapo en la Segunda Guerra Mundial, el teniente de Navío Adolfo Ochoa Gómez, hecho que causó la más viva indignación.

En la madrugada del 22, en Puerto Cabello, me ordena el comandante del batallón que me traslade a Caracas para el sepelio del teniente Ochoa Gómez. Quizás la intención fue sacarme de la Base, pero el efecto fue peor porque me permitió contactar a los oficiales comprometidos, recuperar el enlace con los buques en La Guaira. Al finalizar el sepelio me dirigí a la Comandancia de la Marina. No olvidamos el entusiasmo con que me recibieron los capitanes de fragata Andrés de la Rosa, José Vicente Azopardo y José Miguel Hernández, desesperados por la falta de munición en los buques, lo que se resolvió por la seguridad que le ofrecimos de tomar la Base Naval y asegurar así el abastecimiento de los buques, que debían zarpar de La Guaira lo antes posible. Era más o menos la una de la tarde cuando informamos al almirante Wolfgang Lrrazábal, comandante de la Marina, tan importante medida. Me trasladé a La Guaira con el fin de coordinar la salida de los buques esa misma noche para abastecerse y regresar a toda máquina a La Guaira.

Conservo como una reliquia un papel donde escribimos en la cámara del destructor “Brion”, cuyo comandante era el capitán de Fragata Manuel Ponte Rodríguez, ante la presencia de gran cantidad de oficiales de los buques de la escuadra. En ese papel definimos la sencilla clave que se usaría para avisar al destructor “Aragua”: que los buques habían zarpado. Se fijo para las ocho de la noche la salida y, mediante la frase “enviados filtros de aceite” se anunciaría el zarpe. Al destructor Brion se le designó como “Foca”, al Nueva Esparta como “Gato”, al García como “Perro”, al Zulia como “Leo”, y al Aragua como “Tigre”.

No terminó en los muelles de La Guaira nuestro danzar ese día. Tuve que trasladarme al Centro de Entrenamiento Naval donde comuniqué al capitán de fragata Juan Torrealba Morales lo convenido. Luego, bajo la conducción del “Negro” Raymond, viejo conductor de muchos años en la Marina, atravesamos el campo de batalla que era Caracas, para salir a la cuatro de la tarde y llegar a las ocho al portalón del “Aragua”, como en efecto sucedió, para encontrarnos con que allí habían recibido un mensaje que no entendían: ”Enviados filtros de aceite” que no necesitaban, para un tal “Tigre” que no sabían quién era. Sin perder un instante, con el comandante del “Aragua”, capitán de fragata Manuel Herrera y otros oficiales nos dirigimos al batallón de infantería de Marina, para comunicarle a su comandante el mensaje que yo traía de parte del almirante Larrazábal, referente a la decisión de la Marina para actuar con la necesaria unidad con el resto de las fuerzas comprometidas. De allí nos dirigimos al Comando de la Base Naval, para invitar también al capitán de navío Julio Vale Guillén a unirse al movimiento iniciado por la flota, que ya se encontraba navegando a toda máquina. En la oficina del Comando nos reunimos el capitán Herrera y los oficiales, López Mendoza, Lizardo, Galavís Collaso y otros tratando de convencer al capitán Vale. Suena entonces el teléfono y lo escuchamos decir: “Si. mi general, yo estoy con usted, mi general”, ante lo cual el capitán Herrera le arrebató el teléfono y le manifestó que no teníamos nada más que hablar, porque ya, para esa hora, (las 24.00) los buques estaban entrando a la rada para aprovisionarse de las necesarias municiones, lo que se hizo en menos de media hora, tal fue la intensidad y entusiasmo del personal. Luego embarcamos con el personal del batallón para que la flota llegase a La Guaira en horas de la madrugada, cuando ya se conocía la noticia de la fuga del general Marcos Pérez Jiménez.

Lo demás es otra historia. La historia de quienes creímos que el derrocamiento de la dictadura significaría el fin de la corrupción, el despilfarro, la ineficacia, la tortura, el crimen político y tantas lacras que signaron los años del gobierno puntofjista. Se necesitaron cuarenta años de amarga experiencia, de sacrificadas luchas populares y la valiosa y decisiva incorporación de nuestros soldados, con Hugo Chávez a la cabeza y la juventud política y el esfuerzo combativo de Nicolás Maduro.

Víctor Hugo Morales

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