La deriva militarista de la Independencia venezolana

El caudillismo, el personalismo y el militarismo, son formas hermanadas de autoritarismo político, que aun adentrado el siglo XXI, pesan como factores de rezago y anacronismo en la sociedad venezolana y en buena parte del continente. Sus orígenes y prolongación en el tiempo han significado una pesada carga para la consolidación de una democracia fundamentada en el imperio de la ley, el Estado de derecho, la consolidación institucional y la despersonalización del poder, prerrequisitos a su vez para conquistar el bienestar, la justicia, el progreso, la inclusión y cohesión social.

Cuando nos remontamos a la etapa fundacional de la República, en todo el proceso que va desde finales del siglo XVIII hasta la crisis de la monarquía española, y la invasión napoleónica en 1808-1809, hechos desencadenantes de un proceso que venía gestándose lentamente en las grandes contradicciones generadas entre el gobierno peninsular y las clases sociales emergentes en sus colonias, nos encontramos en el caso específico venezolano con la maduración en las élites criollas, de un pensamiento emancipador que alentado por el auge de las ideas liberales, y estimulado por el deseo de protagonismo político, culminará con los sucesos del 19 de abril de 1810, con la declaración de independencia el 5 de julio de 1811, y con la sanción de la primera Constitución Republicana el 21 de diciembre de 1811.

Un análisis de las discusiones que en ese tiempo tienen lugar en el cabildo de Caracas, en la sociedad Patriótica y en el contexto de los debates del congreso constituyente, dan fe del carácter eminentemente civil e ilustrado de aquel movimiento, que pretendía construir una República sobre las bases de un modelo de sociedad y de Estado inspirado en los criterios y visiones más avanzados de la época. Temas como la forma de Estado y de gobierno, la división de los poderes, la esclavitud, la religión, la institucionalidad, y la relación entre el poder central y las provincias, dan lugar para que personajes de la talla de Francisco de Miranda, Francisco Javier Yánez, Miguel José Sanz, Manuel Palacio Fajardo, Rodríguez Domínguez, Felipe Fermín Paul, Juan Germán Roscio, Martin Tovar Ponte, den cátedra de erudición y sobre todo de conocimiento de las ideas prevalecientes en su momento histórico.

Lamentablemente, lo que ha debido y podido ser un proceso emancipador incruento y pactado con la metrópoli, donde el colapso de la monarquía, y la reunión de las cortes de Cádiz, con importante representación americana, y en cuyo seno predominaron ideas avanzadas y liberales, plasmada en la Constitución que los españoles apellidaron “la Pepa”, abrían posibilidades para un proceso de entendimiento y progresiva autonomía e independencia, se frustró y corto abruptamente, cuando al derrotar al invasor francés y restituir en el trono a Fernando VII, este reniega de las ideas liberales y ordena la abolición de la Constitución de Cádiz y la organización de un ejército expedicionario, que a las órdenes del general Pablo Morillo, garantizara el sometimiento a sangre y fuego de los movimientos levantiscos que habían prendido en este lado del Atlántico.

En Venezuela, lo que hoy en nuestra periodización histórica se denomina la “Primera Republica” sucumbe tras la embestida del sanguinario Monteverde, y el estado de rebeldía y confrontación que declaran buena parte de las provincias y sectores sociales que se colocan leales al Rey. Lo que Laureano Vallenilla Lanz caracteriza como una “guerra civil” que se extenderá hasta 1814, en una dura guerra fratricida, implicará la liquidación de las frágiles instituciones y de hecho en la derogatoria de la Constitución de 1811. La dictadura comisoria encomendada in extremis a Francisco de Miranda, y su posterior capitulación, marcan también la liquidación en unos casos física y en otros política del liderazgo civil, ilustrado y liberal que había parteado el proceso independentista, y sobre su ocaso, la deriva hacia una larga y cruenta guerra de emancipación, en la cual los civiles no tendrán nada que hacer, y su protagonismo pasará a mano de militares, que por su oficio y conocimientos bélicos serán los idóneos para las batallas.

En esta nueva realidad, ya no serán doctores, jurisconsultos y tratadistas los que lleven la batuta, sino caudillos, generales y soldados, los que impongan la dinámica, hasta la definitiva liberación de Venezuela y más allá hasta la total libertad de buena parte de la América del Sur. Esta nueva élite militar integrada por el Libertador Simón Bolívar, por José Antonio Páez, Santiago Mariño, Sucre, los Monagas, entre los más destacados, reivindicarán su derecho, primero en el fragor de la guerra, y más tarde en la construcción de las nuevas repúblicas, a ejercer el Gobierno y la tutela imponiendo un predominio militarista y personal que marcará todo nuestro traumático y destructivo siglo XIX venezolano.

Mariano Picón Salas, uno de nuestros más preclaros intelectuales, al analizar este proceso y sus resultantes, comenta “…Aparece así el caudillo, apoyado en los numerosos posesivos: sus tropas, sus victorias, su prestigio, y a menudo su pueblo -en la forma más concreta – que lo hacen a la vez temible y fascinante, que lo pueden convertir a la vez en salvador o déspota, y a veces en ambas cosas a un mismo tiempo”. Lo dramático y lamentable es que los venezolanos adentrado el siglo XXI aún tengamos que arrastrar con estas rémoras y anacronismos históricos, que tantos males han traído para la República.

Rafael Simón Jiménez

rafaelsimonjimenez@hotmail.com

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