La tragedia y la impunidad de Tacoa

Antes de salir de casa, Guillermo Roca revisó sus bolsillos para verificar que todo estaba en orden, se despidió de su familia y fue hasta donde estacionaba su vehículo. Era un frío domingo decembrino y Guillermo sintió la necesidad de un café que le calentara el cuerpo; tenía poco tiempo de trabajar como chofer en El Universal y hasta ahora no conocía a mucha gente en el periódico. Su labor allí consistía en llevar a los reporteros hasta el sitio que indicara la pauta noticiosa; ya los iría conociendo; los chóferes como los barberos tienen en la conversación una eficaz herramienta de roce social.

Al llegar a la oficina le indicaron que su primera salida del día sería con Carlos Moros y Salvatore Veneziano, –A esos no los conozco– pensó Roca.

—Y… ¿A dónde debo llevarlos? –preguntó.

—A la planta de Tacoa en Arrecifes, se declaró un incendio hace algunas horas.

Guillermo se sentó a esperar a los muchachos.

El mismo día, mucho antes de que el reloj despertador interrumpiera el sueño de Guillermo Roca, había gran actividad en la planta termoeléctrica de Tacoa, 200 personas entre obreros, técnicos e ingenieros cubrían ese turno. La labor era la de siempre, llenar de combustible los enormes tanques que garantizaban la energía de la ciudad capital.

Fondeado en la costa se encontraba el buque tanquero “Murachí” de la petrolera Lagoven; arriba José Manuel Rodríguez, Luis Natera y otro empleado de la Electricidad de Caracas se encargaban de la tarea. Una vez que cargaron el tanque número 3 se dispusieron a hacer lo mismo con el 8, la labor era más dura y peligrosa que de costumbre por cuanto los medidores de nivel no funcionaban y el cálculo debía hacerse manualmente; otro “pequeño detalle” era que el combustible con el que cargaban los depósitos era fuel oil Nro. 6, y el sistema de generación de energía termoeléctrica fue diseñado para operar con otro tipo de carburante, uno con un punto de inflamación mayor así que se estaba recirculando al sistema volúmenes importantes de combustible calentado por encima de su punto de ignición, lo que generaba una gran cantidad de gases que al mezclarse con el oxígeno formaban un coctel altamente explosivo.

Luis Natera y José Manuel Rodríguez subieron por las escalerillas laterales del tanque 8 para seguir con su trabajo, ya estaba amaneciendo y desde su posición en la tapa del tanque se podían ver los primeros rayos del sol asomando por el oriente. El otro hombre se quedó abajo; tenía frío y no se le ocurrió una idea mejor que la de encender un cigarrillo. Aspiró la primera bocanada, sintió como se llenaban de humo sus pulmones y lanzó la cerilla al piso.

Benjamin Frontado alias Tamakun héroe de la tragedia de Tacoa salvó a más de 80 personas en una lancha prestada 

Cuando se oyó la explosión Benjamín Frontado, a quien propios y extraños apodaban Tamakún, se disponía a servir un delicioso pescado al grupo de ruidosos comensales que cuarenta minutos antes llegaron a pedir que los atendieran; la noche anterior había sido de farra y toda esta gente había llegado borracha y hambrienta a la pequeña fonda de Tamakún. Los vecinos de Arrecifes estaban acostumbrados a oír pequeñas explosiones ocasionadas por calderas y transformadores en mal estado; pero esta era la primera vez que escuchaban algo tan aterrador; “Parecía el fin del mundo”, recordaría alguno de ellos más tarde. De las casas vecinas comenzó a salir la gente y pronto una multitud se arremolinó para ver la inmensa columna de humo que salía de la planta, a los pocos minutos llegó al sitio una comisión de la Guardia Nacional disparando al aire en un intento inútil de dispersar a los curiosos.

