López Obrador, el Presidente pragmático

El exalcalde de la capital de México, primer político de izquierda en ocupar el solio de Benito Juárez, logró hacer realidad su lema de campaña “a la tercera va la vencida”

Plaza El Zócalo

En el Zócalo de Ciudad de México no cabía un alma más. Las novecientas diez mil personas que según los expertos puede contener la emblemática plaza, habían llegado de muchas partes del país y desafiando los rigores del clima y el cansancio estaban ahí, gritando a todo pulmón, como en cualquier ranchera de madrugada: “Voto a voto, casilla por casilla”. Era el estribillo para pedir, en medio de sospechas de fraude, el recuento de los sufragios de la elección presidencial que el 2 de julio del 2006 había enfrentado a Andrés Manuel López Obrador, el de la “izquierda” y al oficialista Felipe Calderón Berti. Cuarenta y ocho días estuvieron los seguidores de AMLO (como lo apodan) en el Zócalo dando lugar a la más larga y multitudinaria protesta que se recuerde. Y aunque el reconteo mostró finalmente una exigua diferencia de 233.000 votos a favor de Calderón sobre un total de 30 millones, López Obrador había encontrado que su destino político no podía ser otro que la presidencia.

El sempiterno candidato de la izquierda, como empezó a ser llamado tras su segundo intento por alcanzar el poder en el 2012 contra Felipe Peña Nieto, logró esta vez sí, hacer realidad el que fuera su nueva consigna: “A la tercera va la vencida”.

Con una tenacidad singular, López Obrador reconstruyó el camino hacia la silla presidencial para desde allí “preparar una cuarta revolución en la historia de México”, según dice, después de la Independencia, las reformas liberales del siglo XIX y la Revolución mexicana. Esta promete un gobierno nacionalista y austero que combata la corrupción y la desigualdad.

Tan austero como el propio Presidente recién elegido que vive desde hace décadas en un apartamento de clase media en el sur de la capital, que en su época de gobernante viajaba en un modesto automóvil compacto, y que insiste en tomar como modelo la austeridad republicana que practicó en el siglo XIX Benito Juárez, el mandatario más querido de México.

López Obrador

A sus 64 años, el hijo mayor de los siete de Andrés Manuel López Román y Manuela Obrador González aún recuerda el abuelo materno exiliado en México por la Guerra Civil Española que llegó al puerto de Veracruz, su infancia en Macuspana, una villa del estado de Tabasco, en medio de los escasos recursos que rendía el almacén de ropa y la zapatería de la familia, y los libros que en lengua indígena mandó a imprimir siendo director del Instituto Indigenista de Tabasco, el primer cargo que asumió después de licenciarse en Ciencia Política en la Universidad Autónoma de México.

En Tabasco presidió el PRI, partido del que salió en 1988 para unirse con otros expriístas como Cuauhtémoc Cárdenas –tres veces candidato a la presidencia– para oponerse a la candidatura de Carlos Salinas de Gortari, y fundar con ellos el Partido de la Revolución Democrática (PRD) mientras lograba notoriedad por la toma de los pozos petroleros de Pemex y libraba batallas en contra de la privatización de la petrolera.

Estando al frente del PRD llevó a Cuauhtémoc a la Alcaldía de Ciudad de México. Pero el gran salto en su carrera política lo dio el año en que cambiaba el milenio. Como resultado del mismo proceso electoral que terminó con setenta años de hegemonía del PRI, López Obrador ganó las elecciones para jefe de gobierno de la capital del país, con el lema “Por el bien de todos, primero los pobres”. Ese fue un periodo muy importante porque logró poner en práctica algunas de sus ideas: disciplina financiera y austeridad. Con ellas puso alas a una política social que le dio pensión a los ancianos, subsidios a las madres solteras, libros gratis a los estudiantes y medicinas a los más vulnerables. Las ruedas de prensa diarias a las seis de la mañana para dar información sobre los hechos del día anterior en aras de la transparencia.

