La trampa de la dolarización (y ll)




-Estabilidad de precios versus estabilidad real

Sin negar el potencial estabilizador que puede tener un tipo de cambio fijo en determinadas circunstancias, aquí conviene diferenciar entre estabilidad de precios y estabilidad real. Si por estabilidad se entiende una evolución de la economía real que evite o al menos mitigue la sucesión de grandes auges y caídas, un manejo flexible del tipo de cambio es superior al sistema de cambio fijo, sobre todo si éste es extremadamente rígido: la dolarización es su máxima expresión. Con un sistema de tipo de cambio fijo, una entrada significativa de capitales tiende a aumentar el crédito y la demanda internos, alentando el consumo, lo cual no necesariamente va en beneficio de toda la población o en favor del aparato productivo (normalmente frágil), que deberá competir con crecientes importaciones.

La defensa de un tipo de cambio extremadamente rígido, ante un déficit de cuenta corriente o una salida de capitales, provocará el alza de las tasas de interés, con el objeto de contener la fuga de capitales, y la consecuente disminución de la actividad económica, a fin de reducir las importaciones; al orden del día estarán las políticas contractivas…

En el caso de impactos exógenos, sobre todo en economías pequeñas abiertas, los ajustes ya no serán por la vía inflacionaria, pues los cambios de precios serán mínimos. Serán por el lado de las cantidades: menores salarios, mayor desempleo, aumento de la capacidad ociosa o simplemente cierre de aquellas empresas que no logren incrementar su competitividad. En este punto la mano de obra asumirá parte de las funciones de la política cambiaria.

Lo que es más grave, la estabilidad de precios no abre mecánicamente la puerta al desarrollo. Argentina en los últimos años, atrapada en la convertibilidad, con una inflación de cero y una profunda recesión ratifica esta aseveración.

Hay que tener presente también que, al tiempo que se elimina la política monetaria y cambiaria, crece la importancia de la política fiscal. Una política cuyo campo de acción resulta extremadamente limitado, sea por el peso de la deuda externa, por las mismas deficiencias del sistema tributario, por la ineficiencia en el gasto e inversiones fiscales, o por las incoherencias que generan las condicionalidades fondomonetaristas. El Presupuesto del Estado, en suma, consolida su posición como el campo de confrontación política por excelencia, con lo cual las crecientes presiones políticas podrán reflejarse en nuevos desajustes. Y su financiamiento deberá garantizarse con mayores tributos y crecientes tarifas de los servicios públicos; mientras que por el lado del gasto aumentarán las presiones para eliminar los subsidios y forzar el despido de funcionarios públicos, así como para reasignar los egresos en función del peso político que tengan los diversos grupos en la sociedad.

La misma dolarización a la postre dependerá del equilibrio fiscal, que no la produce mecánicamente. Sin él, más temprano que tarde, la dolarización no tiene muchas posibilidades de sobrevivencia debido a que un déficit fiscal provocaría distorsiones en el sistema y la consiguiente pérdida de credibilidad en el mismo, salvo que se pueda recurrir al endeudamiento externo.

Es indudable que la utilidad potencial de la dolarización radica en la posibilidad de crear un ambiente de mayor previsibilidad financiera, ante la ausencia del riesgo cambiario y también debido a la aparente irreversibilidad de la dolarización. Sin embargo, con esta sola medida no elimina el “riesgo-país”, ni las incertidumbres devaluatorias frente a terceros países. El tipo de cambio real no desaparece en una economía dolarizada; y su apreciación puede darse por efecto de perturbaciones internas o externas, por ejemplo con el incremento de los costos de producción o por el deterioro de los términos de intercambio, así como por una sobrevaluación del dólar.

Es cierto que con la dolarización no habría más presiones especulativas sobre el tipo de cambio existente entre la moneda nacional y el dólar, pues ya no hay moneda nacional. Pero de allí a esperar que la especulación en general sea erradicada, es una equivocación. Esta no es producto exclusivo del manejo económico de un país aislado y tampoco se produce solo en los mercados cambiarios. La especulación se nutre a gran escala en el mercado financiero internacional; y, en muchos países de América Latina y del mundo empobrecido, como se ve a diario, se reproduce en forma de caricatura. Con la dolarización tampoco desaparecerá el riesgo de corridas bancarias, tal como se ha visto en el caso panameño.

-Riesgos para la competitividad

Como se ha registrado muchas veces en economías que entraron en esquemas cambiarios rígidos, lo que se produce es un proceso de apreciación relativa de bienes y servicios nacionales. Lo cual tendrá, como es obvio, un impacto sobre el aparato productivo, en la medida que se producirá una indudable pérdida de competitividad y aumentarán las dislocaciones en la estructura económica.