La información de lo que había pasado llegó con la rapidez del caso: mientras se cargaba de combustible uno de los tanques, una terrible explosión había hecho volar por los aires la tapa del mismo. Encima de esa tapa iban dos hombres cuyos cuerpos jamás serían encontrados. Un testigo afirmó que vio aquel inopinado plato volador pasar por encima de un barco anclado a más de doscientos metros de la costa. Los cuerpos de seguridad y defensa y los bomberos de La Guaira, Caracas y Miranda fueron puestos en alerta. Pronto los vecinos de las vías que llevaban a Tacoa sintieron el ensordecedor y alarmante ulular de las sirenas. En Caracas los teléfonos de las distintas redacciones recibían el aviso; un enjambre de periodistas, camarógrafos y fotógrafos se disponía a bajar al sitio del suceso.

Guillermo Roca tomó la avenida Urdaneta hasta empalmar con la Sucre y en pocos minutos estaba en la entrada de la autopista Caracas-La Guaira; por ser domingo no había gran tráfico arriba pero si un poco en la autopista debido a la gente que se dirigía a los balnearios, con él iban el fotógrafo Salvatore Veneziano y el reportero Carlos Moros. Para matar el tiempo los hombres hablaban de cualquier cosa, de pronto Moros comentó lo mal cuidadas que estaban las plantas termoeléctricas. Los tres pensaban que el trabajo sería rápido pues a esa hora no tenían idea de la magnitud de la tragedia; la idea era sacar algunas fotos, tomar declaraciones de los bomberos y directivos de la planta y regresar a la redacción para ver qué otra cosa había. Guillermo encendió la radio y por los extras entendieron que la cosa parecía ser más grave de lo que creían. Una hora después estaban en Maiquetía y ya desde allí se sentía el olor a quemado. El chofer dejó a los reporteros cerca del sitio y les prometió volver en media hora para recogerlos y llevarlos de vuelta a Caracas. Eran las 12:05 del mediodía. El hombre pudo ver unidades de Venezolana de Televisión, Radio Caracas y Últimas Noticias estacionadas en las cercanías. Cuando ubicó un buen sitio, aparcó y se dispuso a esperar.

Luego de arrojar la cerilla al piso el hombre se dio cuenta de la estupidez que había cometido, pavorosas llamas aparecieron frente a sus ojos y lo rodeaban como serpientes de fuego dispuestas a devorarlo, aterrorizado arrancó a correr buscando un sitio seguro pero sintió que a sus espaldas el ardiente vaho de la muerte lo alcanzaba, con graves quemaduras y con la adrenalina a millón llegó hasta el dispositivo de alarma que conectaba directamente con el cuerpo de bomberos. Desde la tapa del tanque Luis Natera y José Manuel Rodríguez vieron con horror lo que pasaba abajo, de manera valiente se dispusieron a combatir el fuego con los pocos recursos manuales con los que contaban, tal vez tenían la esperanza de que los bomberos pudieran llegar a tiempo. Abajo comenzó la evacuación del personal; en medio de las carreras y gritos nadie reparó en los hombres montados en el tanque, su compañero fue recogido del suelo y sacado de la planta hasta un centro asistencial. Las llamas pasaron del tanque 3 hasta alcanzar el 8 y en segundos la explosión cortaría la risa de los parranderos que estaban a punto de probar el corocoro de la fonda de Tamakún. Faltaban quince minutos para las seis de la mañana.

Cerca de mediodía el fuego era incontrolable al igual que la multitud de curiosos; inexplicablemente los cuerpos de seguridad no tendieron un cerco en torno al lugar del siniestro para evitar que los irresponsables se acercaran ni procedieron a realizar una evacuación completa de la gente que vivía próxima a la planta. Un vecino fue hasta donde estaba Tamakún para invitarlo a ver como se quemaba el tanque. –Yo no soy bombero– fue la seca respuesta del hombre. Benjamín Frontado “Tamakún”, quien como el personaje del comic conocía bien el peligro, pues le había tocado enfrentar a la muerte en varias ocasiones, llevó a toda su familia a un barrio vecino. Luego de poner a salvo a su mujer y a sus cinco hijos regresó al restaurante, desde allí podía ver al más del centenar de personas que estaban en el sitio del incendio; bomberos, policías, funcionarios de la Defensa Civil, curiosos y periodistas de distintos medios merodeaban por los alrededores.

