Suicidios políticos: De Alan García a Alem, pasando por Hitler y Allende

El suicidio de Alan García en Perú se inscribe en una larga lista de políticos de muy diferentes vertientes que se quitaron la vida, en distintas épocas y circunstancias. Pero hay un hilo conductor en ese mensaje póstumo que deja el acto de elegir la muerte antes que el destino, en la mayoría de casos, de la cárcel y el oprobio.

El ex presidente peruano, Alan Gabriel Ludwig García Pérez, se vio acorralado por la justicia y decidió suicidarse, en su propio domicilio, en el momento exacto en que fueron a detenerlo. En un mes iba a cumplir 70 años Es muy difícil determinar con precisión las causas que llevan a que una persona decida quitarse la vida, aún en medio de un encierro sofocante. En términos de política contemporánea es imposible no contrastar esta actitud con la de Luiz Inácio Lula da Silva, encarcelado desde hace un año acusado de corrupción y dispuesto a dar lucha. Hay muchas variables a la hora de analizar las diferencias y similitudes. Desde las tendencias psicológicas individuales, la desesperación, los contextos políticos, el sentido del honor, y el acto mismo del suicidio como mensaje político. El caso de Alan García se inscribe en una línea en donde aparecen figuras políticas tan diferentes como Leandro N Alem, Adolf Hitler, Getulio Vargas, y Salvador Allende, entre muchos más.

La orden de detención sobre García se dispuso en el marco de las investigaciones judiciales ligadas a la trama de corrupción vinculada a la constructora brasileña Odebrecht. Se trataba de una detención preliminar por diez días, luego de la cual la fiscalía podía haber solicitado su arresto preventivo hasta por tres años mientras se desarrollara el proceso judicial en su contra. No era la primera vez que se veía involucrado en denuncias de corrupción. En 1985, a los 36 años, se convirtió en el presidente más joven en la historia de Perú luego de ganar ampliamente las elecciones como candidato del socialdemócrata Partido Aprista. En aquellos años su postura confrontativa con el FMI originó amplias simpatías en Argentina que se expresaron en afiches callejeros en ocasión de su llegada al país: “Patria querida dame un presidente como Alan García”. Era un golpe por elevación al entonces presidente Raúl Alfonsín. Pero esa experiencia terminó muy mal: hiperinflación, violencia política, y acusaciones diversas de corrupción. Durante el gobierno de Alberto Fujimori, que intervino el Congreso y el Poder Judicial, se pidió su captura y logró huir del país. En aquel entonces pudo barnizar todas las acusaciones como persecución política e incluso en 1994, la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos denunció al Gobierno de Fujimori por violación de los derechos a la libertad, a la seguridad y a la debida defensa de Alan García y le pidió al gobierno peruano dejar sin efecto los procesos iniciados. Volvió a la presidencia en 2001 y esta vez se embarcó en la cruzada neoliberal del ajuste y las privatizaciones. ¿Por qué esta vez se suicidó? ¿Se sintió traicionado? ¿Lo embargó un sentimiento de culpa y vergüenza? ¿No pudo soportar el método moderno de persecución política que es la acusación judicial? Desconocemos por completo si las acusaciones eran ciertas o difamatorias. Las lecturas políticas de este acto se dividen entre los que denuncian que es un político injuriado en su honor, y entonces su acto es una especie de denuncia, un mensaje póstumo de republicanismo; los que lo quieren menos esgrimen que las pruebas en su contra eran abrumadoras y la vergüenza y el ocaso que le aguardaban estaban más allá de sus posibilidades de resistencia. Sin embargo, los motivos del suicidio son insondables.

