En Colombia llegaron los chinos comprando burros

Vienen detrás del cuero que utilizan como ingrediente activo de medicamentos pero también para marroquinería fina. Cada día aparecen más animales despellejados

Como buena guajira Hortensia Cambar cuidaba de los animales como lo más preciado de la ranchería. Cuál no sería su sorpresa cuando en la mañana se percató que faltaban los ocho burros de su ranchería Piedra Blanca. Los buscó todo el día hasta que en la tarde encontró sus desechos. La voracidad de los gallinazos daba cuenta de su carne pero no había rastro de sus pieles. Todo resultaba extraño.

El inesperado hecho fue el campanazo de una situación que no parecía ser tan excepcional. Se corrió la noticia como polvorín y cada quien empezó a relacionar los burros perdidos de sus rancherías, que sumaban muchos. Aunque la cifra es indeterminada porque no existe el hábito de denunciar, la cantidad no resultaba despreciable. En diciembre de 2016 apareció un matadero de burros clandestino en pleno centro de Maicao, en el barrio Santander en la calle 6 con carrera 17. Apareció la osamenta de cuarenta animales que al principio se creyó que su carne había sido aprovechada para proveer a los Centros de Asistencia Infantil de la población. Poco a poco se percataron que lo que valía no era la carne sino la piel del burro.

Esta tenía múltiples usos: desde ocultarle la droga a los narcotraficantes hasta materia prima para la fabricación de carteras, zapatos y bolsos en fábricas de Medellín o en Venezuela. Empresas como Curtidos Leathercol S.A.S., Caribe S.A.S., Invermax del Caribe S.A.S. y Belen Leather S.A.S., exportan esa piel, sin mayores requerimientos del ICA, a México y Perú. La piel de burro es mucho más costosa que la vacuna; mientras ésta cuesta $ 60 mil por animal, la del burro alcanza los $ 300 mil. Los jumentos hoy día valen más muertos que vivos.

En la vastedad seca de La Guajira los burros, a diferencia de los chivos u otros animales, eran intocables. Como los camellos en el desierto del Sahara, no existe una bestia que soporte mejor el sol, el viento arenoso y la sed que los burros. Ideales para llevar agua de una ranchería a otra. Sin embargo los USD 100 que les ofrecen comerciantes misteriosos por su piel se convirtió en una tentación irreprimible para un pueblo en donde todavía la gente se muere de hambre.

Lo novedoso es que el destino de la valiosa piel no es precisamente a las marroquinerías paisas o venezolanas sino la China. En la China el burro es multiuso: como alimento, como materia prima de marroquinería e incluso para ropa de vestir y lo más importante para el componente activo de productos medicinales. La piel del animal es el ingrediente principal de Ejiao, una bebida que consume casi toda la población china pero muy especialmente las mujeres para combatir la anemia, la tos seca, el mareo, los dolores menstruales y que sirve como afrodisiaco. Además le atribuyen en grandes beneficios como el rejuvenecimiento –protege la oxidación por el aire y aumenta la elasticidad de piel– y por lo tanto la aprovechan como materia prima de cosméticos.

Cualquier cantidad de burros resulta insuficiente para la enorme demanda proveniente de los 1.300 millones de personas que no cuentan con más de 3 millones de semovientes nativos, de allí la necesidad que tienen de obtener la piel de burro de países como África, México, Perú y ahora Colombia.

La Guajira no es el único lugar de la costa Atlántica donde se están matando burros en grupos grandes. En Sucre, campesinos de Sincelejo, San Onofre, Los Palmitos y Toluviejo registran cada día la desaparición de decenas de burros. Aparecen en las madrugadas despellejados familias de burros enteros, reportándose en el primer semestre del año hasta un centenar. También hay reportes de Los Palmitos, Chalán y Betulia. El problema se ha multiplicado al punto de tener a la policía, desde finales del 2016, ofreciendo hasta 5 millones de pesos de recompensa para detectar a los asesinos de los animales. Los reportes se extienden a Córdoba y en el Atlántico, municipios como Ibácharo.

La gente guarda silencio y no reporta a las autoridades, pero lo cierto es que cada día, y es una observación generalizada, se ven menos burros en el campo, en los mercados y en los solares de la costa caribe colombiana.

Las 2 orillas

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