El teniente coronel José Octavio Hernández, comandante del Cuerpo de Bomberos del Distrito Federal contó días después que cerca de las 12:35, sus hombres habían logrado aminorar las llamas del tanque 3, hasta casi extinguirlas. Este hecho les infundió confianza y en un valeroso gesto, las mejores unidades se colocaron muy cerca de donde el fuego y el calor eran más intensos. En ese momento el calor que irradiaban las llamas del tanque 3 pasaba de los dos mil grados centígrados lo que provocó que la válvula de alivio del tanque vecino (el número 9) cediera, el combustible que había en este comenzó a derramarse y las llamas se propagaron a otros sitios. Los bomberos que estaban cerca no pudieron percatarse de lo que había pasado pues el humo y el hollín les dificultaban la visión. Sus compañeros, que estaban en la parte de arriba del cerro tampoco vieron nada. Con las flamas rodeando el tanque 9, el calor en este aumentó haciendo que cediera la tapa superior y provocando otra pavorosa explosión. 80 mil metros cúbicos de petróleo hirviente se vertieron sobre las pobres almas que estaban debajo; desde su restaurante Tamakún pudo ver como más de cien personas se evaporaban ante sus ojos. El infierno pareció salir de las entrañas, aquella enorme bola de fuego se tragó a 40 hombres del Cuerpo de Bomberos del Distrito Federal, 43 de los Bomberos Municipales, todo el equipo completo de los Bomberos Aeronáuticos, 14 Bomberos Marinos, un número apreciable de hombres de la Defensa Civil y de la Policía, 15 empleados de la Electricidad de Caracas, 10 trabajadores de los medios de comunicación y una inauditable cantidad de vecinos de la zona. El horror de la muerte quedó marcado en Arrecifes a las 12:35 PM del domingo 19 de diciembre de 1982.

Justo a esa hora, Guillermo Roca estaba de nuevo en el sitio donde quedó de encontrar a los muchachos, no estaban por allí. En ese momento escuchó la explosión, nervioso trató de acercarse, al ver que se incrementaba el número de ambulancias y unidades bomberiles decidió salir para no estorbar, estacionó más abajo y espero una hora. Al ver que ni Carlos ni Salvatore llegaban bajó del carro y se asomó a ver si los veía de lejos –nada–. Roca empezó a preguntarse qué podía haber pasado: —Tal vez pidieron otro carro al periódico, o se desocuparon antes de lo esperado, pensó, pero rápidamente desechó la idea. Tenían que estar por allí cerca, decidió esperarlos un rato más, sentía también temor de aparecer en el diario sin los reporteros, pues podía ganarse una reprimenda. A las tres y media de la tarde, ganado por los nervios decidió regresar, al entrar en la oficina iba a contar lo que le sucedió con los periodistas; pero antes de poder abrir la boca sus compañeros le dieron la noticia: Carlos Moros y Salvatore Veneziano habían desaparecido en la explosión. Lo único que se encontró después, de ellos, fue un pedazo de cámara.

En Arrecifes, Tamakún, como tantos otros vecinos corrió a refugiarse. Desde donde estaba observó cómo un enorme chorro de petróleo salía a centenares de metros de la boca del tanque hasta alcanzar la cima del cerro para luego comenzar a descender por las pendientes como la lava de un volcán. A medida que buscaba el camino a la playa destruía las viviendas que hallaba a su paso. El hombre vio como su casa, su negocio y sus cuatro lanchas eran abrasados. Al percatarse de que muchas personas estaban atrapadas entre el fuego y el mar, Tamakún tomó una lancha prestada y salió a rescatarlos. El mar en el que se internó, a riesgo de su vida también ardía, como pudo evitó las llamas y llegó a la costa donde empezó a rescatar a la gente que gritaba desesperada al ver como se acercaba el mortal río de petróleo. En cuatro viajes logró salvar a 80 personas, pero en el último de ellos casi no la cuenta; cuando ya salía de la costa, la lancha quedó atrapada en un banco de petróleo, con desesperación él y sus pasajeros vieron como las llamas se acercaban raudas hasta ellos. Tamakún tomó un remo y usándolo como palanca logró sacar a la pequeña embarcación. Con su cargamento de vidas salvadas llegó a tierra segura para sentarse a pensar cómo enfrentar su nueva situación de damnificado.