Émile Durkheim

En 1897, Émile Durkheim, pionero de la sociología, escribió un famoso ensayo sobre el tema del suicidio. Los factores que el analiza propenden a enfatizar en las raíces sociales y culturales que estadísticamente pesan más a la hora de tomar la decisión de quitarse la vida. El gran aporte es sacarle el peso exclusivo al individuo suicida y ponerlo en contexto. El punto que nos queda flaco en ese análisis, es el de la explicación de por qué en igualdad de situaciones sociales, económicas y culturales alguien decide suicidarse y otros no. Obviamente para ese hilado fino interviene la psicología. Sigmund Freud, contemporáneo de Durkheim, analizó el tema desde el punto de vista de la violencia del sujeto que se vuelve contra sí mismo. Hasta aquí no muy lejos del planteo pulsional freudiano de Eros y Tánatos o del “ser-para-la-muerte” de los existencialistas. Desde la filosofía, Ciorán (En las cimas de la desesperación, Barcelona, ed. Tusquets, 1991) proclama que lo importante en el suicidio lo constituye el hecho no poder vivir más –así– debido al desencadenamiento de una terrible tragedia interior. Pero en política, cuando hablamos de personajes de la enorme talla de Alan García, podemos recurrir a la historia para tomar el suicidio como mensaje, como afirmación política. Todo acto humano encierra un mensaje plausible de interpretación. El suicidio, sin duda, también es un discurso.

Leandro N.

Uno de los más prominentes fundadores de la UCR, Leandro N. Alem, se suicidó en 1896.un año antes que la publicación de Durkheim, se subió a un carruaje y le pidió al cochero que lo lleve a el Club El Progreso, se pegó un tiro en la sien durante el viaje, junto al cuerpo encontraron un manuscrito: “Perdónenme el mal rato, pero he querido que mi cadáver caiga en manos amigas y no en manos extrañas, en la calle o en cualquiera otra parte”. Derrotado una y otra vez, desilusionado del rumbo del país y del de su partido, prefirió romperse a doblarse.

Getulio Vargas

En marzo de 1962, en vísperas de su derrocamiento mediante un golpe de Estado, Arturo Frondizi pronunció un discurso que llamó la atención en uno de sus párrafos: “No me suicidaré, no me iré ni cederé”, en la lógica política de aquellos años el suicidio era una de las posibilidades que barajaban los grandes líderes acorralados. Solo ocho años antes, en Brasil, el cuatro veces presidente Getulio Vargas se pegó un tiro, también dejó una carta testamento: “Más de una vez las fuerzas y los intereses contra el pueblo se coordinaron y se desencadenaron sobre mí… Nada más les puedo dar a no ser mi sangre”. Acorralado y casi vencido, el último gesto se constituye en una afrenta a la causa, un golpe moral al enemigo.

Adolf Hitler

Según la colosal biografía de Adolf Hitler que escribió el historiador inglés, Ian Kershaw, en el famoso bunker el Fhurer esperó hasta último momento el resultado de la caída de Berlín. Si los primeros en llegar hubieran sido los norteamericanos, el no se hubiera suicidado, pensaba apostar por una continuidad de la causa nazi desde la cárcel, hubiera intentado luchar por salvar la memoria de sus años de terror. Pero los que llegaron fueron los rusos, los comunistas, entregarse a ellos, darles esa victoria hubiera desdibujado toda su trayectoria. Eligió quitarse la vida y la de su cónyuge como el último discurso, el mensaje final.

Salvador Allende

Desde las antípodas del pensamiento político, Salvador Allende en el Chile de 1973 eligió el mismo camino. No renunció, no se entregó, no les dio a los golpistas de Pinochet la posibilidad de humillarlo. Se discutió mucho el valor de ese gesto. No importa aquí esa polémica. Lo que interesa rescatar es que no se trata de un simple acto desesperado, o de una depresión, el suicidio fue un lenguaje de época, una elección política de personajes que entregan sus vidas enteras a las causas que defienden, y que deciden también escribir el último capítulo del guión de sus biografías.

La ola mundial del uso judicial de la persecución política, acompañados de la difamación personal más absoluta, operan sobre seres humanos que pueden reaccionar aumentando su resistencia, doblegándose como tanto ejemplos hemos visto, o como reaccionó Alan García, no es la salida más común, pero no era una posibilidad descabellada ni inédita. Más allá de toda consideración psicológica individual, los personajes de gran trascendencia saben, hasta el último segundo antes de que salga el tiro, que su muerte generará efectos polémicos en la sociedad en la que viven.

Sergio Wischñevsky

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