La coronación de Sánchez

Las disputas entre el PSOE y el PP -me dice un amigo que sigue acampado en las plazas de la indignación- son un poco como aquel viejo chiste que se preguntaba por las diferencias entre el capitalismo y el comunismo y que decía que el primero es la explotación del hombre por el hombre y el segundo es justo al contrario.

La diferencia, respondo sobre todo por fastidiar, es que cuesta ver a Sánchez -a cualquiera con vergüenza, en realidad- ahogando las penas en un bar mientras el Congreso debate para echarlo. Genio y figura hasta el final, Rajoy cayó dejando en lo alto el pabellón de su desprecio por los representantes de los ciudadanos. Y yéndose con el partido de la gente del bar.

Con nadie me he equivocado más que con Rajoy. Uno esperaba una batalla épica, por el bien del espectáculo, y resultó que el hombre previsible más imprevisible del Parlamento, se quedó tomando unas copas de despedida con los suyos y ni siquiera se presentó a su entierro. Una suerte de última cena, la de Rajoy, donde la incógnita única reside en saber quién fue Judas y quién será el Pedro que, sobre esta piedra de corrupción y desencanto, edifique el próximo PP.

O a lo mejor lo refunda Rajoy, que puede tener la tentación de oponer a lo que llama un Gobierno Frankenstein -Rubalcaba debería cobrar derechos de autor por el chascarrillo- una oposición Zombie. Porque un PP bajo el mando de Rajoy será un muerto viviente al que nadie querrá acercarse por miedo al contagio.

Pero con Rajoy nunca se sabe. Y puede que no esté muerto, sino literalmente tomando cañas. Como en la rumba.

Sánchez también es un experto en resistencia, pero más que por musculatura, por flexibilidad. Es un contorsionista capaz de decir hoy lo contrario que ayer y otra cosa distinta mañana, y siempre creyéndose lo que dice y con la sonrisa del banquero que te está vendiendo unas preferentes.

El haber hecho de comercial de sí mismo a lomos de un Peugeot por las Españas y, sobre todo, el haber derrotado a la baronesa que representaba a unos barones que se creían que el partido era suyo le otorga entre la militancia un aura de mesías que ya veremos si logra mantener inmaculado. En cualquier caso, el viejo PSOE sí tiene músculo, y el logro del poder sólo hará que aumentarlo.

Albert Rivera

Más allá de los dos protagonistas en este duelo al sol patrio, lo que más me sorprendió de la moción que coronó a Sánchez fue la arrogancia de Rivera, a quien solo falta el bigote para ser igual que Aznar.

Rivera entiende la ley como un mazo para aplastar a las minorías, quiere gobernar un país uniforme, y quizás incluso lo quiera uniformado. Como Rivera solo ve españoles no se da cuenta que en este país donde nadie pide el café de la misma manera que el vecino, la calle está llena de gentes muy diferentes entre sí y que gobernar solo puede ser un ejercicio de negociación entre los representantes de esos diferentes, que a veces, incluso, serán contrarios.

Pablo Iglesias

Por último, cabe hablar someramente de Iglesias Perón, al que la moción entretuvo de apagar el último fuego interno -Teresa Rodríguez acusó a Echenique de ir distribuyendo por los medios un documento falso para acabar con ella y con Kichi-. Un Iglesias que se mostró profesoral y, por lo tanto, cómodo. Tanto que se permitió el lujo de actuar como asesor de imagen de Sánchez y darle consejos para parecer más Presidencial. Sí, Iglesias, el mismo que en unos meses ha conseguido poner en su contra al 30% de sus militantes.

Y es que el patio anda muy revuelto, y lleno de sorpresas, hipocresías y tactismos. Y encima, va Zidane y dimite. Y ni siquiera lo hace para presentarse a Presidente del Gobierno.

Pero no se dejen engañar por mi pesimismo irónico. En el fondo, yo deseo que a Sánchez le vaya bien. Que acierte. Lo que ocurre es que dudo que sea así.

Desde España

Alberto Gómez Vaquero

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