Luis Herrera Camping

154 muertes fue la cifra oficial por la tragedia de Tacoa, sin embargo como ocurre siempre en este tipo de eventos es difícil determinar el número real de víctimas. El lunes 20 de diciembre, en horas de la tarde, mientras la planta aún ardía y centenares de heridos eran atendidos en clínicas y hospitales, el presidente de la República, Luis Herrera Campins decretó el duelo nacional y prometió un exhaustivo examen de los hechos para evitar que aquel suceso quedara impune; a tal efecto ordenó crear una comisión de alto nivel que debía encargarse de las investigaciones y que a su vez sirviera de auxiliar al juez que fuera designado para esa causa. La comisión debía presentar un primer informe en los siete días siguiente al incendio, el informe sería analizado por los comisarios Eduardo Rojas Ochoa, Eleazar Cuotto Rendón y Pablo Simoza de la Policía Técnica Judicial (PTJ). El hombre que por imprudencia originó el fuego fue trasladado del hospital de La Guaira al Hospital Militar donde quedó a la orden de la PTJ, allí fue interrogado durante largas horas por el comisario Cuotto Rendón.

Mientras avanzaban las investigaciones, el pueblo se volcó a las calles para rendir un sentido y silencioso homenaje a los hombres y mujeres que habían rendido su vida, tanto en Caracas como en La Guaira, cada sepelio fue acompañado por multitudes. Las más de mil personas que quedaron damnificadas fueron llevadas a refugios en Macuto, Tamakún se mudó con su familia temporalmente a una casa ubicada en Catia la Mar que le prestaron. Los trabajos de limpieza en los alrededores de la planta duraron varios meses y durante los mismos seguían apareciendo cadáveres.

La Comisión Presidencial presentó el resultado de su investigación el 30 de mayo de 1983 al Presidente; pero no fue dado a conocer a la opinión pública sino hasta un año después y de forma parcial. El Gobierno alegó que decidió mantenerlo en secreto para no comprometer la decisión del juez Carlos Soucre, Instructor Especial del caso. Esta etapa fue dura para Tamakún y su familia; su esposa deprimida al ver que habían perdido todo lo que tenían, enfermó y murió. Él, sin embargo siguió luchando; con la ayuda de sus hijos volvió al sitio donde estaba su fonda y se dedicó a limpiar la playa del petróleo que se había derramado para poner en marcha de nuevo el pequeño negocio.

Lo poco que se pudo conocer del informe oficial revelaba la irresponsabilidad de la empresa que para entonces manejaba el suministro de energía eléctrica de Caracas; entre las perlas con las que nos tropezamos están las siguientes: En la planta no había sistemas de detección de incendios, el sistema de distribución de agua fue diseñado sin tomas para los bomberos –lo que dificultó la labor de éstos–. Las bombas de los sistemas contra incendio estaban oxidadas y fuera de funcionamiento, las vías de acceso a la planta eran muy estrechas, los lectores de niveles de petróleo no servían y por eso estaban los empleados encaramados en el tanque haciendo la medición manual y para remate se permitió la construcción de viviendas en el perímetro de la zona. El juez Carlos Soucre determinó que la Compañía Anónima Electricidad de Caracas cometió “gravísimas irregularidades” que ocasionaron el siniestro. La decisión del juez Soucre no contemplaba responsabilidades individuales y el caso pasó a un tribunal superior, a cargo de la juez María Teresa Salazar quien en diciembre de 1984 dictó ocho autos de detención contra ejecutivos de la compañía por los cargos de incendio y homicidio culposo, pero jamás fue nadie a la cárcel por los muertos de Tacoa.

