Robert (Bobby) Sands prefirió la muerte en la cárcel a la humillación de Margaret Thatcher

1981- 2018 37 años

En la madrugada del 5 de mayo de 1981 lo único que se escuchaba en las calles de Belsfast occidental -la parte católica de la ciudad- eran los golpes contra los cubos de basura y los silbatos. El duro Robert Sands, a sus escasos 27 años, acababa de morir. Miembro del Parlamento británico por el distrito Fermanagh-South Tyrone lideró durante 66 días una huelga de hambre por los presos del Ejército Revolucionario de Irlanda confinados en la ruda cárcel de Maze. Su protesta obtuvo la atención mundial. El propio Juan Pablo II envió a uno de sus delegados de confianza para convencer a Bobby que dejara la lucha que lo llevaría a la muerte. Nada lo doblegó.

Rosaleen Sands con su hija Marcella en 1981

Sin probar ningún alimento empezó a notar como los huesos se le quebraban. El roce con la piel le producía un dolor intenso. Las últimas 48 horas de vida las pasó en coma, rodeado de toda la gente que lo quería. Una semana antes de perder el conocimiento, con los labios cuarteados y los ojos hundidos le suplicó a su mamá que no fuera administrarle suero alguno. No quería ningún tipo de intervención médica. Con el alma en un puño su mamá obedeció. Afuera, mientras la zona de creencia protestante observaba los hechos con indiferencia, los barrios católicos hervían de rabia. Se montaron barricadas y se enfrentaron al ejército británico con bombas de ácido y Molotov.

Desde el siglo VIII los irlandeses se acostumbraron a hacer huelgas de hambre. El IRA la había adoptado en 1972 cuando, con ese tipo de protesta, 10 de sus integrantes, presos en la infame cárcel de Long Kesh, cerca de Belfast, consiguieron que el gobierno conservador de Edward Heart les concediera vestir su propia ropa, estar exentos de tener trabajo penitenciario, derecho a libre asociación en celdas y hasta una reducción de pena.

Nueve años duraron los logros ganados a punta de luchas. El primer ministro Harold Wilson se los quitó. Bobby Sands, recluido en Maze, no necesitó el permiso de los líderes del IRA para tomar la determinación de dejar de comer durante 66 días esperando que se restablecieran los derechos que se habían ganado sus compañeros.

A Sands lo siguieron otros presos en diferentes cárceles de toda Irlanda. A los 15 días cientos de reporteros de todas partes del mundo arribaron a Belfast. Había sido detenido en 1973 por porte ilegal de armas. Al frente de Inglaterra estaba, desde 1979, Margaret Thatcher. La líder del partido conservador y Unionista no cedió a la presión. Era la Dama de Hierro, dura y fría. Los medios la crucificaron. No podía permitir que un miembro de la cámara de los comunes muriera de hambre en una cárcel británica. Pero lo hizo y un día después de su muerte dio la razón de su decisión: “El señor Sands era un criminal convicto, que optó por quitarse la vida. Fue una elección que su organización no dio a muchas de sus víctimas”.

La muerte de Bobby Sands no fue en vano. 550 mil personas inundaron las calles de Belfast el día de su funeral. Pocos días después otros presos que siguieron su ejemplo como Francis Hughes, y Michael Devine morirían en días posteriores. Al final de la huelga se contaron 10 cuerpos de los guerreros del IRA. Las familias de los combatientes los convencieron de abandonar la protesta. Bobby Sands se transformó en la imagen de las calles de Belfast. Sus murales aún están en la capital de Irlanda del Norte.

Las dos orillas

El diario de Bobby Sands (Extracto)

Me voy a morir y mi muerte será una victoria del pueblo levantado

Me encuentro en el umbral de otro mundo estremecedor. ¡Que Dios tenga piedad de mi alma!

Mi corazón está muy desolado porque yo sé que he roto el de mi pobre madre y que mi casa está hundida en una ansiedad insoportable. Pero he considerado todos los argumentos, he intentado todo para evitar lo que hoy es inevitable: nos forzaron a mí y a mis camaradas a ello, al imponernos cuatro años y medio de inhumanidad

Soy un preso político. Soy un preso político porque soy víctima de una guerra perenne entre el pueblo irlandés oprimido y un régimen foráneo, opresor, rechazado, que se niega a retirarse de nuestro país.

Afirmo y defiendo el derecho de la nación irlandesa a tener su independencia soberana y el derecho de cada irlandés y de cada irlandesa a defender ese derecho, por medio de la revolución armada. Por eso estoy encarcelado, desnudo y torturado.

En mi espíritu torturado predomina la convicción de que jamás podrá haber paz en Irlanda mientras no sea eliminada la foránea y opresora presencia británica, dejando a todos los irlandeses unidos controlar nuestros propios asuntos y decidir nuestros propios destinos como un pueblo soberano, libre de cuerpo y de espíritu, independiente y distinto física, cultural y económicamente.

Creo que no soy sino otro de esos pobres irlandeses nacidos de una generación que se levanta, animada por un deseo profundamente arraigado e inquebrantable de libertad Me voy a morir no solamente para acabar con la barbarie del Bloque H o para obtener el legítimo reconocimiento de mi status de preso político. Necesitamos una victoria porque una derrota aquí en la cárcel es una derrota para la República y para los pobres oprimidos, que yo estoy profundamente orgulloso de conocer como “el pueblo levantado”

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