El armisticio y la regularización de la guerra

La guerra de Independencia venezolana, fue uno de los procesos de emancipación más largos, cruentos y devastadores. Las primeras iniciativas libertarias tomadas entre el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, fecha esta última de nuestra declaración formal de independencia, marcarán el comienzo de una lucha sin cuartel, que primero tendrá como protagonistas a venezolanos partidarios del Rey o identificados con la Republica, en lo que Laureano Vallenilla denominó una “guerra civil”, que a partir de 1815 con la llegada del ejército expedicionario español comandado por el general Pablo Morillo, adquirirá contornos de guerra de liberación con dos enemigos bien delimitados.

La crueldad extrema fue uno de los primeros signos de aquel enfrentamiento. La caída de la primera y segunda Repúblicas, estarán precedidas de auténticas carnicerías, con personajes tenebrosos como Boves, Monteverde, Morales, Zoazola, Antoñanzas, Ñañez, cuyas practicas primitivas y brutales, marcarán una contienda mortífera. Al terror impuesto por los jefes españoles responde el Libertador Simón Bolívar con su patibulario decreto de Guerra a muerte, de cuyo solo texto puede deducirse la necesidad de igualar o superar los métodos bestiales impuestos por el enemigo. La muerte a lanzazos de los españoles presos en las bóvedas del castillo de La Guaira, serán demostración palmaria de una confrontación sin piedad ni medida.

La expedición de Los Callos, la campaña de Angostura, la campaña de los llanos, marcarán esa nueva etapa del enfrentamiento, donde frente a un ejército colonial comandado por Morillo y La Torre, se opone una fuerza cada vez más fortalecida y organizada comandada por Bolívar y donde destaca José Antonio Páez como el hombre que trajo a los llaneros a la causa de la independencia. Sin embargo será la genial campaña de la Nueva Granada, que sorprende a los mandos españoles, y logra liberar un territorio clave para el financiamiento y avituallamiento del ejercito patriota, desequilibrando la correlación de fuerzas sobre el terreno, y obligando a sus jefes a una guerra en inferioridad de condiciones, bajo la inminencia de un resultado desfavorable, que consolidará definitivamente la independencia de la llamada Colombia grande, como la había ideado El Libertador en su arquitectura jurídica, geográfica y geopolítica.

Bajo esa nueva realidad, superados los tiempos de la guerra cruel y sanguinaria, y planteada una contienda convencional entre dos ejércitos en igualdad de condiciones, se plantea la posibilidad de un armisticio y un tratado de regularización de la guerra, que detuviera transitoriamente las hostilidades y que echara las bases para la aplicación del entonces incipiente derecho internacional humanitario. La mano del general Antonio José de Sucre, futuro gran mariscal de Ayacucho, dejará su marca indeleble en este tratado que marca un punto decisivo en el curso de una guerra destructiva que se acerca inexorablemente a su desenlace.

El 25 y 26 de noviembre de 1820, se firma en la ciudad de Trujillo, epicentro siete años antes del decreto de Guerra a muerte, dos tratados: uno de armisticio y otro de regularización de la guerra, el primero convenía en suspender las hostilidades por un plazo de seis meses, donde cada uno de los ejércitos continuaría en posesión de los territorios bajo su control y dominio, y el otro establecía en su artículo primero que la guerra entre España y Colombia se haría como la “hacen los pueblos civilizados”, para de seguidas establecer una serie de disposiciones relativas al trato de los heridos y prisioneros, los términos y condiciones de su intercambio, el respeto a la población civil, el entierro digno de los muertos, todo lo cual significaba un cambio significativo en la manera de hacer la guerra.

Estos instrumentos se correspondían con las necesidades de ambos bandos. El ejército patriota obtenía del ejército español reconocimiento a la República de Colombia, y además le permitía reorganizarse y avituallarse con miras a la campaña definitiva para la victoria. Morillo por su parte trataba de ganar tiempo a la espera de refuerzos y auxilios desde la península, donde las tropas de refresco se quedarán sin poder partir por la insurrección liberal de los generales Quiroga y Riego, que obligan a Fernando VII a restablecer la vigencia de la Constitución liberal de Cádiz.

Bolívar y Morillo, con su famoso encuentro y fraterno abrazo, darían con su ejemplo el primer paso para la vigencia de unos tratados, que ponían fin a una contienda cruel y ruinosa, que estaba por terminar, porque solo meses después en julio de 1821 se libraba la batalla de Carabobo epílogo de aquella tan sanguinaria como gloriosa guerra libertaria de Venezuela.

Rafael Simón Jiménez

rafaelsimonjimenez@hotmail.com

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