Tamakún peleó en los tribunales para que le pagaran por los bienes perdidos, un tribunal falló a su favor y ordenó que se le indemnizara con 500 mil bolívares; solo llegó a ver la mitad pues la otra se la llevaron los abogados que lo asistieron. La Navidad de 1982 fue triste para los venezolanos, demasiadas familias quedaron enlutadas y las horribles imágenes de la tragedia quedaron grabadas para siempre en el imaginario colectivo.

En 1994 cuando tenía 62 años, Benjamín Frontado “Tamakún” tuvo que vivir otra tragedia, una pierna se le engangrenó y los médicos tuvieron que amputarla; como había hecho a lo largo de toda su vida, se sobrepuso y siguió trabajando con la fuerza de un hombre al que nada parecía amilanar. Los sobrevivientes de la tragedia de Tacoa crearon un comité contra el olvido que con el tiempo pasó al olvido. En Arrecifes sucedió algo muy parecido a lo que ocurrió en 1927 de Sociedad a Traposos, en Caracas, una lamentable red de complicidades invalidó el ejercicio de la justicia. Los muertos de ambos siniestros, muertos quedaron.

Mariana Alarcón/Investigadora Pedro Revette/Escritor

@TanatosCronicas

Un comentario sobre “La tragedia y la impunidad de Tacoa

  • el enero 4, 2019 a las 10:30 pm
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    ESTIMADOS LIC. MIGUEL, LIC. MARIANA ALARCÓN-INVESTIGADORA Y LIC. PEDRO REVETTE-ESCRITOR.
    LA TRAGEDIA DE TACOA ocurrida aquel 19 de diciembre de 1982, toda una tragedia, todo un acontecimiento, en verdad, UNAS DE LAS GRANDES IMPUNIDADES CUARTO-REPUBLICANA, como también lo fue el viernes negro y otras hierbas aromáticas. Solo me detuve nada más que para hacerles una crítica constructiva en materia de escritura, definiciones y significados (cuestión de tan alto cuidado cuando estudiamos y/o practicamos el ejercicio de comunicación social, periodismo y demás). He observado con detenimiento como en los diferentes espacios televisivos, de radio, de prensa y demás, como que hay cada vez más disléxicos, poco investigadores y ausentes total del uso del diccionario (mejor llamado en el argod folklórico como MATABURROS); compatriotas camaradas que no se detienen – aunque sea un instante – a revisar su texto antes de publicarlo. Leen las noticias a los golpes, no se preocupan ni se ocupan del significado de las palabras, no tratan con cuidado los nombres de las personas a que hacen referencia, y un sin fin de «burradas» …. es por esto que les pido sean cuidadosos. CAMPING: es la acción de acampar en un bosque en un lugar cualquiera…. CAMPINS: si, es el apellido original del expresidente fallecido «LIS HERRERA CAMPINS». ARRECIFES: son un grupo de varios arrecifes juntos, es decir, el plural de ARRECIFE… y ARRECIFE: es el nombre propio del barrio y/o sector donde fundaron ese barrio en aquellos años en CATIA LA MAR … Por cierto, soy uno de los cientos de Bomberos que trabajamos en la extinción del incendio aquel 19 DIC 1982 y que aun recordamos con tristeza y estupor todo lo acontecido; otros lo recuerda solo como un saludo a la bandera…. Será que estos camaradas caídos: BOMBEROS, PERIODISTAS, TRABAJADORES, HABITANTES DEL BARRIO, TRANSEÚNTES, PERROS, GATOS, MASCOTAS, TODOS EN GENERAL, se merecen que se les rinda (el 19 DIC 2019) un justo homenaje y reconocimiento por su nombre, por su trabajo, por su valor, por su gallardía y por el respeto que se merecen así como cualquiera de nuestros patriotas independentistas (claro esta, salvando las distancias correspondientes). A mi me enseñaron que antes de publicar un artículo, escrito, tesis y demás ….. primero hay que pensar, revisar, reformular y recontrarevisar si fuera necesario…… no se ustedes……..Saludos y mis respetos.

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