La trampa de la dolarización (l)




Reflexiones para una discusión latinoamericana

Introducción

Ecuador sorprendió al mundo en enero del 2000. Con la dolarización oficial plena de su economía fue el primer país de América Latina que sacrificó su moneda nacional e introdujo una moneda extranjera como de curso legal completo. Panamá era, hasta entonces, el único país que había asumido el dólar norteamericano, como resultado de una imposición externa a poco de su separación de Colombia en 1903. A inicios del tercer milenio, un año después que Ecuador, dos países centroamericanos -El Salvador y Guatemala, con diversos ritmos- se encaminan hacia la dolarización plena de sus economías.

En este contexto se profundiza la discusión sobre dolarizar o no las economías de América Latina. Y como van las cosas, en la mayoría de casos, “la decisión final sobre la dolarización plena no se impondrá ni se rechazará por los designios de la razón, sino que responderá a la dinámica derivada de la armazón de los intereses políticos hegemónicos y de la lógica del capital a escala internacional, respaldados por las cúpulas dominantes de los países latinoamericanos” (Schuldt). En otras palabras, la dolarización será más el resultado de decisiones y angustias políticas antes que la consecuencia de reflexiones técnicas.

Reconociendo, entonces, que la dolarización está al servicio de determinados intereses y alianzas hegemónicas dentro y fuera de cada país, y que su aplicación responde a procesos avasalladores propios de la mundialización del capitalismo, conviene hacer un análisis -sobre todo de economía política- desde varias aristas, resaltando las diversas implicaciones y las principales agendas involucradas, así como una serie de prejuicios e inercias que trascienden las racionalidades estratégicas.

1. La dolarización en el contexto de la “globalización”

La tendencia a la creciente integración global de los mercados de bienes y servicios, así como de los flujos financieros, impulsa la búsqueda de esquemas que permitan reducir los costos de transacción, las incertidumbres monetarias y los riesgos cambiarios existentes, alentando una mayor interrelación con la economía mundial. Esto conduce, de una u otra forma, a un cuestionamiento del sistema monetario internacional sustentado en la existencia de una moneda por cada país. Por lo que el mundo, se dice con frecuencia, estaría en camino hacia la constitución de pocas zonas monetarias, en el cual los actuales casos de dolarización unilateral o asimétrica serían simplemente respuestas adelantadas dentro de una corriente indetenible.

Las manifestaciones globalizantes, como es ampliamente conocido, se expresan en un constante choque de fuerzas centrípetas y centrífugas. Unas y otras, en una compleja relación dialéctica, reflejan las diversas lógicas dominantes y también aquellas estructuralmente marginadas. La “globalización”, como producto propio del sistema capitalista y como tal de vieja data, es ambivalente; por un lado homogeneiza e integra, pero por otro diversifica y desintegra. Así, la apertura comercial convive con la construcción de espacios de integración regional, en los cuales se proponen esquemas de centralización monetaria.

El caso más notable es la adopción del euro como moneda de doce países de la Unión Europea.

Sin embargo, no se puede comparar para nada la dolarización unilateral de Ecuador o El Salvador con el proceso de unidad monetario europeo. En Europa, luego de un complejo y largo proceso de convergencia de sus políticas macroeconómicas a partir de criterios de concordancia fiscal, garantizando en cierta medida la movilidad y flexibilidad de los factores de producción, se decidió crear y compartir una nueva moneda común. No se resignó el señoreaje. Todos los países europeos están representados en el Banco Central Europeo, con lo cual, al ceder voluntaria y consensuadamente una parte de su soberanía nacional, ganaron (?) en términos de soberanía regional. Y esta decisión, en la mayoría de países europeos, fue adoptada democráticamente. Por el contrario, los países que se han dolarizado oficial y unilateralmente no deciden absolutamente nada en el manejo monetario de Washington.

Aún cuando no se puede comparar la dolarización unilateral con la constitución de una zona monetaria óptima, hay que reconocer la influencia que tiene el euro para alentar la renuncia de la moneda nacional en determinados países de América Latina. Además, algunos países actuarían de esta manera por el miedo a quedarse marginados de los cambios internacionales pues, al renunciar a sus políticas monetarias y cambiarias, aspiran a integrarse aceleradamente a una economía más grande y exitosa, siguiendo la ilusa pretensión de acelerar la “globalización”. La mezcla de estos factores, a los cuales se sumaría el efecto “demostración” a partir de los “éxitos” que se puedan registrar en esta aventura dolarizadora, podrían ampliar y acelerar las renuncias a la moneda nacional.

En el ámbito internacional, de cualquier manera, no se puede asumir como que necesariamente se llegará un momento en el cual existan solo unas pocas monedas. En el actual proceso globalizante o de triadización, a más de las monedas nacionales, que todavía suman varias decenas, se perfilan -todavía marginalmente- muchas más monedas emitidas por gobiernos seccionales (“El patacón” en Buenos Aires, por ejemplo), así como monedas de origen social o dineros alternativos. De suerte que a los procesos de centralización monetaria, sobre bases supranacionales, se contraponen dialécticamente esquemas descentralizados.

