Miss Venezuela: ¿Momento propicio para eliminarlo?

En una de las ediciones del Concurso de Miss Venezuela de la década de los años 70 del siglo XX, una concursante que representaba al Estado Aragua, declaró a un periodista de una revista de farándula, luego de finalizado el certamen, con un tono de despecho y decepción, su protesta porque consideraba que el veredicto del jurado había sido injusto, además de denunciar los sacrificios que había hecho para llegar hasta el final, la utilización de que había sido objeto por parte de los organizadores y lo que consideraba un engaño. Su voz se ahogó entre los estertores ampulosos que deja un concurso como éste.

Son muchos los escándalos, protestas y reclamos que ha producido esta franquicia comercial a lo largo de toda su historia. En los mismos años 70, en el inicio de una de las ediciones, un grupo de mujeres irrumpió en el Teatro con pancartas y gritos para denunciar lo que ya entonces se oía en la calle como un sínodo de mentiras, tráfico humano, publicidad, explotación de la imagen de la mujer, superficialidad, trampas. Cada año se demuestra que este Concurso alimenta con chismes, corrillos, estupideces, banalidad, cursilería algo que denominan “periodismo de farándula” e impregna a buena parte de la cultura ciudadana. Siempre este programa televisivo termina en un sainete de insultos, denuncias murmuradas, rencores, injurias, bofetadas. A los organizadores les apasionan estos escándalos porque forma parte del guión mercantil que les da dividendos (incluso políticos) y cada tanto salen a los medios para carcajear su satisfacción y los dólares obtenidos.

La franquicia Miss Venezuela responde a intereses transnacionales desde hace décadas atrás. En los años 50 del siglo XX, el triunfo de una mujer venezolana en un certamen llamado Miss Mundo, fue utilizado como propaganda por el gobierno del general Marcos Pérez Jiménez (1948-1958) y fue explotado hasta la saciedad en los medios de comunicación de un país en donde lo más notorio eran los suicidios desde los puentes, los robos de gallinas y el juego del 5 y 6 que ya cobraba auge; y donde se escondía las luchas contra la dictadura y el imperialismo por parte de un pueblo que se organizaba políticamente. Esta marca comercial se fue fortaleciendo con el apoyo de empresas periodísticas, radiales y televisivas que le han servido de colchón desde entonces. Con el advenimiento de la democracia representativa en 1958, el concurso alcanzó más notoriedad. Luego, con el dólar a 4,30 y un precio del barril de petróleo que alcanzó niveles siderales, en la llamada Venezuela Saudita de los años 70 se constituyó este torneo como una especie de “ideal nacional”. Toda familia de la burguesía ponía sus ojos en el rostro y cuerpo de una hija que calzaba las medidas del Miss Venezuela; su fiesta de 15 años era el preludio de lo que podía ser su entrada al afamado concurso.

La explosión de banalidad y superficialidad llegó al tope en los años 80, cuando el certamen produjo que varias venezolanas ganaran ediciones internacionales de importancia mediática. Durante los gobiernos adecos de Luis Herrera Campins (1978-1983) y Jaime Lusinchi (1983-1988) se aprovechó esta notoriedad para promover al país como un “productor de mujeres bellas” y el Miss Venezuela se constituyó en un icono de fantasía, banalidad y falsedad que viajaba por los medios nacionales e internacionales con una legitimidad asombrosa (una Miss Universo de entonces llegó a decir que “el general Pinochet era una buena persona”). El mentor fundamental del concurso, al cual llegaron a llamar “El Zar de la Belleza”, se convirtió en un potentado cuya imagen televisiva y publicitaria se atrevía a dictar modelos de comportamiento y urbanidad. Algunos de los nombres de estas Misses triunfantes llegaron a ser epónimos de barcos de nuestra marina mercante. Muchas de ellas alcanzaron portadas de medios privados y las burlas de los programas cómicos de la TV por sus respuestas escasas de criterio.

La actual situación del Miss Venezuela no es nacional sino internacional. Recordemos que la franquicia Miss Universo y demás filiales fue comprada por Donald Trump quien la utilizó para promover su imagen política desde la farándula y su ascenso a la Casa Blanca. La era Trump en estos concursos de belleza sirvió a las oligarquías del mundo para hacer un conveniente ejercicio de banalización de la política como acto ciudadano que tiene al escándalo mediático como su alimento principal, amén de que le sirvió a Trump para tratar de borrar su ganada fama como empresario especulador y tramposo, además de preparar su candidatura presidencial. Un simple seguimiento de los Miss Universo durante el reinado Trump y encontraremos que los escándalos producidos con deliberada intención se sucedieron año tras año para insultar países y juguetear políticamente con las redes. Lo que es el lenguaje agresivo, burlesco, subestimador, violento del Trump presidente de hoy, lo cocinó a fuego lento entre onerosas bambalinas, sarta de estupideces, informaciones nimias, chismes de magnates y sonrisas prefabricadas de muchachas tristes que los medios transnacionales construyeron para este peligroso magnate del espectáculo que ya había quebrado en la rama inmobiliaria y luego se transformara en la amenaza que es hoy para el mundo. El capitalismo ya no produce nada bueno.

En Venezuela y demás países los concursos de belleza han llegado hasta las escuelas de educación primaria. Aún se utilizan las elecciones de reina de carnaval para promover e imponer esa discriminadora, mercantil y racista idea de la belleza. Hay toda una red de academias en donde caen padres, madres en perjuicio de sus hijas (niños, niñas y adolescentes) a través de peligrosas ideas mercantiles disfrazadas de actividades deportivas, teatrales y de modelaje. Se trata de una mafia vinculada con los medios para producir mercadería humana que esconde proxenetas, pedófilos y toda clase de tipos sociales en proceso de ruina ciudadana. Lo que hoy se coloca en las redes como un escándalo de la empresa Miss Venezuela a lo que muchas y muchos ya están acostumbrados, es la denuncia de una mazmorra de tráfico de cuanta cosa perversa puede perjudicar y arruinar la vida de seres humanos, sobre todo de mujeres.

Pudiéramos estar en el momento propicio para investigar a fondo a estas “organizaciones faranduleras (o fraudulentas)” que de seguro nos conducirá a descubrir una olla descompuesta donde se cocinan las peores cosas sociales y que nos posibilite la eliminación oficial, y para siempre, de estos “torneos” que sólo producen mentiras, superficialidad, decepción y delincuencia. Esta es, sin duda, una decisión revolucionaria. ¡Fuera los concursos de belleza!

LA GUARIDA DEL DRUIDA

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