El despojo a Venezuela de la Guayana Esequiba

Uno de los actos de mayor rapacidad del colonialismo británico, fue el que desapropio a la pobre e indefensa Venezuela de los 159.000 kilómetros cuadrados del territorio esequivo. Una actitud deliberadamente agresora de la Inglaterra victoriana que contrastaba con un país consumido por las guerras internas y el caudillismo, facilitaron esa mutilación importante que sufrió el País, y que aún espera por su legitima reivindicación.

La infiltración de colonos británicos en el  espacio territorial venezolano, comienza en la década de los años veinte del siglo XIX, desde la denominada Guayana Británica fronteriza. El propio Libertador Simón Bolívar y el Dr. Revenga ministro de asuntos exteriores de la gran Colombia, envían comunicaciones de protesta a las autoridades inglesas por los actos de dominio en territorio Nacional. En 1840 el Gobierno venezolano designa una comisión para que junto a la designada por Inglaterra se encarguen de fijar los límites definitivos en el Esequivo, el jefe de los negociadores es un diplomático probo, experto y eficiente el Dr. Alejo Fortique, quien recibe instrucciones de la Cancillería venezolana en cuanto a las aspiraciones nacionales en la zona. Por los británicos lleva la voz cantante el conde Aberdeen secretario del foreigt Office, pero en el terreno un naturalista prusiano Robert H. Schomburkg se encarga de levantar un mapa que altera las viejas fronteras fijadas entre las potencia coloniales para delimitar sus territorios, con lo que pretende dar fundamento a las pretensiones Inglesas.

Gracias a las gestiones que en Londres, desarrolla diligentemente el negociador venezolano Alejo Fortique, se van buscando puntos de aproximación que le resguarden a Venezuela sus intereses territoriales fundamentales fijando como límite el río Esequivo y preservando las bocas del Orinoco vitales para la navegación fluvial y atlántica. Sin embargo la corona británica fija como condición que ese territorio no pueda ser cedido a ningún otro gobierno extranjero. Lo que aparecía como una clausula imperial no era más lo que preveía la propia Constitución venezolana en materia de no enajenación de nuestro territorio, sin embargo en el Congreso venezolano se producen agrios debates que concluyen en el rechazo a la posibilidad de suscribir un tratado que hubiera obviado el despojo posterior. Fortique desde Londres, conocedor de que lo que ha alcanzado es lo máximo posible frente al primer imperio del mundo de entonces, se desespera y escribe al presidente Soublette con proféticas palabras “… hay un momento en las negociaciones que si se deja pasar, no vuelve a presentarse”, su advertencia cae en saco roto.

La historia posterior es la del progresivo avance y colonización del territorio Esequivo por el imperio británico, que nunca más estará dispuesto a negociar condiciones que salvaguarden los intereses venezolanos, mientras el país se debate entre cambios de gobierno, guerras intestinas, calamidades y desgobierno, lo que evidentemente contribuye  a facilitar la voracidad inglesa. Venezuela protesta, reclama, cursa notas diplomáticas, pero en el terreno se pierde cada vez mayor territorio. El Gobierno venezolano de Guzmán Blanco opta por romper relaciones con el imperio inglés pero esta posición de dignidad en nada contribuye a nuestros reclamos territoriales.

La indefensa Venezuela, trata de internacionalizar el conflicto informando del asunto a las demás cancillerías del continente, y finalmente invoca la mediación norteamericana, invocando la doctrina Monroe y considerándose agredida por una potencia extra continental. El presidente Cleveland, asume su papel mediador, que terminó siendo el de tutor, y solicita de Inglaterra un arreglo justo y pacifico de la controversia. Finalmente se firma en Washington el 2 de febrero de 1897 el tratado de arbitraje, para someter a ese mecanismo la solución del asunto, solo que Venezuela parte fundamental, es excluida del tribunal arbitral y la defensa de sus intereses quedan a cargo de dos jueces de la suprema corte de Estados Unidos, que junto a un jurista escogido por el rey de Suecia y Noruega, y por supuesto dos jueces Británicos, se encargarían de dictar el laudo. La desamparada Venezuela dejaba sus intereses vitales en manos del entonces pujante imperio americano.

El tribunal arbitral se reunió en París, y el 3 de octubre de 1899 dictó su fallo, en el cual se despojaba a Venezuela de 159.000 kilómetros cuadrados, logrando salvaguardar las bocas del Orinoco. En el momento de emitir su pronunciamiento mutilando el territorio nacional, la precariedad interna de Venezuela era de tal naturaleza que no existía gobierno, pues el presidente Ignacio Andrade había abandonado el territorio Nacional, escapando de las traiciones y cabriolas  que amenazaban con liquidarlo, y Cipriano Castro el audaz andino que al mando de una montonera había iniciado en mayo una aventura sobre el centro del país, convalecía en Valencia de un incidente en la batalla de Tocuyito, con la cual había sellado el éxito de su empresa bélica.

Los entretelones de un fallo, lesivo en sumo grado a los intereses de Venezuela, vinieron a conocerse en detalle 50 años después, cuando a la muerte del abogado norteamericano Severo Mallet-Prevost, uno de los miembros del equipo que representó los intereses de Venezuela, producida  en diciembre de 1948,  este dejó un memorándum, donde reseña la conjura de los dos árbitros ingleses y el presidente del tribunal el ruso Federico de Martens, quienes actuando a favor de los intereses del imperio británico amenazó con despojar a Venezuela de las bocas del Orinoco, si la sentencia arbitral no se producía por unanimidad, lo que motivo a los árbitros norteamericanos a ceder para salvar al menos estas desembocaduras que eran vitales a los intereses de Venezuela. Una historia de presiones, chantajes y actuaciones prepotentes que viciaron de nulidad una sentencia infame.

Gracias, a los detalles del llamado Memorándum de Mallet-Prevost, pudieron los gobiernos venezolanos a partir de 1950, iniciar acciones diplomáticas a favor de la nulidad y revisión del fallo, lo que finalmente fructificó en el llamado acuerdo de Ginebra, que suscrito entre Venezuela y Gran Bretaña el 17 de febrero de 1966, cuando estaba a punto de concederse la independencia a lo que sería la denominada Republica Cooperativa de Guyana, en el mismo las partes se imponen la búsqueda de una solución pacífica a la controversia planteada, reconociendo los derechos de Venezuela a reclamar la nulidad del laudo y a defender sus derechos territoriales en la luego denominada “zona en reclamación “.

Se abría un capitulo aún inconcluso para la reivindicación de los intereses territoriales lesionados por una decisión a todas luces ilegal producto del chantaje, la intimidación y la fuerza. Lamentablemente los Gobiernos venezolanos posteriores no han tenido, a pesar de la verborrea patriotera, la suficiente voluntad para impulsar las negociaciones y la búsqueda de los mecanismos que permitan revertir un despojo que afectó parte importante de nuestro territorio, y por el contrario han permitido que nuestros vecinos guyaneses consoliden actos de posesión y dominio que alejan aún mas una eventual solución de la controversia.

Rafael Simón Jiménez

rafaelsimonjimenez@hotmail.com

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