Lo que sí es cierto es que, en medio de estas tendencias globalizantes, se cuestiona el sistema cambiario internacional como exigencia de las transformaciones tecnológicas y de la configuración de una nueva división del trabajo a nivel mundial. Una de cuyas manifestaciones es la polarización entre los tipos de cambio rígido -caja de conversión o dolarización-, y los tipos de cambio flexible, mientras que los otros regímenes cambiarios de flexibilidad controlada -minidevaluaciones o bandas cambiarias- habrían perdido terreno. No obstante, es prematuro anticipar cuál será el nuevo régimen cambiario y monetario dominante a nivel mundial como producto de los cambios en marcha.

2. La dolarización como instrumento para una integración (norte)americana

En el caso de los países latinoamericanos en particular, habría que ubicar la dolarización dentro de las tendencias integracionistas aceleradas con la creación del Área de Libre Comercio -ALCA-, durante la Primera Cumbre de las Américas en diciembre de 1994.

Con el ALCA, Washington quiere hacer realidad su viejo sueño de expansión económica y aun monetaria, incubado públicamente desde el siglo XIX. Desde entonces ha corrido mucha agua por el Potomac. Varios han sido los intentos hegemónicos norteamericanos para consolidar esquemas de control del resto de las economías de América. Todavía con cierta cautela hacia afuera, los EEUU alientan un proceso asimétrico de dolarización plena, pues, al parecer, tendrían el deseo de cristalizar una unión monetaria sin asumir costos y responsabilidades, lo cual hace de este intento algo único y no asimilable a la lógica de la Unión Europea.

La “International Monetary Stability Act” (IMSA), proyecto de ley impulsado por el senador republicano Connie Mack, sintetiza los principales argumentos de esta iniciativa. De esta manera, dicho proyecto -aún cuando no ha superado ese nivel- alimenta un ambiente propicio para que cada vez más países opten por esta decisión. Aunque cabe señalar que en realidad este proyecto es otra coartada para acelerar la dolarización, pues las posibles ventajas que ofrece el IMSA al compartir el señoreaje se harían realidad recién 10 años después de suscrito un convenio con los Estados Unidos. Y, algo más importante, la pérdida del señoreaje no es definitivamente el único, ni el principal problema que afronta una economía que se dolariza unilateralmente.

Con la incorporación unilateral al ámbito monetario de los EEUU se reducen las posibilidades para negociar una futura integración monetaria simétrica (si es que ésta fuera una opción a seguir). El país que se dolariza unilateralmente archiva, sin obtener nada a cambio, parte importante de su soberanía económica, como lo es la política monetaria y cambiaria.

Si bien es cierto que las economías latinoamericanas dependen ya en gran medida del mercado norteamericano, con la dolarización oficial, en realidad, se inclinarán mucho más hacia los EEUU. Así, una economía oficialmente dolarizada estará mucho más vinculada a un ciclo económico diferente, sin muchas posibilidades para desarrollar políticas contracíclicas cuando sean necesarias. Recuérdese que las economías latinoamericanas no avanzan al mismo ritmo de innovación y de incremento de la productividad sistémica que el de los EEUU. Un asunto preocupante, pues la economía de los países de América Latina difiere de la norteamericana no solo en su tamaño y peso específico en el contexto mundial, sino sobre todo en su especialización y en la productividad global de sus factores.

Esta decisión hará mucho más vulnerables y dependientes de la Reserva Federal de los EEUU (FED) a las economías que opten por esta vía, sin que tengan opción alguna para influir en sus decisiones. ¿Qué pasaría si la FED sucumbe a las tentaciones de una mayor emisión monetaria, tal como ha sucedido en otras ocasiones? Si se equivoca, no habrá posibilidad alguna de exigirle alguna rendición de cuentas, menos todavía desde un país unilateralmente dolarizado. Por eso quizás es ambigua la posición del Gobierno estadounidense frente a la dolarización. Por un lado comentan que no hay las premisas macroeconómicas básicas en algunos países, y por otro lado, impulsan al FMI para que ayude a la instrumentación de esta reforma monetaria; en el caso ecuatoriano a la duda inicial siguió un creciente respaldo, que ha estado presente en el caso salvadoreño desde el principio.

Con esta aparente oposición o indiferencia, Washington trataría de no exacerbar el espíritu antinorteamericano, mientras mantiene intacto o aún acrecienta su poder de negociación si se llega a la dolarización con alguno de los países mayores: Brasil, México, Argentina, Chile.

Luego, si surte efecto alguna aventura dolarizadora, aunque sea solo en su inicial fase consumista, sacarán provecho de la misma y si fracasa, no tendrán por qué asumir responsabilidad alguna.

