General José Antonio Velutini… La Rotunda, Caracas

La decadencia del Partido Liberal Amarillo, predominante en la conducción del poder en Venezuela desde mediados del siglo XIX, marchó de la mano del desinterés de su máximo caudillo y conductor Antonio Guzmán Blanco, por los asuntos patrios, de los cuales se fue distanciando y desentendiendo, hasta tomar la decisión de dejar inconcluso su último periodo presidencial, y ausentarse definitivamente, para residenciarse en el París que lo había cautivado desde su primera visita y que se convertiría en el refugio escogido, hasta su muerte.

En 1887, luego de meses de retardar su viaje para encargarse de la Presidencia, entonces sometida a un periodo de ejercicio de dos años, que el propio Guzmán, había impuesto al calco fiel del modelo suizo, con la idea de que sus sucesores le cuidaran el puesto, mientras disfrutaba del reparador descanso parisino, el caudillo liberal decide luego de pocos meses de ejercicio del mando retornar a la ciudad luz. Deja encargado de la primera magistratura al general valenciano Hermógenes López, a quien sus enemigos habían bautizado con el mote de la “marrana de Naguanagua”.

Antonio Guzmán Blanco

Antes Guzmán había sellado la ruptura con el más decidido y fiel de sus soldados, el general Joaquín Crespo, quien le había dado una demostración incontrovertible de lealtad al entregarle sin contratiempos la Presidencia, luego de ejercerla durante el bienio 1884-1886, pensando que la rotación entre los dos, volvería a ejercitarse una vez que el ilustre americano, vencido su corto periodo, de nuevo lo escogería como sucesor. Sin embargo Antonio Guzmán Blanco tiene otros planes y ante la insinuación de Crespo de sucederlo de nuevo, la rechaza de plano señalándole que la historia no les perdonaría una alternabilidad a lo Páez y Soublette, lo que decidirá el destino de la relación entre los dos jefes liberales que se distancian para siempre.

En la escogencia de su sucesor, Guzmán desconcertará a los caudillos militares de su partido, cuando se inclina por un civil, el Dr. Juan Pablo Rojas Paul, hombre de variados y meritorios desempeños en las administraciones liberales, seguramente privó en la decisión del mandatario, el criterio de que no siendo militar Rojas Paul difícilmente podría prescindir de su tutela si quería gobernar aquel país de chafarotes y hombres de presa. Frente a la decisión de Guzmán, Crespo opta por marcharse del país, realizando en principio un periplo por varias ciudades europeas y luego fijando su residencia en la vecina isla de Trinidad, desde donde se dedica a organizar una conspiración para invadir a Venezuela y confrontar al nuevo Presidente.

Rojas Paul, carente de mando o destrezas castrenses, apela a su curtida experiencia de político, para tratar de enfrentar con maniobras a los factores que se le oponen y entre ellos al verdaderamente temible Crespo, quien desde la cercana isla acopia armas, vituallas y agrupa a sus fieles dispuesto a seguirlo en sus planes de apersonarse en territorio venezolano. En efecto acompañado de un alto mando donde figuran el general José Antonio Velutini, el Dr. Juan Francisco Castillo, El general Ramón Guerra, y con un costoso y variado arsenal adquirido en Bélgica, el general Crespo abre operaciones sobre las costas venezolanas a bordo de una de sus goletas denominada “Ana Jacinta”, a pesar de lo bravío y prestigioso de Crespo, entre sus propios hombres de confianza no existe convicción en la victoria, la mayoría lo acompañan apostando al futuro, es tan poca la esperanza en la victoria, que al momento de abordar la nave invasora el general Velutini uno de los jefes de la expedición, le coloca su maleta como identificación un letrero visible donde señalaba su destino “general José Antonio Velutini, La Rotunda Caracas…”.

José Antonio Velutini

Y en efecto, ese sería su destino final, luego de ser abordada la embarcación invasora por naves de guerra del Gobierno venezolano, todos los jefes encabezados por el propio Crespo, son conducidos a la terrible prisión, que inesperadamente cambia de rostro para ellos, ya que Rojas Paul, quien conoce lo peligroso de Crespo y además quiere ya zafarse de la tutela de Guzmán Blanco, da orden a los jefes carcelarios para dotar a la ergástula de mobiliario, utensilios y demás comodidades convirtiéndola de hecho en un alojamiento de lujo para los derrotados crespistas. El propio presidente de la Republica se dirige al terrible recinto carcelario, desdoblado en cómodo aposento, para conversar con el jefe invasor y negociar con este un pacto que incluía la compra del parque confiscado y medidas de amnistía para todos los prisioneros.

El acuerdo entre Rojas Paul y Guzmán, será conocido como el “pacto de la Rotunda”, e implicará el compromiso del caudillo guariqueño de renunciar a su empeño en derrocar al gobierno de Rojas, a cambio de su salida del país, y de una indemnización por los costos de su intentona, detrás de todo estaba el interés de ambos de poner término a la larga influencia de Guzmán en la vida nacional. Jamás una aplastante derrota, había cobrado los dividendos de la más categórica de las victorias.

Rafael Simón Jiménez

rafaelsimonjimenez@hotmail.com

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