Nunca en la historia el índice Dow Jones había caído tantos puntos como el lunes pasado

Nunca en una misma sesión el índice neoyorquino del Dow Jones había caído tanto: 1.560 puntos. Horas más tarde, ocurría lo mismo en Japón: el índice Nikkei, señalaba Reuters, anotaba su mayor caída desde noviembre de 1990. Al cierre de los mercados asiáticos, todas las bolsas europeas abrían con pérdidas: Londres, Madrid, París, Fráncfort… Todo ello, por cierto, mientras los pronósticos soplan favorables a economías distintas como la de EE UU y las europeas.

¿Entonces?

Descarrilar el tren antes de que caiga por el desfiladero

A finales del año pasado, diversos estudios procedentes de instituciones como el Fondo Monetario o el Banco de Pagos Internacionales alertaba de un posible sobrecalentamiento en la economía mundial. La razón era el endeudamiento excesivo, situación que recordaba a aquella otra que anticipó la crisis de 2008, diferente en esta ocasión por los actores implicados: ahora los agentes endeudados no eran, entre tantos otros, familias, sino economías en desarrollo; sobre todo, las asiáticas.

Como constataba el informe del BIS, el endurecimiento de los bancos centrales para frenar el crédito no estaba dando resultado; además, el hecho de que todos los análisis subrayasen las perspectivas de crecimiento de la economía mundial invitaba a tomar riesgos. A ello se unían, además, los antecedentes: en caso de caos total, la asistencia pública parecía asegurada. Algo parecido recordaba Larry Elliott: “los mercados creen que si actúan de manera irresponsable y rompen otra burbuja especulativa, la respuesta de los bancos centrales serán intereses a cero, o negativos (…) Las autoridades monetarias se han creado un enorme problema de riesgo moral”.

En un escenario así, la Reserva Federal decidía subir los tipos en diciembre del año pasado. Precisamente, Jerome Powell asumía la presidencia de la Fed después de que varios miembros de la institución apuntasen a que la subida de los tipos inevitablemente se volvería más agresiva. Frenar así los mercados es una manera de prevenir daños mayores a futuro. En función de las políticas aplicadas, cambiará la magnitud del impacto.

La paradoja de los mejores sueldos… y las malas noticias

El pasado viernes conocíamos que el desempleo en Estados Unidos había caído al 4,1%, su tasa más baja en 17 años, y que la media de salarios había aumentado a un ratio anual del 2,9, su más alto repute en ocho años. Problema (para los mercados): a Wall Street le preocupa la inflación. O como recordaba el New York Times: “Las malas noticias para los inversores parecen motivadas en parte por las buenas noticias de los trabajadores. Y puesto que la mayoría de la gente gana más dinero con su trabajo que con su cartera de inversiones, se trata de una situación preferible para la mayoría de la gente”.

“Acerca del desplome –señalaba también Paul Krugman–: si hay alguna noticia detrás de todo esto, eso son los datos del empleo del viernes, los cuales mostraban un significativo aunque no tremendo aumento de los salarios. Ahora bien, el aumento de los salarios es algo bueno. De hecho, el fracaso a la hora de aumentar los salarios hasta ahora ha sido una deficiencia profundamente frustrante en la, por lo demás, recuperación duradera que empezó a comienzos de la administración Obama”.

Resaca de reforma fiscal

Señalan también los analistas que, visto en perspectiva, la caída experimentada por la bolsa de Nueva York no fue en realidad tan honda: por un lado, los últimos 18 meses ha sido uno de los periodos menos volátiles de nuestro tiempo; por otro, los niveles a los que el índice regresó fueron a los de mediados de diciembre, apenas menos de dos meses atrás. De hecho, fue a comienzos de año cuando arrancaba un importante repunte después de que Trump anunciase la reforma fiscal celebrada por las grandes corporaciones.

Que los sueldos suban a la vez que las grandes corporaciones celebran el ajuste fiscal y la Reserva Federal enfría la economía sobrecalentada puede ser indicador de una maniobra genial. Ocurre también que sobre el horizonte hay un dólar débil, una inflación en aumento y una creciente toma de riesgos que evocan el escenario previo al colapso de 1987.

Antonio J. Rodríguez

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