Un florero llamado Iván Duque

“Sin escribir en las hojas de la historia actos que generaran de fondo un impacto social ‘dirigirá’ el Ejecutivo”

La historia la escriben los hombres, dice una frase popular en el ámbito académico filosófico, la cual considero cierta, partiendo de la premisa indispensable de que el sujeto es la centralidad, pero en medio de una estructura (mundo que vemos) de la que también hace parte.

Es decir el hombre, mediante actos, sean buenos o sean malos, ayuda a escribir la historia. Esto ocurre comúnmente en nuestro registro existencial. Por ejemplo, Jesús de Nazaret significó mediante actos metafísicos o divinos el cambio radical de una era, ampliando su legado hasta nuestro tiempo. Lo mismo, en un plano local, indujo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco, mejor conocido como Simón Bolívar, quien liberó del yugo colonial a un pueblo oprimido por la realeza despiadada de la imperial España, que hoy aún intenta arrebatarnos nuestros minerales y tesoros como el galeón San José. Definitivamente, quien no conoce su historia está condenado a repetirla, o veces obligado a repetirla.

Este nuevo milenio en Colombia se encontró a dos figuras del espectro político que ayudaron a escribir su historia, uno llamado Gustavo Petro Urrego y otro, Álvaro Uribe Vélez:

Alvaro Uribe e Iván Duque

El primero, nacido en la clase media, experimentó desde su juventud la dureza de un Estado indiferente. Por eso escaló progresivamente los escaños del poder popular, organizando el movimiento Colombia Humana, perteneciente a la izquierda democrática. Y aunque soporta sobre sus hombros ser exmiembro de la subversión y la persecución constante en su contra por denunciar la parapolítica y demás carteles conexos, esa lucha contra los poderes facticos de un Estado gobernado por una dirigencia tradicional nada confiable le abrió un lugar en la historia del país.

Por otro lado, el segundo tuvo una juventud cómoda, pero no ajena a la problemática del país, ya que fue formado en espacios de poder que lo llevaron posteriormente a formarse para ser director de la Aeronáutica Civil y dos veces presidente de Colombia. Sin embargo, cuenta con una biografía llena de supuestos vínculos con lo más oscuro del crimen organizado en el país, teniendo cerca de 28 procesos en la Corte Suprema de Justicia y otros tantos en la Comisión de Acusaciones. Además, actualmente está vinculado a un proceso judicial por falsa denuncia y presunta manipulación de testigos. No obstante, más allá de sus actos o supuestos actos, aplicando el principio de inocencia, significa un fenómeno político, utilizando él, como “presidente eterno” de su partido, la bandera de la seguridad democrática, copiada de la filosofía del conservatismo alemán de la posguerra y las políticas internacionales de EEUU.

Lo escrito anteriormente no implica que ellos sean los únicos actores, ya que hay muchos más, pero no podemos ocultar que son figuras significativas de nuestro tiempo. Lo anterior hasta el punto que Álvaro Uribe, quien hoy ostenta el poder, más allá de la forma cómo llegó, tal como si fuese un florero, delegó en la Casa de Nariño a Iván Duque, quien será visto como el hombre que sin escribir en las hojas de la historia actos que generaran de fondo un impacto social “dirigirá” el Ejecutivo. En ese orden de ideas solo tiene dos salidas, ser eternamente un florero o ser un traidor.

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