¿Es ahora el odio la base de la democracia?

Elecciones como la de Trump, Bolsonaro y hasta el mismo Duque parecen indicar que sí. La poca capacidad de disentir y cuestionar aquello que atenta contra la dignidad estaría detrás.

En los últimos tiempos, la inspiración de los discursos que han dirigido la actividad política en algunos países ha sido el odio. En Estados Unidos, Donald Trump llegó a la presidencia de su país a través de propuestas carentes de compasión y sí cargadas de resentimiento contra los latinos y contra los más sufrientes.

En Colombia, el presidente electo, Iván Duque, ganó porque su patrocinador es el cuestionado expresidente Álvaro Uribe, quien ha sido uno de los representantes del odio y del paramilitarismo en Colombia. Además de eso, en la campaña de Duque había un odio evidente al país vecino, Venezuela. Así mismo, el odio también se extendía a los excombatientes de las FARC, a los líderes políticos de izquierda, y como si fuera poco, a las víctimas del conflicto armado en Colombia; pues no brindarle un apoyo genuino al acuerdo de paz significa irrespetar el derecho de las víctimas a la no repetición de la barbarie.

Donald Trump Jair Bolsonaro e Iván Duque

Ahora en Brasil ha ganado la presidencia Bolsonaro, quien abiertamente ha expresado sus posturas xenofóbicas, misóginas y racistas. Tristemente, su discurso lleno de odio lo popularizó y lo llevó al poder.

En cualquier caso, los personajes anteriormente mencionados no subieron solos al poder, es decir, no llegaron a ser líderes de estos países por la vía de las armas, sino por la elección popular. Fue la gente que, con libertad, se dirigió a las urnas y los eligió. Los pensó como sus representantes y les confirió el poder de llevar las riendas del país. Bien es cierto que estos personajes no obligaron a nadie por la vía de la fuerza, sin embargo, utilizaron la misma vía que utilizó Hitler en la Alemania Nazi: el discurso del odio.

Con los ejemplos anteriormente expuestos, pareciera que el problema es la democracia, es decir, que sea la gente quien elija a sus representantes y a sus gobernantes. Atreverse a asegurar esto puede ser tan simplista como el mismo discurso del odio. Por el contrario, es necesario decir que la respuesta es mucho más compleja. Por ejemplo, que para que la democracia sea real la ciudadanía ha de gozar de pensamiento crítico, puesto que este posibilita las capacidades para reflexionar y decidir sobre qué es lo que más le conviene a un país.

Por consiguiente, el problema de la democracia en los países en los que se eligen gobernantes que destilan odio tiene que ver con la poca formación que reciben los ciudadanos en lo relativo a virtudes, derechos humanos, historia, literatura, filosofía y demás disciplinas de las ciencias sociales y humanas, que generan en la persona la capacidad de dudar, disentir y cuestionar todo aquello que atenta contra la dignidad de los seres humanos, y en especial de los ciudadanos que históricamente han sido más vulnerados.

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