Las Verdades desde Trafalgar Square + Video

Conocí a Eduardo Sanoja en los años 80 cuando abrazó el juego de riña, el juego de garrote del estado Lara. Se desarrolló el arte en una casa de dos pisos en Cabudare; utilizaba la planta superior para dictar clases de judo y artes marciales internacionales pero al descubrir aquella forma autóctona de defensa personal dejó atrás lo importado y lo oriental. No me acuerdo como lo conocí; creo que leí algo sobre su libro en el periódico local El Informador pero fui de visita y me invitó a conocer el juego. Practicamos con garrotes improvisados de ratán. Había en ese momento unos cinco jóvenes que acudían regularmente al centro. En el primer libro se presentó una puñalada de viejos luchadores del juego que Sanoja logró ubicar, convencer y compartir sus historias. Fiel a la tradición de enseñanza, el viejo maestro Mercedes Pérez le inició en ese mundo secreto y el maestro se convirtió en mentor del patio de juego de Sanoja.

Eduardo Sanoja

En aquel momento Eduardo estaba estudiando no solo la lucha sino también el mismo garrote, el palo, y tipos de madera que utilizaban los viejos y los empates de tejido. Su búsqueda coincidió con mi propio interés de conocer todas las cosas tradicionales de Lara. Después de meterme en los secretos del arte salimos juntos a investigar, y perseguir pistas tanto de viejos garroteros en la zona de El Tocuyo y Sanare como artesanos fabricantes del palo hecho de vera o jebe.

Me acuerdo de la primera de varias visitas al campo que hicimos: un señor que vivía en el pueblito de Versailles, entre Sanare bajando a Tocuyo, era la imagen de “El Benemérito”, Juan Vicente Gómez con sombrero, bigote y liqui-liqui abrochado en el cuello. Eduardo ubicó a otros jugadores con trayectoria en el baile del Tamunangue. Muchos de los maestros eran capataces en las fincas de la zona.

Me acuerdo que se practicaba también la lucha a cuchillo y con un garrote más pequeño. Lo que presencié de Sanoja fue su inmersión total en el juego, el experimentar y soñar de las líneas, ataques y defensas en el juego; creo que Sanoja dormía pensando en nuevas movidas, maniobras de mezquinar para ensayar el día siguiente. También montaba exhibiciones para dar a conocer el juego y cursos a compañías de seguridad para ganarse la vida. Como artista empezó haciendo bastones y palos pirograbados y bien tallados. Con su pareja salía a Caracas para vender los productos a los turistas o a coleccionistas; vivía de la venta, enseñando el juego y publicando sus poesías.

Julio Escalona

Una cosa que yo no sabía y de que nunca hablaba conmigo fue su juventud como guerrillero urbano hasta que Julio Escalona lo mencionara en un artículo homenaje. Me contaron que hasta izaron la bandera del FALN en el velorio de Sanoja entre “palos” de aguardiente y juegos de garrote. Como muchos otros militantes que participaron en los alzamientos de los años 60 y 70, Eduardo nunca aprovechaba de lo que algunos llaman “plusvalía revolucionaria”. Es una característica de muchos luchadores de aquella época de no hablar -ni con la familia- sobre su participación en actividades subversivas, aun cuando llegó Chávez al poder. Esta actitud la encontré también con otros subversivos de los 60 que conocí por ejemplo en la serranía de Coro cuando investigaba la trayectoria del esclavo negro rebelde de los tiempos coloniales, José Leonardo Chirino. Del artículo de Escalona entendí también el origen del nombre de su hijo Jacobo porque era su nombre de guerra. Julio Escalona también nombró otro compañero de Sanoja, Rómulo Niño que también falleció últimamente y que según Escalona trabajó siempre “desde el secreto, más bien desde el silencio”.

Otra cosa que me acordé de Eduardo en aquellas épocas de los noventa con el creciente énfasis de buscar las raíces de la cultura e historia de las culturas negras e indias de Venezuela fue su orgullo de aspectos positivos de la cultura española y europea. Otra sorpresa fue el descubrimiento de ancestros irlandeses de apellido Power y su alegría de recibir una copia del escudo de armas del clan Power.

Quizás el elemento de guardar secretos que siempre ha existido en las diferentes escuelas de garrote del estado Lara fusionó perfectamente con su pasado secreto y revolucionario. Vivía con la contradicción entre querer ampliar el juego y la tradición de guardar los misterios que aprendió de los maestros de educar a los pocos discípulos, cómo desarrollar sus propias movidas y vivir como venezolanos honestos, hechos y derechos.

La última imagen de gestos típicos de Sanoja fue un video de él estrujando una caña de azúcar en su taza de café cuando no se conseguía azúcar refinada y el refrán “¡No pasarán!”.

Patrick O´donoghue

Patrick.vheadine@gmail.com

 

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