La pérdida de competitividad relativa de las exportaciones resulta preocupante en un mundo imperfectamente competitivo, dominado todavía por tasas de cambio variables. De no existir la suficiente flexibilidad laboral el resultado sería más desempleo, menor utilización de la capacidad instalada y aún una significativa quiebra de empresas. Así, las exportaciones se verían obligadas a mejorar su competitividad despidiendo personal o reduciendo los salarios, así como forzando a cualquier costo la renta de la naturaleza.

Un país dolarizado, sin el potencial de respuesta adecuado, podría sufrir traumáticas repercusiones frente a una devaluación de sus vecinos. Ellos serán beneficiarios al encontrar una enorme ventaja comercial en la rigidez cambiaria, pues un país dolarizado, asumiendo costos en términos de producción y de empleo, exportaría “su” estabilidad. Los productos del país que devalúa se abaratarían, con el consiguiente encarecimiento de los bienes del país dolarizado: ventaja para sus consumidores con capacidad de compra, pero con el consiguiente deterioro de la competitividad de su aparato productivo. Esto se registra entre Argentina y Brasil, país que saca una importante ventaja en su lucha contra la inflación de la oferta de bienes primarios procedente de su vecino del sur, el cual, además, ha cedido importantes espacios a favor de los productos industrializados provenientes de Brasil. Y esto podría ocasionar, en consecuencia, mayores presiones recesivas con un consiguiente alejamiento de los capitales extranjeros, provocando aún el éxodo masivo de empresas, como ha sucedido en Argentina.

Por otro lado, ante la pérdida de competitividad, con este esquema monetario de fomento de las importaciones, podrían darse, en poco tiempo, nuevos estrangulamientos externos. Así, no será una sorpresa si un país dolarizado, en poco tiempo, entra en un acelerado y continuado proceso de endeudamiento externo, gracias a la recuperada “credibilidad” internacional provocada por la propia dolarización; Argentina es nuevamente un ejemplo digno de considerar en este punto. Allí, luego de una primera reducción de su deuda externa a poco de introducida la convertibilidad, ésta creció de una manera sostenida, incrementándose en más de tres veces sobre los valores previos a la reforma monetaria, y sigue subiendo… Y Panamá, con sus 13 renegociaciones con el FMI, entidad que ha asumido una función de prestamista de última instancia, es otra muestra de la adicción al endeudamiento externo propio de este tipo de rigideces cambiarias.

También de la experiencia panameña se puede concluir que la construcción de una amplia “integración financiera” internacional asoma como un requisito para evitar sobresaltos macroeconómicos mayores. Esto implica que, muchas veces, los ajustes se harán a través del portafolio de la banca privada, como mecanismo clave para el acceso al mercado de capitales externo, que servirá como válvula en los casos en que falten o sobren recursos financieros. De suerte que el sistema financiero desnacionalizado, concentrado, e integrado aún más al exterior será una banda de transmisión de recursos procíclica, sobre la cual debería recaer gran parte de los ajustes en una economía dolarizada.

Como si lo anterior fuera poco, con la dolarización se favorece el lavado de narcodólares, tanto por las facilidades que brinda la renuncia a la moneda nacional, como por la necesidad de establecer dicha “integración financiera”. Es fácil imaginarse cuáles serán las repercusiones económicas y hasta políticas en sociedades frágiles, cuando se registre un mayor ingreso de capitales provenientes de actividades ilícitas.

-Mayores heterogeneidades sociales y productivas

En Argentina, tal como ha sucedido en Panamá, el problema del desempleo no ha sido resuelto con la vigencia de un tipo de cambio fijo. Por lo contrario en el caso argentino el número de desempleados se ha estabilizado a un nivel alto, nunca antes registrado. Además, aún en el caso de que aumente el número de empleos (muchos de los cuales serán de baja calidad), no hay como esperar un incremento del ingreso real de los trabajadores. En Panamá (país dolarizado desde hace un siglo y que nunca ha asumido el papel de modelo económico de América Latina), si bien el ingreso real es estable en términos de dólares, los salarios de los trabajadores no calificados, que son la mayoría de la población económicamente activa, se mantienen en niveles de subsistencia. De facto, la combinación de tipo de cambio irrevocable y neoliberalismo ahonda las tendencias concentradoras y excluyentes: basta ver lo que sucede en Argentina.

Como correlato de lo anterior, los dolarizadores esperan enfrentar el problema con una mayor flexibilización laboral, opción que, como se ha visto en la práctica, no necesariamente trae los frutos esperados. Esta creciente flexibilización y desprotección laboral, no solo que dificulta acuerdos equitativos entre empleadores y trabajadores, sino que ahondará aún más la conflictividad social. Dicha conflictividad, al profundizarse las disputas distributivas e incrementarse los reclamos de los grupos marginados y perjudicados, encontrará diversas expresiones en el enfrentamiento de la alianza pro-dolarización y los grupos que se la oponen, cuyas composiciones variarán en la medida que aparezcan las rigideces cambiarias y sociales que provoca este matrimonio por interés entre la dolarización y el neoliberalismo.