Para el 2003 ya era el político más popular del país, con aprobación de alrededor del 80%. El presidente Vicente Fox trató de descarrilarlo al promover un juicio de desafuero, pero lo que hizo fue fortalecerlo: cientos de miles de personas salieron a las calles a apoyarlo. Su carrera a la presidencia en las elecciones de 2006 parecía imparable.

López Obrador y Donald-Trump

No todo fue color de rosa. En el 2003 conoció la viudez al perder a su primera esposa, Rocío Beltrán, a causa de una afección cardiaca. Ella le dejó tres hijos: José Ramón, Andrés Manuel y Gonzalo, el cuarto, Jesús Ernesto, de 11 años, es hijo de Beatriz Gutiérrez Müller con quien se casó en segundas nupcias, y es su compañero del beisbol para hacerle fuerza a los Cardenales de San Luis.

Tras fracasar en su segundo intento presidencial, sobrevivió a un infarto en la Navidad del 2013. Desde entonces corre cuatro kilómetros diarios, no trasnocha, no toma licor, pero no se resiste ante un asado, el puchero, el chicharrón y las Gotas de Miel de San Luis Potosí.

Tampoco resistió a su gran ambición política. Fundó hace cuatro años el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y empezó una nueva carrera hacia la presidencia. Esta vez tenía muy claro que debería acabar con el “fantasma” de Hugo Chávez que frustró su primera elección por el “peligro” que representaba para México. Con su reconocido pragmatismo pactó con líderes sindicales de dudosa reputación, representantes de la extrema derecha y recién llegados a la política como el exfutbolista evangélico de Cuauhtémoc Blanco. Para ganarse al sector empresarial nombró coordinador del programa de gobierno a Alfonso Romo, un conocido empresario de Monterrey, y presentó anticipadamente a quienes serán los miembros de su gabinete, un grupo plural, con una estricta igualdad de género (ocho hombres y ocho mujeres).

Con el electorado conecta con asombrosa facilidad, desde las clases populares hasta los jóvenes y sectores cultos, con él están las escritoras Elena Poniatowska y Laura Esquivel. Su discurso de izquierda se planta en la preocupación por la desigualdad y la pobreza, con la convicción de que es necesaria una mayor presencia del Estado en la economía para fortalecer el mercado interno. Y un nacionalismo a ultranza que desecha las fórmulas políticas y económicas impuestas desde fuera.

Partidarios y adversarios reconocen al gran líder capaz de cambiar las flaquezas. En esta campaña, por ejemplo, optó por una línea moderada, incorporó al equipo economistas con posgrados en el extranjero prometiendo una política fiscal responsable, el control de la deuda externa, y ahorro en el gasto recortando un tercio de la alta burocracia, la vieja fórmula exitosa de su Alcaldía en Ciudad de México. Para demostrar que es un político moderno, fue capaz de cambiar la guayabera por la chaqueta formal en las reuniones con empresarios, petroleros y banqueros en Nueva York, Washington o Chicago. Y aceptar la invitación de su amigo Jeremy Corbyn, líder del partido laborista en Londres, y de los presidentes de Chile, Ecuador y El Salvador.

Pero su victoria electoral quizá no sea suficiente para quitar del imaginario de sus adversarios la idea del político mesiánico, antirreligioso e intolerante. Tanto cuanto su elevada concepción de sí mismo como autoridad moral, y las alianzas para llegar al palacio presidencial donde vivió Hernán Cortés.

Contra todos los oponentes AMLO pasó de largo. Atrás dejó a sus rivales Ricardo Anaya Cortés el joven del PAN, y a José Antonio Meade, el veterano del PRI. Él, que disipó los miedos llamándose a sí mismo “Ni Trump, ni Chávez, un producto hecho en México”, logró lo que se prometió: “A la tercera va la vencida”.

Elisa Pastrana

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