Adicionalmente, cualquier variación en la política monetaria norteamericana impactará mucho más en una economía dolarizada que antes, sin que se pueda esperar alguna consideración para el país dolarizado. Una crisis mayor en los EEUU tendría efectos más profundos, pues no habrá la posibilidad de defensa que podría darse con una devaluación.

La respuesta de los organismos multilaterales es diversa, pero se ajusta en cierta medida a la lógica expuesta anteriormente para el Gobierno de Washington, aún cuando estos organismos hacia fuera intenten aparecer como neutrales. En el FMI y en el Banco Mundial no habría una posición oficial, pero llegado el caso aceptan y apoyan la dolarización; como muestra  la dolarización impuesta en el año 2000 a Timor Oriental y el apoyo al Gobierno ecuatoriano para que acelere el ajuste estructural.

Al mismo tiempo la dolarización afecta la posición del país dolarizado frente a los otros bloques económicos y aún frente a sus vecinos. Esta situación debe ser motivo de especial reflexión en países que no dependen fundamentalmente de la economía norteamericana y que tienen una significativa integración económica con Europa, Asia o con sus vecinos.

Por otro lado, si un creciente número de países, sobre todo sin preparación alguna, se suma a este esquema de dolarización, aumentarán las presiones externas sobre la FED y, en la práctica, hasta podría disminuir la actual confianza en el dólar, al tiempo que se limita la capacidad de maniobra de la política monetaria norteamericana. Este tema hay que considerarlo con seriedad, pues la economía estadounidense, la más grande y dinámica en la actualidad (en la cual se tiene fe ciega…), mantiene un elevado y crónico déficit en su Balanza de Cuenta Corriente, así como la mayor deuda externa del mundo.

Para la integración latinoamericana, andina, caribeña o a nivel del Mercosur, la adopción unilateral y sumisa del dólar como moneda nacional significa un duro golpe. Debilita la posibilidad de una unión horizontal, desde la cual podría procesarse una unidad monetaria común que permita mejores términos en una negociación internacional, hasta con los propios EEUU.

Como saldo de estas aventuras dolarizadoras los EEUU amplían su influencia en su “patio trasero”. La dolarización unilateral asoma como parte de una estrategia no explicitada por Washington, que se engarza con la creciente militarización de su política de relaciones exteriores. Una situación crítica si se considera que las prioridades de dicha potencia no coinciden con las prioridades de América Latina; realidad que llevó a que John Maynard Keynes se oponga a la aplicación de un programa de convertibilidad en Gran Bretaña a mediados de los años 20 en el siglo XX, puesto que, según él, era “un error creer que a largo plazo los estadounidenses vayan a administrar sus negocios de acuerdo a las conveniencias inglesas”.

La dolarización y sus rigideces en la gestión macroeconómica

La razón de ser de la dolarización radica fundamentalmente en el ofrecimiento de la estabilidad macroeconómica, que se conseguiría al desaparecer la emisión monetaria. Expectativa enraizada en la visión del renombrado profesor neoliberal y Premio Nobel de Economía Milton Friedman, quien asegura que “la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”. Desde esta perspectiva, el Banco Central sería el causante de todos los problemas. Eliminada esta debilidad estructural, provocada por la discrecionalidad de la política monetaria y cambiaria, la recuperación de la economía, a partir de su estabilización, estaría asegurada, dicen.

Con este ajuste monetarista se espera garantizar un manejo económico sano, o sea acorde con la racionalidad del WC, y que se reflejaría en la ansiada estabilidad de precios, el equilibrio fiscal, la reducción de las tasas de interés, la eliminación de la especulación y el establecimiento de un esquema económico que aliente el desarrollo.

-Palanca para consolidar el Washington Consensus (WC)

Para promocionar la dolarización se afirma que con ella se daría paso a un nuevo modelo económico. Se la presenta como un cambio económico general y estructural. Sin desconocer que ella es más que un simple cambio monetario, no hay como ser ingenuos como para creer que con ella se inaugura un nuevo modelo económico.

Con la renuncia a la moneda nacional se quiere llegar a una fase superior del modelo vigente, inspirado en el WC. No cambia el rumbo, a lo sumo anuncia el capítulo final de la larga y tortuosa marcha neoliberal (caso ecuatoriano) o pretende ser un ancla para institucionalizar los cambios socioeconómicos introducidos luego de dolorosos enfrentamientos internos (casos salvadoreño y guatemalteco). Y lo que es sugerente, su aparición coincide cuando dicho modelo da claras señales de agotamiento.

En síntesis, aún cuando la adopción de la dolarización es producto de la incapacidad de las élites gobernantes, esta medida es promocionada por las mismas élites como una innovación y hasta como la única alternativa disponible para estabilizar la economía.

Alberto Acosta

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