En suma, sin negar la importancia que tiene un manejo cambiario confiable para alentar la inversión productiva nacional y extranjera, convendría tener presente que la inversión no se mueve exclusivamente en función de las perspectivas devaluatorias. A más de la estabilidad de la moneda hay otras condiciones importantes como la rentabilidad de los respectivos negocios, la capacidad de pago del país y aún su crecimiento, sin olvidar las condiciones de tranquilidad social y de institucionalidad jurídica.

Todo lo anterior redundará en la profundización de estructuras fragmentadas. Y esto aumentará las tendencias para profundizar la heterogeneidad estructural del aparato productivo, pues las mejoras de productividad de determinados segmentos de la economía, en su mayoría considerados como modernos, aumentará con la intensiva importación de maquinaria ahorradora de mano de obra y la incorporación de modernas tecnologías, en detrimento de los sectores productivos tradicionales con empleos precarios, de baja calificación y pobres ingresos. De hecho crecerán las diferencias de productividades entre los segmentos moderno y tradicional, un asunto que ahondará las raíces estructurales del subdesarrollo

6. A modo de conclusión

La dolarización, por último, es una decisión artificial y autoritaria que reduce la capacidad de maniobra de un país. Con ella se elimina la gestión cambiaria y monetaria en contradicción con lo que sería la fijación de este importante precio a través del mercado. Se renuncia al control monetario por parte de un Estado subdesarrollado para subordinarse al control de un Estado más grande. ¿Será que los dolarizadores no son tan liberales como dicen ser y que únicamente se refugian en el dólar para completar o arraigar las reformas estructurales inspiradas por el WC, cuando, apegados a la esencia de su ideología, más bien deberían apoyar un sistema de cambios flexible? Lo que demostraría, entonces, que el mercado no está en juego sino simplemente se defiende “la actividad privada en sí misma” (de Sebastián 1999: 54).

De todas formas, su aplicación, como parte del modelo neoliberal, representaría una claudicación oficial para impulsar un proyecto de desarrollo, al menos desde una perspectiva incluyente para la sociedad nacional en su conjunto. Y esto es grave, puesto que para gobernar en una economía globalizante, si es que realmente se desea una inserción colectiva de la sociedad en el contexto internacional, lo menos que se puede hacer es entrampar a un país con un tipo de cambio rígido.

Por eso es preocupante que se recomiende abandonar el uso de herramientas básicas de la política económica, como la monetaria y cambiaria, atando aisladamente la economía a un sistema inflexible, que puede gestar problemas insospechados. Una cosa es adoptar temporalmente un esquema cambiario rígido para romper expectativas hiperinflacionarias o si las principales monedas del mundo operan con un modelo de cambios fijo, otra completamente distinta es adoptarlo en un mundo en que las principales monedas fluctúan unas frente a otras. La dolarización, lejos de ser un piloto automático o si se quiere una restricción estimulante, equivale a un nuevo bloqueo, a la amputación voluntaria e innecesaria de un dedo de la mano, con lo cual la tarea recaería en los otros cuatro, algunos de los cuales también sufren severas limitaciones…

Es más, un país dolarizado, con toda la carga de recortes en su soberanía, prevalecientes hoy día, tendría menos capacidad de reacción y de gestión. Debilitaría aún más su capacidad para fortalecer y proteger el mercado interno, a la espera que los impulsos para su desarrollo provengan cada vez más de afuera. Y aunque pueda resultar paradójico, si se arrincona las políticas orientadas a favorecer el mercado interno, disminuirá también en forma ostensible el campo para el diseño y aplicación de una concepción estratégica que permita participar en forma activa en el mercado mundial. De facto, el proceso de reacomodo de la economía que provoca la dolarización ahonda las tendencias reprimarizadoras y las presiones desindustrializadoras en el aparato productivo, vigentes desde hace largo rato y que están procesando un régimen social de acumulación acorde con la nueva división internacional del trabajo impuesta por el capitalismo transnacional.

A fin de cuentas, los cambios requeridos para impulsar el desarrollo no surgirán espontáneamente con la introducción del dólar y tampoco con esquemas de apertura y liberalización a ultranza. En una economía dolarizada el desafío será mayor, pues una alternativa de política económica deberá incorporar también la desdolarización ordenada o sea la salida de la trampa que implica esta extrema rigidez cambiaria, cuando las condiciones lo permitan. A viejos retos habrá que ofrecer remozadas respuestas, viables en tanto beneficien a las mayorías, con la participación activa de las propias mayorías y con esquemas de mayor integración regional a nivel horizontal

Es tiempo, pues, de proponer respuestas que tengan en su mira la superación del modelo neoliberal para al menos civilizar el capitalismo. El asunto, visto desde una perspectiva integral del desarrollo, no se reduce, entonces, a una simple resolución del tema monetario y cambiario. Dolarizar o no dolarizar, esa no es la cuestión.

Alberto Acosta

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